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	<title>Novela archivos | Uërani</title>
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	<description>Fuimos fuego del cielo para luego convertirnos en semilla de maíz</description>
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		<title>Capítulo II &#124; Música</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Eduardo López]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 17 Feb 2025 19:09:33 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Letras]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>La oficina gris en la que trabajo tiene la monotonía de un paisaje sin cambios; el murmullo constante de impresoras, el tecleo incesante y el zumbido lejano de las computadoras...</p>
<p>El cargo <a href="https://uerani.com.mx/capitulo-ii-musica/">Capítulo II | Música</a> apareció primero en <a href="https://uerani.com.mx">Uërani</a>.</p>
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									<p>La oficina gris en la que trabajo tiene la monotonía de un paisaje sin cambios; el murmullo constante de impresoras, el tecleo incesante y el zumbido lejano de las computadoras forman la banda sonora de mis horas laborales. Pero en mi interior, una inquietud se despierta tan pronto como el reloj marca la hora de salida. <br />Al caer la tarde, al volver de la oficina a mi modesto refugio, encuentro en la música una vía de escape. Subo el volumen en mi pequeña sala, esperando que las vibraciones disipen la inquietud, que el clamor de los instrumentos ahogue la voz incesante de los recuerdos. Sin embargo, cada acorde me arrastra de vuelta al pueblo, a aquellos días en que las calles empedradas y el murmullo del festejo me hacían sentir vivo.<br />Antes de que las luces de la ciudad ahogaran mis días, existía un pueblo llamado San Pedro. Allí, en el calor de la tarde, las calles se impregnaban de la risa de los niños y del aroma a tierra mojada tras la lluvia. Yo era un niño de diez años y recuerdo el fresco retumbar de los pasos en las calles angostas, el eco de las voces y el retazo de canciones que se escapaban de las casas. <br />Después de cumplir con mis quehaceres en casa y tras la comida, la costumbre en el pueblo era salir a jugar. En aquellos dias, después de terminar las tareas, me unía a Miguel, a Esteban y a tantos otros niños que se reunían en la calle. Éramos un grupo diverso, a veces éramos solo tres y en otras ocasiones llegábamos a ser más de cuarenta, todos corriendo entre las calles empedradas, en un juego que parecía la continuación del de el día anterior. Las calles de mi antiguo hogar aún conservaban la humedad de las lluvias, con charcos de agua que reflejaban el cielo y lodo que se pegaba a las botas.</p>
<p>Aquellos caminos, gastados por el tránsito de innumerables pasos, eran el escenario de nuestras aventuras. Corríamos sin rumbo, esquivando a los vecinos que salían a vender algún pan o atole, ponían madera a secar o simplemente, salían a sentarse en la banqueta para platicar. El griterío, el alboroto y las risas se mezclaban con los ocasionales reclamos de alguna madre que, preocupada, llamaba a su hijo con voz firme: “¡Vente ya, que ya es hora de cenar!” Eran momentos de libertad pura. Aquellas calles, los terrenos baldíos y uno que otro patio se transformaban en un mundo donde el juego era el idioma principal.</p>
<p>Con la llegada inminente de la fiesta patronal, el pueblo se llenaba de vida y colores. Los preparativos se extendían desde los rincones más humildes hasta las esquinas donde se alzaban los puestos de comerciantes: ollas de barro, alcancías coloridas, sombreros, rebozos y juguetes que despertaban la ilusión en los ojos de niños y adultos por igual. Las plazas se llenaban de puestos de comidas y bebidas y las calles se vestían de luces y banderines. Los sonidos de las bandas musicales, con sus trompetas y tambores, se entrelazaban con los gritos de los vendedores y el ocasional estallido de pólvora, creando una sinfonía que parecía resucitar la esencia misma del pueblo.</p>
<p>El santo patrono, San Pedro, era el centro de todas las celebraciones. Aquella festividad no solo era la ocasión para las primeras comuniones, un rito que me aguardaba el año siguiente, sino también un momento en el que el pueblo se reunía en una comunión de fe y tradición. Recuerdo la emoción de lanzarse a los juegos mecánicos que llegaban de pueblo en pueblo, la tensión al jugar a tirar dardos o competir en futbolitos instalados en la plaza.</p>
<p>En esos días, la ilusión de ganar unos pesos extras para poder comprar un dulce, un juguete o simplemente disfrutar de un antojo, era el motor que nos impulsaba a ayudar a nuestros padres en cualquier tarea. Las calles se transformaban en un desfile de procesiones, donde las bandas musicales entonaban melodías que se fundían con el clamor de la gente. Las procesiones, con sus imágenes sagradas y veladoras encendidas, recorrían el centro del pueblo. En esos momentos, el ambiente se volvía solemne: las oraciones de los fieles se mezclaban con el sonido distante de tambores y trompetas, creando una atmósfera que parecía suspendida en el tiempo.</p>
<p>El humo del sahumerio se elevaba en espirales, mientras las palmas y flores que portaban algunos devotos dibujaban senderos el aire. Pienso en los rostros conocidos y en aquellos nuevos que se entremezclaban en la algarabía del festejo, en la calidez de un saludo sincero y en la melancolía de las despedidas. El bullicio de la multitud, el murmullo de las conversaciones, el tintinear de las monedas y el aroma de las comidas típicas se convierten en un mosaico de momentos que, a pesar de la distancia, parecen palpitar en mi interior.</p>
<p>Cada procesión era un espectáculo que se asemejaba a las imágenes de faraones egipcios siendo llevados en tronos dorados, como contaban en los viejos libros de historia que algún día tuve la oportunidad de hojear, encontraba en esas imágenes un aire de majestuosidad y misterio. Doña María, durante el catecismo, había explicado en tono solemne cómo los santos patronos de las comunidades vecinas venían a presentar sus respetos a San Pedro, atendían a la misa de la tarde y reafirmaban así su compromiso con nuestra parroquia. Aquella explicación, repetida tantas veces, se clavó en mi memoria. La imagen de la iglesia, con su fachada de piedra y vitrales que capturaban la luz del crepúsculo, aparecía en mi mente con la fuerza de una revelación. Era como si cada piedra, cada arco, contuviera la esencia de un pasado ineludible, de una fe que, a pesar de los años, seguía latiendo en lo más profundo de mi ser. Y en medio de ese oleaje de recuerdos, la figura de San Pedro se erguía imponente.</p>
<p>Recuerdo con nitidez la forma en que se articulaban las oraciones, como si cada palabra fuera un eslabón de una cadena inquebrantable. Mi pequeño corazón se llenaba de un temor reverente, una mezcla de asombro y angustia, al imaginar que aquel poder, representado en la imagen de San Pedro, no solo nos protegía, sino que también nos vigilaba con una severidad inhumana, pero había algo que calmaba esas sensaciones: la música.<br />Mi madre y Doña María, siempre tan entregadas a los cantos de la iglesia, parecían tener en la voz una forma de conjurar la paz. Empecé a imitar sus entonaciones, a aprender las letras de los himnos que resonaban en la nave sagrada, tratando de encontrar en cada nota el alivio a mis miedos. Pero al intentar integrarme al coro de la iglesia, pronto descubrí que mi voz no respondía a la disciplina que exigían aquellas liturgias. Mi timbre, torpe y temeroso, se desentonaba con el dulce murmullo de los demás, y entre disculpas y miradas comprensivas, me vi apartado del grupo.<br />Aquella exclusión me dolió de una forma inesperada, pero también encendió en mí la determinación de no renunciar a la música. No quería que el recuerdo de mi infancia y de la iglesia se quedara confinado en el silencio de un rechazo. Fue entonces cuando, en una de las tardes en las que la procesión había llegado ya hasta las puertas de la iglesia y los feligreses entraban a la misa, vi a los integrantes de la banda que les acompañaba sentarse a descansar afuera del recinto. <br />No tardé en acercarme, tímido pero motivado por la idea. Al principio, ellos se mostraron escépticos.</p>
<p>—No es lo mismo, muchacho—me decían mientras me miraban con una mezcla de compasión y curiosidad.</p>
<p>—Aquí se toca, se ensaya mucho y a veces es muy cansado, no es como estar ahí adentro nomás cantando, aquí hay que moverse a donde haga falta, hay que cargar instrumentos, hay que caminar tocando y tampoco es mucha la paga, y menos si vas empezando—Esa honestidad me golpeó, pero lejos de desanimarme, encendió en mí la chispa de un nuevo sueño.<br />Uno de los integrantes, un muchacho de mirada franca y trompeta en mano, me dijo:</p>
<p>—Si quieres, te enseñamos, pero vas a tener que aprender despacio y, sobre todo, conseguir tu propio instrumento.</p>
<p>Esa propuesta me llenó de esperanza. La idea de pertenecer a un grupo, de encontrar en la música algo que pudiera ser mío, se convirtió en un faro en medio de la tormenta. No me ofrecieron un lugar de honor ni las luces del escenario; me pidieron que, al menos por ahora, me dedicara a ayudar, a cargar los instrumentos—trompetas, trombones, clarinetes, tubas—y a ser parte del engranaje.<br />Al principio, cada tarde me encontraba transportando cajas, cargando la base de la tambora, la tarola, baquetas y todo lo que pudiese necesitar para las presentaciones. Mientras lo hacía, el ruido de mis pasos y el murmullo de la banda me hacían sentir que pertenecía a algo mayor, que compartía con músicos de distintas edades el mismo sueño: mantener mi mente ocupada y equilibrar la vida entre la música, el juego, los amigos y el catecismo. No era el protagonista del escenario, pero cada vez que me detenía a escuchar, me embargaba una dicha inexplicable. La vibración de los metales, el ritmo cadencioso de la percusión, el diálogo entre las notas y el aliento de cada instrumento se combinaban en un concierto que me hablaba directamente al alma.<br />Recuerdo la primera vez que me permití sentarme en un banco detrás del escenario de una pequeña plaza del barrio, cuando la banda se reunía para ensayar antes de acompañar las procesiones religiosas o amenizar las comidas de los cargueros. El ambiente estaba cargado de nervios y expectativa. Me dejé llevar por el ritmo, no para ser el solista, sino para entender cada compás, cada pausa, cada improvisación que me enseñaba el verdadero sentido de la melodía.<br />Con el paso de las semanas, fui aprendiendo poco a poco. La banda me mostró —algo que el coro no quiso ni intentar— que no era indispensable tener una voz afinada para ser parte de ella; lo esencial era el deseo de escuchar y de comprender la esencia de cada son, de cada abajeño o jarabe que tocaban, esas melodías que solían entonar en las comunidades. A veces, mientras cargaba los instrumentos, me decían: “Escucha bien, cuenta los compases”. Poco a poco, me fuí dando cuenta de la importancia de diferenciar entre las melodías y las notas, para que en el futuro pudiera, si el destino lo permitía, pasar a tocar alguno de esos instrumentos, quizá la percusión, cuando tuviera la experiencia suficiente.<br />Las tardes con la banda eran casi un refugio en el caos cotidiano. Cada instante que pasaba entre el retumbar de los metales y el compás pausado de la percusión me dejaba una sensación de plenitud. Caminaba de regreso a casa con el cuerpo cansado, pero la mente repleta de nuevas melodías y de las conversaciones que se entrelazaban con el eco de las notas. Esas tardes, en las que el sudor del esfuerzo se mezclaba con el aroma a tierra y lluvia, eran el bálsamo perfecto para olvidar cualquier idea que se me cruzara por la mente.<br />Recuerdo cómo, mientras iba a mi habitación, el murmullo de la banda seguía resonando en mi interior, como si cada acorde se hubiera instalado en algún rincón de mi alma. Me acostaba y, a punto de dormir, revivía mentalmente cada instante: el sonido vibrante del trombón, el golpe rítmico de la tarola, y la conversación entre aquellos músicos, muchos de ellos ya hombres curtidos por la vida, que compartían anécdotas y consejos con la sencillez de quienes han aprendido a vivir de la música. Cada día me dejaba un sabor nuevo.<br />Creía que el verano se esfumaría en un abrir y cerrar de ojos, atrapado entre tantos compromisos y el ir y venir de la banda, pero el tiempo parecía desafiarnos a todos, como si se negara a ceder su compás. Conforme se acercaba el final del mes de junio, las calles se transformaban; en el aire se notaba la prisa de los vendedores que montaban sus puestos y la algarabía de la gente que se reunía en las esquinas. Los rostros se iluminaban con la promesa de un festejo inminente, y el sonido de las risas y las conversaciones se fundía con el incesante murmullo de la música tradicional, ese repertorio que todos conocíamos tan bien.<br />Las tardes se alargaban, y la banda aprovechaba cada receso para ensayar nuevas piezas, para afinar aquellas melodías que habían heredado de generaciones. Yo, entre carga de instrumentos y silencios que se llenaban de miradas cómplices, aprendía a distinguir los matices de cada son: el dulce arrullo de un clarinete, el grave retumbar de una tuba, y la energía de un trombón que parecía contar historias de antaño.<br />El alboroto en las calles se intensificaba, y la preparación para la fiesta patronal alcanzaba su clímax. Los vendedores repartían sus mercancías con entusiasmo, los banderines ondeaban en el viento y en cada esquina se respiraba una mezcla de anticipación y tradición. Fue en medio de esa vorágine de preparativos y emociones encontradas que llegó la noticia que marcó un hito en mi camino: nuestra banda estaría presente en la celebración del día de San Pedro desde temprano.</p>
<p>De alguna manera esto no me emocionaba tanto como quería, es decir, por una parte podría ver de primera mano como es que se hacía todo esto de la primera comunión, quizá sería más educativo verlo directamente en lugar de confiar ciegamente en lo que Doña María nos contaba, pero por otro lado, estar dentro de la iglesia seguía pareciéndome una idea perturbadora, aunque claro, sería durante el día y con bastante gente. Decidí entonces no darle tanta importancia, al final no estaría solo y podría sacar alguna ventaja de esto.</p>
<p>El día había llegado. Ese sábado el pueblo —o por lo menos la parte que no había asistido a las mañanitas—despertó con el sonido de cohetones, alguna banda que acompañaba ya las primeras actividades del día y el recibimiento del señor obispo quien oficiaría la misa. Mi mamá tenía ya lista mi camisa más nueva y se aseguraba de que ningún cabello rebelde escapara de su peine, tenía que estar presentable en esta ocasión. <br />Para las diez de la mañana yo ya estaba listo, parado junto a mi madre en la plaza principal del pueblo esperando la llegada de los músicos. El constante ir y venir de niños y niñas que ese día realizarían su primera comunión era casi hipnótico: peinados elaboradísimos, bucles, tocados de flores, algunas chicas incluso con velos, guantes, biblias forradas en telas blancas y brillantes, con vestidos llenos de flores y otros tantos adornos, sacos de hombros anchos, zapatos negros brillantes y una embriagante nube de perfume que se instalaba de a poco frente a la iglesia.<br />La banda llegó, me despedí de mi mamá y corrí a ayudar a cargar los instrumentos. Atravesamos a la multitud y entramos a la iglesia, nos acomodamos en la parte más cercana a la entrada y esperamos a que todo comenzara.</p>								</div>
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		<p>El cargo <a href="https://uerani.com.mx/capitulo-ii-musica/">Capítulo II | Música</a> apareció primero en <a href="https://uerani.com.mx">Uërani</a>.</p>
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		<title>Capítulo I &#124; Silencio</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Eduardo López]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 14 Feb 2025 04:28:44 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Letras]]></category>
		<category><![CDATA[Novela]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>En las horas silenciosas del amanecer, cuando estoy preparándome para continuar un día más con esta rutina, me cuesta creer que yo, a mis diez años, caminaba por aquellas veredas...</p>
<p>El cargo <a href="https://uerani.com.mx/capitulo-i-silencio/">Capítulo I | Silencio</a> apareció primero en <a href="https://uerani.com.mx">Uërani</a>.</p>
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									<p>En las horas silenciosas del amanecer, cuando estoy preparándome para continuar un día más con esta rutina, me cuesta creer que yo, a mis diez años, caminaba por aquellas veredas polvorientas de San Pedro. Cada día transcurre con la misma cadencia: me despierto con el sonido lejano del despertador, preparo mi café y alisto mis cosas con la precisión que otorga la costumbre. Mientras camino hacia el trabajo, en el transporte público o al cruzar la ciudad, me acompaña mi música favorita, una banda sonora que aligera la monotonía de la jornada. En la oficina, entre papeles y pantallas, cumplo con mis tareas, como parte de ese ciclo que día tras día me mantiene en movimiento. Al mediodía, disfruto de una comida sencilla, casi ritual, y la tarde se disuelve entre reuniones y llamadas. Finalmente, regreso a casa para descansar: leo un rato o vuelvo a escuchar música, y cuando el cansancio me vence, me entrego al sueño, preparándome para repetir el ciclo al día siguiente.<br /><br />Una tarde, mientras me encontraba recostado en el sofá, el silencio de la casa fue interrumpido por el timbre del teléfono. Al principio, la voz al otro lado de la línea me resultó extraña, pero poco a poco fui reconociéndola. Era uno de esos amigos de la infancia, cuya voz llevaba consigo la calidez de aquellos días casi olvidados. Entre saludos y reminiscencias—“¿Cómo has estado? ¿Qué haces? ¡Cuánto tiempo sin verte!”—él me explicó el motivo de su llamada. Quería invitarme a ser padrino de la primera comunión de su hijo, ya que la fiesta del pueblo se acercaba y no había pensado en nadie mejor para ese honor. Aunque sentí un cosquilleo de nerviosismo y algo de titubeo, no tardé en responder: ¡<em>Cuenta conmigo!</em>. Al día siguiente, mientras retomaba mi rutina, me subí al transporte público. Antes de colocarme los audífonos, oí a una señora despedirse de todos con un firme y familiar <em>¡Que Dios los bendiga!.</em><br />Esa frase me golpeó con fuerza, un recuerdo largamente sepultado despertó y mi mente viajó a tiempos en que la vida era otra, a una época de inocencia y asombro&#8230;</p><p>Ese pequeño Tomás, con el cabello negro como la tinta con la que ahora escribo estas palabras, que cursaba el quinto año de primaria y tenía una sed insaciable de aprender, de descubrir secretos en cada recodo del bosque, de buscar piedras que parecieran únicas y de hallar arroyos escondidos en medio de la maleza, fui yo. La noche me regalaba su manto estrellado, y en cada parpadeo de las luces celestes yo encontraba promesas y leyendas, relatos que contaban los mayores y que encendían en mí la llama de la curiosidad, me cuesta creer que un día yo también tendría algo para contar.</p><p>Mis días transcurrían entre juegos y andanzas; mis amigos y yo éramos como pequeños exploradores en un mundo que parecía extenderse sin límites. Corríamos descalzos por la hierba, trepábamos en los árboles tanto como podíamos o descubríamos nuevas y más eficaces maneras de desviar la creciente que bajaba de los cerros en los tiempos de lluvias. Recuerdo cómo me deleitaba al encontrar una piedra de colores o un caracol que se escondía en la sombra de un roble. A veces, me perdía en la espesura del bosque, siguiendo el rumor de un arroyo que se susurraba entre los pinos, o me tumbaba en la hierba fresca para mirar el cielo, imaginando historias en las constelaciones. Yo era un niño de grandes preguntas, de ojos vivaces y mente hambrienta.</p><p>La casa donde vivíamos era modesta, un pequeño caserón de adobe con tejas desgastadas por el sol de los inviernos y la intensa lluvia de los veranos. Mi padre se levantaba antes del alba y partía hacia los campos, donde la tierra, caliente y fértil, parecía hablarle y él, con toda la experiencia del mundo, sabía bien como tratarla. Su despedida siempre venía acompañada de un “Que Dios te bendiga” que se perdía en el aire fresco de la mañana. Mi madre, con voz suave y gesto sereno, preparaba el desayuno en una cocina llena de ollas, tazas, platos y con un pequeño fogón al centro, esta se impregnaba siempre del aroma de las tortillas y el café de olla, del atole o algún té de manzanilla, canela o nurite. Mientras amasaba la masa o removía la olla, murmuraba oraciones o cantaba alguna alabanza en voz baja, parecían sellar nuestro hogar contra los males del mundo. Aquellas mañanas, en la sencillez de lo cotidiano, yo intuía que la fe era algo natural, tan imprescindible como respirar, aunque en mi inocente interior ya se despertaba una sombra inexplicable, un presentimiento de que lo sagrado guardaba secretos profundos.</p><p>En la escuela, un edificio sencillo de paredes encaladas y techos de lámina oxidada, compartía con otros niños el placer de aprender y reír. Los pupitres de madera crujían al compás de las lecciones, y el profesor, de voz pausada y mirada melancólica, nos hablaba de la doctrina y las letras con fervor. Allí, en ese pequeño universo de la infancia, mis amigos se convertían en cómplices de travesuras y aventuras. Miguel, con su risa contagiosa, siempre hallaba el modo de convertir cada receso en un juego; Esteban, astuto y siempre alerta, nos contaba historias de fantasmas y milagros, y a veces, entre risas y bromas, surgían conversaciones que rozaban lo misterioso. Recuerdo una tarde, mientras descansábamos bajo un viejo mezquite en el patio, cuando Miguel dijo en tono de burla:</p><p><em>—¿No crees que la iglesia tiene ojos? Es como si sus ventanas fueran pupilas que todo lo ven</em>—y con sus dedos abría grandes sus párpados mirándonos expectante.<br />Yo, con una sonrisa forzada y tratando de no delatar mi inquietud, respondí:</p><p><em>—No digas tonterías, Miguel. Les faltan muchos vidrios a esas ventanas, seguro no vería nada.</em></p><p>Aunque mis palabras parecían simples excusas, en mi interior algo se removía, una voz callada que me susurraba que por lo menos alguien más había pensado lo mismo que yo.<br />El amanecer en nuestro pueblo era una fiesta de luces tenues y sombras alargadas. El humo que salía de los hornos de algunas panaderías, el sonido de las personas en bicicleta yendo a sus trabajos y el canto de cientos de pájaros eran los protagonistas. Las casas de adobe y tejas agrietadas se apiñaban en silencio, como si no quisieran despertar todavía. El sol, aún tímido tras la línea del horizonte, bañaba las veredas de tierra polvorienta en un dorado que parecía prometer un día bueno y sin sobresaltos, mientras el canto de los gallos marcaba el inicio de otra jornada.</p><p>El santo patrono de nuestro pueblo era San Pedro, y cada año, durante la fiesta patronal, se celebraban las primeras comuniones de los niños. Yo, con la inocencia y el orgullo propios de un niño de diez años, sabía que el año siguiente me tocaría a mí recibir ese sacramento. Las festividades llenaban las calles de colores y aromas: se montaban altares improvisados, se colgaban banderines y las voces se mezclaban en cánticos de júbilo y devoción, además claro de la música de bandas y orquestas traídas para pagar una manda, para celebrar alguna fiesta en casa de algún vecino o para acompañar alguna procesión. Sin embargo, entre la algarabía y la fe, yo percibía, en ocasiones, una dualidad inquietante; mientras más ruido, mas rezo y más fe, más parecía costarle a la gente el sentir paz.</p><p>Mi asistencia al catecismo no era casualidad, al principio, el catecismo era un refugio, un espacio de camaradería en el que las voces infantiles se unían en oraciones y recitados, para diciembre entonábamos felices los villancicos y pedíamos posada ansiosos de llenar nuestros bolsillos con dulces y saborear el ponche. En la semana santa nos tocaba ayudar con los preparativos para la kermés del domingo de ramos o más de alguno de nosotros tuvo que fungir como monaguillo en alguna misa esperando que los padrinos o los novios se lucieran dándonos alguna propina. Pero el resto del año, la repetición incesante del Credo y las oraciones se transformaba en una carga; cada error era señalado con severidad por Doña María, la catequista, quien, en el salón, adoptaba un rostro inexpresivo y autoritario, muy distinto a la mujer risueña y amable que luego se sentaba a platicar con mi madre en la cocina.</p><p>Recuerdo aquella tarde en que el sol, en un crepúsculo anaranjado, se escondía tras los campos. Yo había olvidado parte de la letanía, y las miradas burlonas de mis compañeros, mezcladas con la desaprobación silenciosa de Doña María, me hicieron sentir pequeño y expuesto. Me ordenaron que permaneciera en la iglesia hasta que pudiera recitar las oraciones con la precisión de un sacerdote.</p><p>La iglesia de nuestro pueblo era una construcción humilde pero imponente, de piedra, madera y tejas, con vitrales que, a la luz del sol, parecían contar historias de santos y milagros pero que en la noche palidecían y mostraban polvo acumulado. Tras lo que pareció una eternidad, Doña María volvió al pequeño cuarto del catecismo para decirme que podía irme a casa pero que estudiara con mayor dedicación pues, además de esta oración, me hacían falta algunas más que memorizar. Sin detenerme más de lo necesario y con un Sí Doña Mary, buenas noches, salí de la habitación. Al pasar frente al altar, el eco de mis pasos se mezclaba con el murmullo de rezos y la fragancia de incienso. Mientras recorría el pasillo central, tuve la perturbadora sensación de que las imágenes sagradas me observaban. La Virgen Dolorosa, colgada en una esquina oscura, parecía inclinar su rostro en una mueca de pena ancestral; el Cristo, con la frente surcada por el sufrimiento, me miraba con una intensidad que iba más allá de lo humano; y en cada rincón, figuras de santos y ángeles parecían susurrar.</p><p>Con el corazón palpitante y la angustia creciendo en mi pecho, abandoné la iglesia a toda prisa, corriendo por las calles empedradas mientras las imágenes y los susurros se agolpaban en mi mente. Al llegar a casa, el aroma del café de olla y el murmullo reconfortante de mi madre en la cocina no lograron disipar la extraña sensación de que algo había cambiado en mi interior.<br />Esa misma noche, mientras la familia se reunía para cenar y las palabras de mis padres se perdían en la penumbra del comedor, me retiré a mi habitación. Con el pretexto de repasar el catecismo, me encerré en aquel modesto cuarto, iluminado apenas por la tenue luz de una lámpara amarillenta, mientras las sombras danzaban en la ventana al compás del canto de los grillos. El libro del catecismo, abierto en una página ya memorizada, parecía murmurar con voz distante. El cansancio pudo más, y pronto cedí al sueño, abriendo paso a una pesadilla que todavía me hace temblar.</p><p>En ese sueño, la quietud de la noche se quebró por susurros que no alcanzaba a comprender, voces bajas que emergían desde todos los rincones oscuros de mi cuarto, como si el mismísimo abismo hablara. La atmósfera se volvió densa y opresiva, como si la oscuridad se hubiera condensado en un manto y este cayera ingrávido sobre mi. Lentamente, de entre la negrura espesa, surgieron las figuras que tanto me habían inquietado en la iglesia: primero apareció la Virgen Dolorosa, suspendida en un aire irreal, su rostro pálido y marcado por un sufrimiento que parecía inhumano, con unos ojos negros que guardaban siglos de lágrimas volteó hacía mi.<br />Junto a ella, el Cristo se materializó, con la frente encorvada en una mueca de dolor incesante mientras la sangre provocada por la corona de espinas goteaba y portando su cruz con una solemnidad desoladora, como si cada surco en su rostro hubiese sido culpa mía. Poco después, San Pedro emergió, su semblante severo y su mirada fija como a punto de soltar un veredicto, me hicieron estremecer. Pero fue San Miguel Arcángel quien, con su armadura oscura y reluciente y una espada envuelta en llamas, me llenó de un terror indescriptible. Sus ojos, fijos y vacíos, parecían perforar cada rincón de mi ser, escudriñando mi alma con una frialdad que helaba la sangre.</p><p>Cada figura avanzaba con pasos lentos, casi ceremoniosos, que retumbaban en la penumbra como el latido de un corazón. Los murmullos crecían en intensidad, elevándose en un crescendo inquietante, hasta que el aire se volvía denso y casi asfixiante, cargado de un juicio inminente. Yo me hallaba atrapado en ese limbo entre sueño y vigilia, intentando gritar, suplicar auxilio, pero mis palabras se perdían en el silencio, absorbidas por la nada. En un último acto desesperado, comencé a recitar el Credo, cada palabra salía con una mezcla de pánico y una fe vacilante que, por un instante, pareció hacer retroceder a las figuras. La luz parpadeante de la veladora, mi única aliada en la oscuridad, titubeó violentamente hasta extinguirse, sumiéndome en una negrura absoluta.<br />Cuando desperté, el alba se colaba tímidamente por la ventana, pero yo yacía empapado en sudor frío, con el corazón golpeando furiosamente en mi pecho. El rastro de aquella visión, de aquellos rostros inmutables y susurros siniestros, permanecía impreso en mi alma, como una cicatriz indeleble.</p><p>Los días siguientes transcurrieron con una aparente normalidad. Asistía a clases, jugaba con mis amigos en los campos y ayudaba en las labores del hogar, pero en cada rezo, en cada campanada de la iglesia y en cada mirada furtiva, la sombra de aquella pesadilla seguía presente. Al pasar frente a la iglesia, con sus vitrales coloridos y su altar modesto, las imágenes de la Virgen y del Cristo se reactivaban en mi mente, recordándome el instante en que lo divino se volvió amenazador.<br />Una tarde, en el patio de la escuela, cuando el sol declinaba y las risas se mezclaban con el murmullo del viento, Esteban se acercó y me preguntó en voz baja:</p><p>—¿Alguna vez te has preguntado por qué en la iglesia se guarda tanto silencio?<br />Miré al horizonte, donde el cielo se fundía en tonos de naranja y violeta, y casi en un susurro respondí:<br />—Siento que es para que ellos puedan oírlo todo&#8230;</p><p>Aquellas palabras, tan leves para mis compañeros, ocultaban en mi interior un temor profundo, una intuición de que cada rezo estaba impregnado de un juicio ineludible.<br />Con el paso del tiempo, comprendí que la rutina del pueblo —los rezos automáticos, las festividades patronales en honor a San Pedro, el ir y venir del mercado— eran una buena forma de mantener mi mente ocupada y lejos del terror que había experimentado. Las tardes en la iglesia, el rigor del catecismo y aquella noche en que las sombras se volvieron vivas marcaron mi existencia, haciéndome creer que lo divino y lo aterrador no son opuestos, sino dos caras de una misma realidad.</p><p>Hoy, al evocar mi niñez, entre el murmullo de las campanas y el eco de las oraciones, me doy cuenta de que, en cada paso, en cada suspiro, la fe se entrelaza con el miedo. Mi camino, desde aquellos días en que buscaba piedras en el bosque hasta el umbral de mi inminente primera comunión, estuvo sembrado de secretos y de una inquietud que, con el tiempo, se transformó en la esencia misma de mi ser.</p><p>Y así, entre la luz titilante de una veladora y el eterno murmullo de los rezos, mi historia se despliega como un relato de inocencia y desvelo, de fe y terror. Un relato que aún hoy me invita a recordar que la verdadera esencia de la vida no reside únicamente en las palabras recitadas, sino en el incesante cuestionamiento de aquello que se oculta tras un velo de silencio.</p>								</div>
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