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Xaratanga

Exordio

Te he visto,
y siento los ojos llenos de espinas,
penitencia debe ser,
porque siento he pecado.
Y aun así vuelvo a mirarte,
vuelve la lengua a la llaga,
porque hay dolores que enseñan a rezar mejor.
Tu cuerpo…
tiene la forma de las tierras fértiles después de la lluvia:
todo en ti florece,
todo en ti huele a fruta abierta,
a leña encendida,
a tierra removida por el arado de mis manos.
Hay en tu piel el vapor tibio de la mañana,
ese humo lento que se levanta del suelo
cuando el sol empieza a creer en el día.
Tus cabellos caen
como agua por la ladera de mis pensamientos.
Yo los he seguido,
como quien baja al río
buscando no morir de sed.
Se ondulan como nubes cansadas,
como ramas que se mecen sin prisa,
como el mar cuando no quiere herir la orilla.
En ese vaivén mi cabeza aprende a callar.
De esto no quiero redención,
yo quiero quedarme en tu noche.
Beber de ti como quien bebe mezcal
a sabiendas que el amanecer se cierne.
Quedarme ahí,
donde el aliento es tibio
y el mundo deja de girar.
Hacer de tu sombra mi único refugio.
Porque tú no eres mujer,
eres conjuro,
eres monte donde el diablo reza,
eres cuerpo donde Dios
no se atreve a poner los ojos
por miedo a arder.

I. Los ojos

Tus ojos no miran, encienden.
No hay noche más honda
que tus ojos cuando callas.
Y no hay río más limpio
que cuando ríes con ellos,
como si el mundo se volviera menos duro,
menos seco.
En ellos cabe el cielo entero,
lo grande y lo pequeño,
como si el universo se hubiera quedado a vivir
en dos lagos quietos.
Tus ojos no miran, encienden.
Son brasas vivas en la cara de la luna.
Y yo, como tonto, me acerco a esa lumbre
sabiendo que me va a quemar,
pero buscando el calor que sólo dan
los que aman sin miedo.
Allí he visto el relámpago
y la ternura.
He visto al animal libre
y a la madre que perdona.
He visto una niña que sueña
y una bruja que conjura.
A veces no brillan,
sólo reflejan.
Y aun así, uno entiende todo.
Tus ojos, morena,
no son dos.
Son todos los ojos
que me han devuelto la fe.

II. La boca

Tu boca es donde empiezan los milagros.
Tu boca no dice: invoca.
No pronuncia palabras: da sentencia,
como si lo que saliera de ella no fuera aliento,
sino verdad escrita con sangre.
De ella nace un calor manso,
un soplo que acomoda el alma.
Cuando se acerca, el miedo se sienta,
y el pecho aprende a descansar.
Cuando ríes,
el maíz florece,
y cuando callas,
los perros del silencio se tumban a esperarte.
Tu boca huele a pan recién hecho
y a promesa sin cumplir.
Tiene el color de la tuna madura
y la forma del pecado
que uno comete sabiendo que
es justo el castigo que ha de recibir.
Tus besos no son caricia: son pacto.
Y si los das, ya no hay Dios que me salve.

III. El cuello

Tu cuello es el camino que sube al cielo,
pero con niebla y sin regreso.
Hay un suspiro que se atora
cada vez que miro tu cuello.
Es alto como torre de iglesia,
pero no está hecho pa’ rezar,
sino pa’ perderse mirándolo
como quien va subiendo a ver si allá arriba
está la salvación.
Allí se posa el sudor
como el rocío de los pinos.
Allí muerde el sol cuando cae,
y el viento baja la voz.
A veces tiembla,
como si guardara palabras
que no se atreven a salir.
Y yo —culpable y agradecido—
quisiera dormir allí,
donde termina tu voz
y empieza el temblor.

IV. Los hombros

Tus hombros cargan más que tu cuerpo.
Ahí, en tus hombros,
he visto descansar el mundo.
Son anchos, morenos,
hechos para llevar el peso de las cosas
que otros no quisieron sostener:
el llanto del hijo,
la rabia del pueblo,
el silencio de la tierra.
También cargan la tarde,
el cansancio,
las preguntas sin respuesta.
Tus hombros no fueron tallados,
fueron labrados,
como se labra la milpa con coraje.
Y aun así,
cuando te desnudas,
son dos lunas redondas
que invitan al descanso y al naufragio.

V. Los pechos

Allí donde se inicia la ternura.
Tus pechos no son carne: son cosecha.
No hay quien los mire
sin recordar a una madre,
ni quien los toque
sin temblar como niño perdido.
Allí pastan los ciervos del deseo,
y se arrodilla la sed.
Son abrigo y temblor,
agua y fuego
aprendiendo a convivir.
No los alabo por su forma,
sino porque en ellos duerme la vida,
y se despierta la fiebre.

VI. El vientre

Tu vientre es tierra con memoria.
Tu vientre no es vientre,
es fogón que aún guarda
el calor de antiguas historias.
Allí se ha sembrado la vida
y también el hambre.
Allí se enreda la luna
cuando baja a dormir.
A veces suda,
y ese sudor me nombra.
Me recuerda que sigo vivo.
Tu ombligo es pozo,
donde me miro
y no me reconozco.
Porque cuando beso tu vientre,
me vuelvo otro:
más hombre,
más bestia,
más sombra.

VII. Las manos

Tus manos saben más que la palabra.
Tus manos son pájaros cansados,
y aun así, siguen volando.
Con ellas has curado heridas
que ni el tiempo quiso mirar.
Con ellas sembraste maíz,
bordaste el cielo,
y acariciaste a los muertos.
Cuando rozan la piel,
queda un hormigueo,
una luz breve que no se olvida.
Tus manos huelen a tierra,
a agua de río,
a herida que no duele más.
Y si me tocan,
aunque sea un segundo,
yo me convierto en fuego.

VIII. Las caderas

Tus caderas mueven el mundo.
No hay campana que suene
más hondo que el vaivén de tus caderas.
Cuando caminas,
tiemblan las piedras del camino,
y los perros del pueblo se callan por respeto.
Se mueven como olas lentas,
como promesa que no se apura.
Tus caderas son curvas
donde la lógica se pierde,
y el alma se moja.
Ahí se agita el deseo,
ahí duerme el temblor.
Y cuando bailas,
hasta los santos giran la cara
por no pecar de mirar.

IX. Las piernas

Tus piernas son caminos sin retorno.
Tus piernas son los cerros
que uno sube sin mapa.
Y aun así, vale la pena perderse.
Son fuertes como encino,
firmes como tu palabra.
Y cuando se cruzan,
no hay llave ni rezo que las obligue a abrirse.
Guardan el pulso del andar,
el ritmo antiguo del viaje.
Pero si te dan paso,
te llevan al cielo,
o al infierno, según el día.

X. Los pies

Tus pies han caminado siglos.
Tus pies no pisan: bendicen.
Cada huella tuya
queda marcada como si la tierra supiera
que por ahí pasó la madre,
la amiga,
la hechicera.
Tus talones conocen el polvo,
las veredas,
el cansancio.
Y aun así, bailan.
Bailan como quien sabe que
aunque el cuerpo caiga,
el alma sigue andando.

XI. El alma

No sé de qué está hecha tu alma,
pero cuando hablas,
hasta el viento se sienta a escucharte.
Tiene algo de río viejo,
que sabe a dónde va aunque se enrede en mil piedras.
Y algo de fuego manso,
que no quema, pero abriga.
Tu alma no entra en palabras,
pero con las tuyas
has curado más dolores
que todos los santos del pueblo juntos.
Hay luz en ti,
de esa que no ciega,
sino que alumbra justo lo necesario
para que uno sepa por dónde seguir.
Y cuando te enojas,
el cielo truena,
pero solo para limpiar el aire.
Eres espíritu sembrado en tierra buena.
Eres lo que queda
cuando el cuerpo duerme
y el amor sigue de pie.
Yo te he visto
como se mira un milagro que no necesita explicación.
No porque seas perfecta,
sino porque aún en tu sombra
hay belleza que no se rinde.

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Eduardo López

Eduardo López

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