Nunca voy a entender eso que algunos dicen sobre los artistas y lo que hay detrás de ellos.
Eso de que crecieron rodeados de arte, como si la belleza les hubiera sido servida desde la cuna, envuelta en terciopelo y palabras domingueras.
A mí no me pasó eso.
En mi casa no se hablaba de pintores, ni de poetas, ni de músicos que hubieran muerto hace siglos.
No había cuadros en las paredes, ni estantes llenos de libros. No había un estudio, conexión a internet ni nada que me pudiese acercar al arte más allá que alguna grabadora con un cassette de Bronco o Los Bukis en sus mejores tiempos.
La historia se me presentaba en forma de fotos viejas que imprimía mi familia aprovechando alguna promoción de revelado, en libros de texto gratuitos o lo que nos contaban mis padres o mis abuelos de como era la vida antes de la vida moderna.
Eso era lo que teníamos.
Eso era nuestra música y nuestro museo.
A veces, en la radio, sonaban canciones de amor que hablaban de lugares que yo no conocía o en lenguas que no comprendía y yo imaginaba cómo serían esas ciudades donde la gente podía sentarse a escuchar conciertos o mirar cuadros de forma tan natural como lo era para mi sentarme frente a la televisión o escuchar a través del FM a Juan Gabriel.
Pero allá, en mi casa, lo que importaba era que el agua alcanzara para todos, que uno no perdiera un día de escuela y que antes del anochecer no quedara ningún pendiente.
El arte, como muchos lo entienden, no existía para mí.
Lo poco que supe de él me llegó en pedacitos, conocí la ópera y la música clásica por Bugs Bunny, la mitología por los Caballeros del Zodiaco, la geografía por la canción de los Animaniacs, supe como era un museo por dentro gracias a películas del sábado. Patético, lo que sé de cine, lo sé por las cápsulas de 24 x Segundo.
Nunca tuve a un maestro que me dijera “mira, por aquí va el camino”.
Nunca tuve un abuelo que guardara discos antiguos o libros llenos de subrayados.
Nadie me habló de escuelas ni de movimientos ni de estilos, mucho menos de corrientes filosóficas o vanguardias.
No hubo tiempo para eso.
Las tardes eran para ayudar a mi madre, para acompañarla al mandado, para limpiar, para cuidar a los hermanos, o para ir con mi padre al trabajo.
Y si un día quedaba libre, el descanso era dormir o jugar a algo improvisado hasta que se hiciera de noche.
Por eso, cuando escucho a otros decir que ellos encontraron su vocación mientras un vinilo antiguo giraba en el tocadiscos, porque al visitar una exposición sintieron que algo los llamaba, me da por quedarme callado.
Porque no sé qué decir ante eso.
Porque mi chispa no nació entre notas ni entre pinceles.
Ni siquiera nació entre los ruidos del barrio, entre el olor del maíz tostado, entre las voces que se confunden en la plaza o entre el llanto de los perros en la noche.
A veces pienso que el arte, para mí, no llegó como revelación, sino como necesidad.
No vino en forma de visión, ni de inspiración divina.
Vino como una punzada que me pedía mirar más, escuchar más, entender por qué algo tan simple como el movimiento de una sombra podía doler o alegrar.
Y fue así como empecé: mirando mucho y diciendo poco.
No tuve escuela.
No tuve taller.
Tuve el suelo, la lluvia, la calle, el cansancio de los días y el silencio de las noches.
Aprendí a observar.
Aprendí que una pared vieja tiene tantos colores como un lienzo, si uno se toma el tiempo de mirarla.
Aprendí que una palabra puede doler más que un cuadro triste.
Y que la gente, cuando calla, dice cosas más profundas que cualquier libro.
Dicen que para ser artista hay que venir de una estirpe, tener un apellido que pese, una historia que justifique el talento.
Yo no tengo nada de eso.
No soy el hijo de nadie famoso.
No heredé instrumentos ni pinceles, ni papeles con ideas brillantes. No heredé talentos, ni gustos ni siquiera conocimientos ancestrales.
Lo que tengo me lo fui encontrando a pedazos, como quien junta leña para hacer fuego.
Y con ese fuego trato de alumbrar mis días.
A veces dudo.
Pienso que no encajo.
Que mi forma de crear es apenas un intento torpe, una manera de no desaparecer del todo.
Y sin embargo, sigo.
Sigo haciendo fotos, escribiendo, tocando, inventando.
Sigo creyendo que la belleza también puede salir del cansancio, de la rutina y del error.
Sigo pensando que, aunque mi camino no tenga grandes nombres, ni maestros, ni escuelas, igual vale la pena recorrerlo.
Mi arte, si puede llamarse así, ha nacido de las pobrezas:
de la pobreza del bolsillo, de la del alma, de la del tiempo, de la de la palabra.
De esas carencias que uno aprende a mirar con ternura.
Porque en medio de la falta también hay algo que brilla, algo que quiere nacer.
He vivido rodeado de silencios.
De gente que no tiene tiempo de soñar porque el día se gasta demasiado rápido.
Y aun así, entre todo eso, me ha dado por soñar.
Me ha dado por mirar distinto.
Por detenerme frente a lo que todos pasan de largo.
Y es que, sin quererlo, uno aprende a ver arte donde nadie lo ve.
En el vapor que sale del comal.
En el brillo del machete recién afilado.
En la voz quebrada de la gente cuando recuerda su pasado.
En el polvo que baila al final del día, cuando el sol se mete y deja ese resplandor anaranjado sobre las cosas.
Ahí está el arte, escondido, esperando que alguien lo mire.
Yo no vengo de una cuna de artistas.
Soy más bien un huérfano del arte.
Y quizá por eso me aferro a él como quien se aferra a una madre que nunca conoció.
Porque en cada cosa que hago busco un poco de ese abrazo que no tuve.
Y cada fotografía, cada palabra, cada nota que intento escribir, no es otra cosa que eso: una manera de volver a sentirme acompañado.
Yo no quiero ser grande.
No busco que mi nombre quede en los libros.
Solo quiero dejar rastro.
Un rastro pequeño, como el de un pie descalzo en la tierra húmeda.
Algo que diga: “aquí hubo alguien que miró con atención, que escuchó, que intentó entender la vida a su modo.”
Y si eso llega a tocar a alguien, si alguien un día ve una de mis fotos o lee uno de mis textos y siente algo parecido a lo que yo sentí al hacerlo, entonces todo habrá valido la pena.
Porque al final, el arte no es un lujo, ni una herencia, ni una escuela.
Es un modo de resistir, de quedarse.
Un modo de seguir respirando en un mundo que muchas veces se olvida de hacerlo.
Y yo, aunque no venga de ninguna estirpe, aunque no haya tenido maestros ni linajes, aunque venga de las pobrezas, sigo aquí, creando.
Con mis manos, con mis ojos, con mis ganas.
Sigo aquí, buscando belleza entre las grietas, entre el polvo, entre las cosas que otros no miran.
Porque ahí, en lo que nadie ve, también vive el arte.
Y ahí, justo ahí, es donde me he encontrado.







Comments
Martha
Qué hermoso