Desde hace años camino en este terregal,
con la sensación de que mis pasos no dejan huella.
Que si un día dejo de andar,
el viento nomás barrería el polvo
y nadie sabría que hubo vida aquí.
Nunca fui el centro de nada.
En las fiestas me hacían espacio porque era cortesía,
no porque mi ausencia pesara.
Las conversaciones seguían sin mí
igual que el río sigue su corriente
cuando una piedra se hunde hasta el fondo.
Yo evitaba desde joven a arrimarme a la sombra ajena,
pero igual me acostumbré a escuchar más que hablar,
a sostener a los otros cuando titubeaban,
a ofrecer mi hombro como si ahí descansaran mejor
las penas que no eran mías.
Y cuando ya no me necesitaban,
ni gracias decían.
Solo se iban, como quien deja una herramienta
que ya no sirve para el trabajo del día.
Me quedé tantas veces mirando la puerta cerrarse
que terminé creyendo que esa escena era mi retrato.
Los días pasaban sin que mi nombre fuera pronunciado
y el silencio se me volvió casa,
aunque siempre olió a abandono.
A veces alguien me hablaba,
y yo, ingenuo como un niño que encuentra una luciérnaga,
creía que quizá esta vez sería distinto,
que alguien vería mi luz aunque fuera chiquita.
Pero la luciérnaga se apagaba pronto
y el cuarto volvía a ser un pozo donde solo resuena mi voz.
La soledad es vieja compañera mía.
Se sienta a mi lado cada noche
como un perro que no entiende de órdenes
y me mira con esos ojos de hambre
que uno tiene que aceptar porque no hay remedio.
Duele, sí.
Duele ver que el mundo no se quiebra sin mí,
que los planes siguen, que las risas corren,
que todo funciona con la misma facilidad
con la que entra la luz por la ventana abierta.
Y yo acá, esperando que a alguien se le ocurra
que mi presencia también cuenta.
Pero sigo caminando.
Aunque el hueco en el pecho me arda.
Aunque el frío de diciembre se meta en mis huesos.
Aunque los años me hayan enseñado
que pertenecer no siempre es cosa de uno.
Sigo, porque algo dentro de mí,
pequeño y terco como una brasa escondida,
todavía imagina el día en que alguien verá mi fuego
y le dará cobijo en su propia noche.
Mientras tanto, aquí estoy,
hablando con el viento,
nombrando lo que siento para no olvidarme de mí,
para no creer que soy nada.
Aquí estoy escribiendo tal vez para nadie.
Porque aunque el mundo no me note,
yo sí sé que existo,
y mi voz, aunque tiemble,
todavía busca un lugar donde pueda descansar.






