La madrugada se abrió tras la puerta, y yo salí por ella temblando un poco, todavía sin terminar de despertar. A las cinco ya estaba listo. Alex, Fede y Pablo llegaron por mí, y los cuatro nos echamos al camino rumbo a Nurio, envueltos en un frío que parecía querer entrar a la camioneta a como diera lugar. Las calles por las que pasábamos dejaban escapar apenas un hilo de luz; lo demás era pura sombra. Desde las bocinas sonaban pirecuas varias, algunas ya las habíamos grabado en las últimas sesiones, otras no pero me eran conocidas.
El mundo era apenas un borrador hasta que la guardia comunitaria apareció en la entrada de Nurio, iluminándonos con esas lámparas fluorescentes que cortaban la noche como si quisieran abrirla en dos. Preguntaron a dónde íbamos. Alex respondió con naturalidad: a la bajada del palo del farol. Y nos dejaron pasar, quizá porque la tradición tiene una forma de abrir caminos que no abre la cortesía común.
Esperamos a que llegara el resto del grupo y después seguimos avanzando hacia un punto del cerro que, hasta ahora, sigo sin ubicar. La oscuridad hacía que fuera inútil cualquier intento por orientarse: todo era un mismo trazo gris. Apenas se distinguían las siluetas de algunos árboles, testigos callados del paso de tantos años de peregrinaciones. Pero el amanecer empezó a coser luz sobre el paisaje, puntada a puntada, y la neblina se mezclaba con las nubes como si fuesen lo mismo.
Encontramos a quienes habían llegado antes: hombres de todas las edades, desde niños de siete u ocho años hasta ancianos con la experiencia escrita en las manos. Ya habían derribado un árbol y se organizaban para levantarlo, para limpiarlo de ramas, para transformarlo en ese palo que, más tarde, se volvería signo luminoso del pueblo. Me impresionó ver la naturalidad con la que cada uno sabía qué hacer, cómo amarrar el lazo en el lugar correcto, cómo equilibrar el tronco, cómo guiar a los más jóvenes con una palabra o un gesto mínimo.
Entonces llegó la música. Conectaron los instrumentos y los micrófonos allí mismo, en medio del cerro, como si la electricidad también formara parte del rito desde tiempos remotos. Las pirecuas se elevaron entre la neblina y la mezclaron con voces. Alguien pasaba con botella de charanda en mano; alguien más ofrecía tortas aún calientes. Era una convivencia que no necesitaba anunciarse: estaba ahí, fluyendo entre todos.
Solo participaban hombres en el trabajo del árbol, aunque alrededor se sentían presencias y apoyos de todo tipo. Me contaron que cada 8 de diciembre, sin importar el día de la semana, el pueblo se reúne para esta misma labor. Muchos viajan desde lejos, desde donde trabajan o viven ahora, para no perderse la fecha. Uno de ellos se acercó a platicar conmigo. Dijo que, aunque la fiesta es para su gente, siempre les alegra recibir a quienes vienen de fuera; que lo bonito es compartir, abrir el espacio para que otros entiendan —un poco, siquiera— lo que significa esta tradición.
Y yo lo viví así: como una invitación cálida, un gesto inesperado de hospitalidad.
Mientras tanto, el árbol seguía transformándose. Unos lo despojaban de ramas, otros lo levantaban, otros lo arrastraban. Algunos jóvenes subían al tronco con la ligereza de quienes han crecido viéndolo suceder cada año. La música seguía, cambiando de ritmo según quién pedía su pirecua favorita. Las voces se mezclaban con risas, instrucciones, chisporroteos de neblina.
Alguien me explicó la razón del farol: cada año, una familia resguarda la imagen del Niño Dios, y el palo —con una estrella o un farol en la punta— señala ese lugar para que el pueblo sepa dónde se celebrarán las danzas, la pastorela, la oración y las reuniones que sostienen el espíritu de la comunidad. Es una forma sencilla, pero poderosa, de orientar la vida hacia un punto: una luz que indica dónde se juntarán las historias, las memorias, los rezos.
La jornada me dejó la sensación de haber asistido a un tejido en movimiento: manos distintas enlazándose para levantar un símbolo que pertenece a todos. La tradición no se explicó a sí misma con palabras solemnes; se explicó en la manera en que aquellos hombres trabajaban juntos, cantaban juntos, reían juntos. Y uno termina entendiendo que algunas costumbres no necesitan ser descifradas del todo: basta con verlas respirando.
Queda en mí la neblina encendida de esa mañana, la música que acompañó el corte del árbol, y la certeza inesperada de haber sido bien recibido por gente que cuida lo suyo sin cerrarse a nadie. Tradiciones así, cuando se miran de cerca, revelan algo que no siempre sabemos nombrar: una forma antigua y luminosa de seguir siendo comunidad.






