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Qué pasaría

No hay tormento más preciso
que el de una decisión suspendida,
no el error, no la caída,
sino ese gesto que nunca llegó a existir.

Uno habita entonces un pasillo estrecho,
entre lo que fue
y lo que, en silencio, insiste en no haber sido.
Un lugar sin puertas,
o peor aún, con puertas que jamás se abrieron.

Decidimos, sí,
como llenando formularios invisibles,
marcando casillas de utilidad,
de conveniencia,
de una prudencia que se disfraza de certeza.
Y sin embargo, algo se filtra,
una grieta diminuta
por donde escapa la sospecha.

¿Qué habría pasado?

La pregunta se instala rápidamente.
Se sienta con nosotros a la mesa,
duerme en el borde de la cama,
respira con una paciencia que inquieta.

No existe el “hubiera”, dicen,
pero insiste,
como una deuda que nadie reclama
y que, sin embargo, crece.

Estamos atados,
no tanto a lo que hicimos,
sino a aquello que permitimos no hacer.
A las palabras que no se dijeron
por considerarlas innecesarias,
al tiempo que no se ofreció
porque parecía abundante,
al esfuerzo que se pospuso
como si la vida aceptara prórrogas.

Nuestra realidad es firme,
tangible,
pero la mente,
la mente es un archivo desordenado
de versiones alternativas
que se rehúsan a archivarse.

¿Qué habría pasado
si hubiéramos insistido un poco más?
Si no hubiéramos llegado tarde,
o peor aún,
si no hubiéramos decidido no llegar.

No se trata de actuar sin medida,
de lanzarse sin cálculo
como si el impulso fuera virtud. No.
Se trata, quizá,
de mirar con más detenimiento
antes de cerrar la puerta,
de comprender el peso exacto
de cada gesto omitido.

Porque el error tiene forma,
se puede señalar,
se puede nombrar.
Pero lo no hecho
carece de cuerpo
y, aun así,
oprime.

Me pregunto,
y la pregunta no espera respuesta,
qué habría sido de mí
si hubiera pensado antes,
si hubiera comprendido a tiempo
lo que ahora parece tan evidente.

¿Habría salvado algo?
¿O habría perdido otras cosas
que hoy, sin saberlo, me sostienen?

Tal vez la vida no ofrece equilibrio,
solo intercambios invisibles.

Entonces,
¿qué nos queda?

Vivir, dicen,
aferrarse al presente
como si bastara.
O avanzar,
calculando beneficios
como si el futuro pudiera domesticarse.

Pero las respuestas
no son dóciles.

Arrepentirse es humano,
una forma de reconocer
que alguna vez vimos la puerta
y no cruzamos.
Detenerse, en cambio,
es permitir que esa puerta inexistente
se convierta en muro.

Y el muro, a diferencia de la duda,
sí es definitivo.

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Eduardo López

Eduardo López

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