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Pregón

Señor, señora, acérquese.

Hoy andamos recibiendo
todo aquello de lo que quiera deshacerse.

Arrímese sin pena.
Traiga aquello con lo que ya no puede.
Aquí se recibe sin preguntar,
se recibe sin juzgar.

Le venimos comprando nombres,
 de esos que ya no se pronuncian,
  que se quedan atorados en la garganta,
   que arden si uno los dice en voz alta,
    que salen en bocas ajenas
     y ya no parecen de uno.
Nombres que uno esquiva
por no despertar el sabor amargo que dejan.
Se reciben nombres de personas
que ahora son unos desconocidos,
nombres de lugares
a los que uno ya no piensa volver,
cosas que ni se atreven a pensarse.

Lugares que dejaron de recibirnos,
que ya no son casa,
que ya no se sienten reales.
Se reciben también las frases que se pegaron,
las líneas de libro que abren como herida,
los diálogos que regresan sin que uno los llame,
las letras que duelen cada vez que suenan.
Palabras que levantan ánimas,
que desentierran cuerpos.
Se reciben recuerdos doblados,
flores secas olvidadas entre páginas,
papeles que fueron testigos de otro tiempo,
boletos de viaje que ya no llevan a ningún lado.
Imágenes que no se repiten,
paisajes que ocurrieron una sola vez,
cielos que no volvieron a formarse,
luces que ya no caen igual.
Momentos que no regresan
aunque uno los llame.
Pásele, acérquese.
Traiga también los caminos
que se caminaron por última vez,
las calles que ya saben
que no va a volver,
los trayectos que se cerraron sin aviso.
Se reciben olores guardados en la memoria,
los que anuncian una ausencia,
los de la despedida,
los de la llegada.
Aromas que ya no encuentran
si le pertenecieron a alguien,
a un lugar,
a un rato.
El aire de la primera vez,
el rastro de la última,
el perfume que se quedó
después de un abrazo largo.
Y sí,
también se reciben abrazos,
los que no sabían que eran los últimos,
los que se quedaron a medias,
los que todavía pesan,
los que no se repiten.
Se reciben nostalgias,
con nombre y sin nombre,
de esas que llegan sin avisar,
que se meten en el cuerpo,
que lo hacen temblar,
que le sacan una lágrima
sin que uno sepa bien por qué.
Se reciben escombros
de todo lo que ya no es,
restos de uno mismo que se fueron quedando,
historias que no terminaron,
ecos de lo que alguna vez importó.
Chistes que dejaron de contarse,
palabras que se apagaron,
promesas que se rompieron
sin que nadie las tocara.

Se reciben miedos,
los que se duermen con uno
y amanecen antes que la luz,
los que llevan años viviendo aquí adentro
sin pagar renta.
Miedos al silencio,
miedos al ruido,
miedos a quedarse,
miedos al olvido.

Se reciben culpas también,
de las que pesan aunque ya prescribieron,
de las que uno carga
aunque el otro ya perdonó,
de las que no tienen a quién devolverse
porque ese alguien ya no está.

Tráigalas como están,
sin limpiar,
sin acomodar.

Se reciben rencores sin fecha,
corajes que se fueron fermentando,
envidias que dan vergüenza nomás de pensarlas.
Se reciben las esperas,
las de ventana,
las de puerta que no se abrió,
las que uno dejó de contar
pero el cuerpo no.
Se recibe el cansancio de parecer bien,
la fatiga de explicarse,
de caber,
de no llorar donde alguien pueda verlo.
Todo eso que no sabe cómo se llama
pero sí sabe cómo pesa.

Aquí no le preguntamos de dónde viene.
No le pedimos que lo justifique.
No le decimos ya supérelo,
no le decimos eso fue hace mucho,
no le decimos otros la tienen peor.
Solo recibimos.

Le compramos nudos de garganta,
pedacera de corazón,
excesos de bilis,
males de ojo y salación.
Excusas gastadas,
mentes cerradas,
fes agotadas
y toda clase de desilusión.

No necesita decir nada.
Háganos una seña
y nosotros llegamos.
Un suspiro sirve,
de esos que salen solos.
Un suspiro de esos
y ya sabemos que andamos en el lugar correcto.

Nos vamos por esta calle,
doblamos en la siguiente.
Pero si nos necesita,
ya sabe cómo llamarnos.

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Eduardo López

Eduardo López

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