Roma armada hasta los dientes
I.
Hubo un tiempo en que el mundo entero cabía en una pantalla del tamaño de una mano, y en la voz de alguien que yo no conocía y que, sin embargo, ya se había instalado en mí con la naturalidad de una enfermedad que uno todavía no sabe que tiene. Digo enfermedad y no lo digo con desprecio: hay enfermedades que uno agradece haber contraído, aunque después, mucho después, tenga que pagar por ellas y la salud no vuelva a ser la misma.
Eso fue antes. Mucho antes de que yo entendiera —y todavía hoy no sé si lo entiendo del todo, o si solo he aprendido a repetirme la explicación tantas veces que ya suena a verdad— que nada se queda como uno cree que se va a quedar. Entonces yo era de los que creían que las cosas, una vez puestas en su lugar, ya no se movían. Qué idiota era. Qué idiota sigo siendo, en el fondo, porque sigo esperando que algo se quede quieto.
Tenía una relación. Debería decir mejor que una relación me tenía a mí, sujeto por el cuello, aunque en ese momento yo no lo hubiera descrito así; en ese momento yo hubiera dicho que la quería, y quizás no mentía, o mentía solo un poco, lo suficiente para poder seguir viviendo con la mentira sin que me pesara demasiado. Había empezado, como empiezan estas cosas, buscando algo de cariño, algo de calor, algo que llenara ese hueco que uno tiene a los veintipocos años y que confunde con hambre de amor cuando en realidad es solo miedo de estar solo. Con el tiempo aquello se torció, y no de golpe, era un árbol que nació endeble y no encontró un apoyo suficiente para enderezarse plenamente.
No voy a explicar los detalles de aquel dolor. Diré solamente que era un dolor que no gritaba —eso hubiera sido un alivio, gritar— sino que se quedaba adentro, agazapado, royendo despacio, como roe el hambre, la que conocen los pobres y los que ayunan por castigo, esa hambre que no te mata pero que te va vaciando, gramo a gramo, hasta que uno se sorprende de seguir de pie.
Vivía así, arrastrándome, y lo peor no era el dolor sino la vergüenza del dolor, la certeza humillante de que si alguien me hubiera preguntado “¿estás bien?” yo habría tenido que mentir, y mentir me daba más asco que el dolor mismo, porque el dolor al menos era mío, y la mentira la tenía que compartir con quien me preguntara.
Y entonces, en medio de todo eso, sin que yo la buscara, sin que yo mereciera nada parecido, apareció ella.
Vivía en un pueblo del que no voy a decir el nombre, porque los nombres, cuando uno los repite mucho, se gastan, y yo no quiero gastar este. No sé si sigue viviendo ahí. No sé si sigue viva —lo escribo y se me hace un nudo raro en el pecho, un nudo que no sé si es miedo genuino o solamente el gusto morboso de imaginarme trágico— aunque prefiero, por salud propia, creer que sí, que está en algún lado, viva, quizás feliz, quizás casada, quizás con hijos, quizás sola, dando clases o vendiendo algo en un mercado, ajena por completo a que un desconocido en esta y otras noches, todavía piensa en ella con esta intensidad ridícula.
Empezamos a hablar por casualidad, por algo tan tonto como un comentario sobre una canción, no recuerdo cuál, y ya sé que decir “no recuerdo cuál” es mentira, porque sí lo recuerdo, lo recuerdo perfectamente, solo que no quiero escribirlo porque en cuanto lo escriba dejará de ser mío y pasará a ser de cualquiera que lea esto, y hay cosas que uno prefiere seguir robándole al mundo en vez de regalárselas.
De ahí las cosas crecieron con una velocidad que ahora me parece sospechosa, como crecen los tumores, sin que uno note el momento exacto en que dejaron de ser una célula rebelde y se convirtieron en algo que ya no se puede operar sin dejar cicatriz. Sí, sí era enfermedad.
Hablábamos de música, de libros, de arte, del mundo, de las cosas de las que hablan dos personas que todavía no saben que se están enamorando y que, si lo supieran, quizás tendrían más cuidado. A veces pienso que si hubiéramos sabido lo que nos esperaba, ninguno de los dos habría contestado ese primer mensaje. Y a veces pienso lo contrario: que lo hubiéramos contestado igual pero con los ojos abiertos, sabiendo el precio, porque hay ciertas cosas que uno compra aunque se endeude.
Casi todas las tardes estábamos ahí, escribiéndonos, y yo esperaba sus mensajes con una ansiedad que hoy me avergüenza un poco reconocer: revisaba el teléfono cada dos minutos, y cuando no llegaba nada me inventaba explicaciones —está ocupada, se quedó sin batería, está pensando qué escribirme— y ninguna de esas explicaciones me tranquilizaba de verdad, porque en el fondo, en el fondo más sucio y más honesto de mí, lo que yo temía no era que ella estuviera ocupada. Lo que yo temía era que se hubiera dado cuenta de quién era yo en realidad, y hubiera decidido, con toda la razón del mundo, dejar de contestarme.
Primero vino la ilusión. Después, como siempre, vino el resto.
II.
Un día me contó que una de nuestras bandas favoritas iba a tocar en la Ciudad de México.
No voy a decir cuál banda. No porque tenga miedo de nombrarla, sino porque en el fondo la banda es lo de menos, fue lo de menos, fue un pretexto, una percha donde colgamos algo mucho más grande y mucho más frágil de lo que la música podía sostener por sí sola.
Yo vivía en un pueblo. Ella en otro. La gran ciudad quedaba en medio. Alguien, mucho antes de que nosotros existiéramos, había puesto ahí ese punto de encuentro esperando a que llegáramos a reclamarlo.
Le dije, medio en broma, medio no: “Invítame.”
Lo dije como se dicen tantas cosas cuando uno no espera que se cumplan, con esa ligereza cobarde de quien tira una moneda a una fuente sabiendo que nadie va a concederle el deseo. Y sin embargo —aquí es donde todavía, tantos años después, se me revuelve algo en el estómago— ella dijo que sí. Había comprado los boletos. Los dos.
No sé cómo describir lo que sentí. Diré primero lo bonito, porque es lo que se espera que diga: sentí que alguien, por fin, había pensado en mí sin que yo se lo pidiera. Pero voy a decir también lo otro, lo que no se espera que diga, porque si voy a escribir esto de verdad tengo que escribirlo entero: sentí pánico. Un pánico concreto, casi físico, que me subió por la garganta como sube la bilis, porque hasta ese momento yo había podido querer a alguien sin arriesgar nada —querer a distancia es barato, es gratis, uno puede quererse a sí mismo queriendo a otro sin que le cueste ni un peso— y ahora, de golpe, me tocaba demostrar que ese cariño valía algo en el mundo real, con dinero real, con un cuerpo real que tenía que subirse a un autobús real. Y yo no tenía ni dinero ni cuerpo suficientemente valiente para eso, o eso creía.
Junté el dinero en meses. Cada moneda que me sobraba, cada propina, todo iba a una alcancía improvisada que escondía debajo de la cama. Hacía las cuentas de noche, con la luz apagada, tocando los billetes con los dedos para no tener que prender la lámpara y arriesgarme a que alguien preguntara qué hacía despierto contando dinero a esas horas. Siempre me alcanzaba, pero por tan poco margen que el cálculo mismo me daba fiebre. Recuerdo una noche en particular en que me faltaban, según mis cuentas, cuarenta pesos, y sentí una angustia tan desproporcionada para la cantidad que ahora, escribiéndolo, me da risa y me da tristeza al mismo tiempo: lloré, de verdad lloré, por cuarenta pesos, no porque el dinero importara sino porque en esos cuarenta pesos se había concentrado, sin que yo lo planeara, todo el miedo de no ser suficiente para nada ni para nadie.
Se me hacía eterno el tiempo. Marcaba los días en un calendario de pared, con una raya diagonal sobre cada casilla, y noté que empecé a hacer las rayas cada vez más fuertes, cada vez más marcadas, como si presionar el lápiz pudiera obligar al tiempo a correr más rápido, hasta que un día rompí el papel de tanto apretar, y tuve que quedarme viendo el hueco que había dejado el lápiz, avergonzado de mi propia impaciencia, como si el calendario roto fuera prueba de algún defecto de carácter que hasta entonces había logrado esconder hasta de mí mismo.
III.
Si no me equivoco —y digo “si no me equivoco” porque ya no confío del todo en mi memoria de esos días, que ha tenido tantos años para pulir la historia a su gusto que ya no sé qué parte es recuerdo y qué parte es la versión que me conviene— el concierto fue el tres de noviembre.
Antes me fui con unos amigos a Pátzcuaro, a pasar la Noche de Muertos. Debería decir que fue hermoso, y lo fue, pero también debo decir, si voy a ser honesto, que pasé buena parte de esa noche sin poder disfrutarla del todo, porque tenía la cabeza en otro lado, en un autobús que todavía no salía, en una mujer que todavía no conocía en persona, y me sentía culpable de no poder estar entero en ninguno de los dos lugares, ni en Pátzcuaro con mis amigos ni en el futuro con ella.
Recuerdo el olor a copal metiéndoseme en la ropa, un olor que después, ya en el autobús, seguía sintiendo pegado a la piel, y recuerdo haber pensado, con una vanidad que ahora me avergüenza, que quería que ella pudiera oler ese copal en mí, como si el olor fuera una prueba de que yo venía de un lugar con alma, de que no era solamente un muchacho pobre de un pueblo cualquiera sino alguien que cargaba consigo la Noche de Muertos entera, un pequeño espectáculo de mí mismo montado para una audiencia de una sola persona.
Salí de Morelia muy temprano, más temprano de lo necesario, porque soy de los que llegan una hora antes a todos lados por miedo a que el mundo cierre las puertas sin avisar. Me senté junto a la ventanilla y metí la mano en el bolsillo del pantalón, donde llevaba el dinero doblado en un fajo que ya para entonces tenía las esquinas suaves de tanto tocarlo, y lo apreté, y conté otra vez, aunque ya sabía la cantidad exacta, porque contar era la única oración que sabía rezar en ese momento.
El viaje fue largo. Los maizales pasaban, los arboles pasaban, los cerros pasaban, y yo miraba todo eso sin verlo realmente, con los ojos abiertos pero la atención puesta enteramente adentro, en el temblor de las manos, en el sudor que me empezaba a salir en la nuca aunque el autobús tuviera el aire acondicionado tan frío que otros pasajeros se quejaban.
Llegué a mediodía. La ciudad se abrió frente a mí como se abre una boca demasiado grande, y confieso que sentí miedo, un miedo concreto y hasta un poco ridículo, el miedo de un pueblerino que ha oído demasiadas historias y que ahora, parado frente a la bestia real, descubre que las historias se quedaron cortas.
Crucé una avenida con el corazón en la garganta, literalmente convencido de que un taxi me iba a atropellar, y llegué a la estación del Metro Observatorio, donde tenía que esperarla.
IV.
Esperé. No sé cuánto tiempo esperé, aunque he tratado de calcularlo mil veces desde entonces, como si el número exacto de minutos fuera a explicarme algo que las horas mismas se negaron a explicarme. Tenía las manos metidas en los bolsillos y con los dedos contaba el dinero doblado sin sacarlo, sin mirarlo, contando los billetes por el tacto como cuenta un ciego las monedas, y cada vez que terminaba de contar volvía a empezar, no porque hubiera olvidado la cantidad sino porque contar era lo único que podía hacer con las manos para no hacer otra cosa peor, para no morderme las uñas hasta sangrar, cosa que en algún momento de esa tarde, lo confieso, también hice.
Sudaba. Hacía frío en la estación —noviembre en la Ciudad de México tiene ese frío húmedo que se mete por las mangas— y sin embargo yo sudaba, y me daba vergüenza sudar, y me limpiaba la frente con la manga de la chamarra y luego me daba vergüenza de haberme limpiado así, como un animal, delante de tanta gente que no me miraba pero que en mi cabeza me miraba todo el tiempo, midiéndome, sabiendo exactamente qué clase de idiota era yo, parado ahí con una mochila vieja y un regalo comprado con dinero que no tenía, esperando a una mujer que quizás nunca iba a llegar.
Pensé eso. Lo pienso ahora y me avergüenza haberlo pensado entonces, pero lo pensé: que era una broma, que ella no venía, que jamás había pensado venir, que los boletos eran mentira, y en ese pensamiento —que duró, quizás, cuatro o cinco minutos completos, cuatro o cinco minutos en los que la odié con una intensidad que hoy no reconozco como mía— sentí un alivio extrañísimo, porque si era mentira entonces yo podía dejar de esperar, podía tomar el siguiente autobús a Morelia y olvidarme de todo esto, y ese alivio me dio tanto asco de mí mismo que tuve que sentarme en el piso de la estación, entre la gente que pasaba, y quedarme ahí un rato, con la cabeza entre las rodillas, como un borracho, como un loco, como alguien a quien la ciudad entera podía ver desmoronarse y a nadie le importaba.
No tenía manera de comunicarme con ella. El teléfono no tenía señal, o la tenía pero ella no contestaba, y cada minuto sin respuesta yo lo llenaba con una historia distinta y cada vez peor: que había tenido un accidente, que se había arrepentido, que en realidad nunca había existido tal como yo la había imaginado y que la mujer real, cuando llegara —si llegaba— me iba a decepcionar, y esa última idea, la de la decepción, era la que más me dolía, porque significaba que una parte de mí, una parte cobarde y calculadora que yo no sabía que tenía, ya estaba preparando la salida, ya estaba redactando, en algún rincón oscuro de la cabeza, el discurso que me daría a mí mismo para poder irme sin sentirme un cobarde.
Pero no me fui. Me quedé, porque el miedo a que ella llegara y no me encontrara era, en ese momento, más grande que el miedo a seguir esperando.
El acceso se abría a las cinco. Se suponía que ella llegaría a la una. Llegó pasadas las tres.
Esas dos horas fueron las más largas de mi vida, y digo esto sabiendo que exagero, sabiendo que la vida me ha dado después horas objetivamente más difíciles, pero ninguna tan larga, porque el tiempo no se mide en relojes sino en la cantidad de veces que uno se traiciona a sí mismo mientras espera y mira el reloj sin creer la hora que le muestra.
V.
Cuando llegó lo supe de inmediato, y esto también debo confesarlo: por un segundo, cuando la vi entrar, sabía que era ella. Nunca he sido bueno con los rostros, pero algo en mí lo sabía. Había también una parte que esperaba —o que temía, ya no distingo cuál de las dos— que la mujer real fuera menos que la mujer imaginada, y cuando resultó que no, que era más, que era mucho más, sentí una especie de pánico invertido, el pánico de no merecer lo que estaba viendo.
Se acercó. Me abrazó. Y en ese abrazo sentí simultáneamente la felicidad más pura que había sentido en años y, debajo de ella, como una corriente subterránea, el terror de no saber qué hacer con una felicidad tan grande, porque yo, hasta entonces, solo había practicado el dolor; el dolor lo sabía administrar, tenía rutinas para él, y la felicidad, en cambio, me encontró sin ningún entrenamiento, torpe, con los brazos mal puestos, sin saber ni siquiera cómo abrazar de vuelta con la misma naturalidad con la que ella me abrazaba a mí.
—Perdón por la tardanza —me dijo, con una voz distinta a la que yo había imaginado, más ronca, con un ligerísimo temblor que no supe si era cansancio o nervios—. Tardé más de lo que pensé.
—No importa —le dije, y era mentira, sí importaba, había importado muchísimo, cada minuto de esas dos horas había importado, pero en cuanto la vi el importar se disolvió tan rápido que ya no pude, ni quise, reclamárselo.
VI.
Subimos al Metro. Ella hablaba y yo la escuchaba sin escuchar del todo, más atento al timbre de su voz que a las palabras, más atento a la manera en que se sostenía del tubo metálico con una mano mientras con la otra se acomodaba el pelo, un gesto pequeñísimo que, sin embargo, se me quedó grabado con una precisión que no tiene sentido, como si mi memoria hubiera decidido, esa tarde, guardar los gestos pequeños y desechar las palabras grandes. Así mismo recuerdo el tono exacto del rosa de sus labios que se curvaban de vez en vez al mirarme estupefacto mirándola hablar. Recuerdo el tacto de su mano, cálida sobre la mía.
Le dije, en algún momento del trayecto, algo que ahora me parece torpe pero que entonces me pareció ingenioso, algo sobre el calor de los vagones, y ella se rió, y su risa tenía un defecto pequeño, una nota que se quebraba al final, y ese defecto, lejos de decepcionarme, fue lo que terminó de convencerme de que era real, de que no era un invento mío, porque uno no inventa los defectos de la gente que imagina: uno inventa perfección, y la perfección no se ríe con la voz quebrada.
VII.
Llegamos, hicimos fila. Le di el regalo que le había llevado —unos aretes en forma de calavera, comprados en Pátzcuaro, con el dinero que me sobró después de sacar cuentas una y otra vez— y ella los recibió con una sonrisa que, debo decirlo, me hizo sentir, por un instante, que todo el miedo, todo el conteo obsesivo de billetes, todo el sudor en la estación, había valido la pena, y luego, inmediatamente después, me sentí ridículo por necesitar tan poco para sentirme valioso, un par de aretes bastando para reconciliarme con meses de angustia.
—Son hermosos —dijo, y se los puso ahí mismo, en la fila, tocándose los lóbulos con la punta de los dedos.
No le dije lo que de verdad pensaba, que era que los había elegido pensando en su pueblo, en los muertos que caminan entre los vivos, en que quizás ella entendería ese regalo mejor que cualquier otra persona en el mundo. Me pareció que decirlo en voz alta lo hubiera estropeado, lo hubiera vuelto una frase bonita en vez de una verdad, y yo, en ese momento, prefería guardarme la verdad y dejar que ella creyera que el regalo había sido más simple de lo que en realidad era.
VIII.
El concierto fue, sí, asombroso, pero lo que más recuerdo no es la música sino un instante muy breve, casi vergonzoso de tan pequeño, en que la miré cantar con los ojos cerrados y sentí, junto con el amor —porque para entonces ya no tenía sentido llamarlo de otra manera— una punzada de envidia: envidia de su capacidad de entregarse así, sin reservas, mientras yo, incluso en ese momento, incluso rodeado de gente gritando la misma canción, no podía dejar de observarme observándola, no podía apagar esa vocecita que llevaba un registro minucioso de todo lo que sentía, como si mi propia felicidad necesitara, para ser real, la aprobación de un juez interno que nunca terminaba de convencerse de nada.
Había una canción, esa noche, que hablaba de una mujer que vivía en un distrito donde un águila sostenía una serpiente entre las garras, y de un hombre que había llegado de otra parte a colgarle la luna sin que ella se diera cuenta, y de un amor que, por más grande que fuera, no estaba hecho para quedarse. Y ella era —en la canción y en el espacio minúsculo que compartíamos en medio de la multitud— Roma armada hasta los dientes, pero esa imagen, la del águila y la serpiente, la de la luna colgada en secreto, se me quedó adentro como una astilla que duele más al retirarla.
IX.
Salimos ya de noche. Ella insistía en regresarse a su pueblo; yo insistí en que se quedara, y aquí debo admitir algo que me cuesta escribir: mi insistencia no era del todo generosa. Detrás de la preocupación genuina por su seguridad —porque la ciudad de noche es otra ciudad, más dura, más indiferente— había también, escondido, el miedo puro y simple de que si se iba, si la perdía de vista esa misma noche, jamás volvería a tener una oportunidad como esa, y ese miedo egoísta se disfrazó, con una facilidad que me asusta recordar, de preocupación noble.
—Quédate —le dije, y la palabra me salió más parecida a una súplica de lo que hubiera querido. Era casi como una oración recitada en medio de una iglesia, una solicitud elevándose hasta un lugar inaccesible, pero aún así, fue escuchada.
Se quedó.
X.
De lo que pasó en el cuarto del hotel no voy a dar detalles, no los he olvidado, pero hay cosas que, al ponerlas en palabras, se abaratan, y esta no pienso abaratarla. Diré solamente que la habitación olía a humedad vieja y a un desinfectante barato que no lograba cubrir del todo el olor de cientos de huéspedes anteriores, y que ese olor, lejos de arruinar el momento, se volvió parte de él, porque el amor de verdad, he aprendido, no necesita habitaciones perfectas: se acomoda en cualquier cuarto con manchas en el techo y encuentra ahí, entre las manchas, algo parecido a la belleza.
Hablamos hasta tarde. En algún momento del silencio que siguió a las palabras, sentí, con una claridad que no había sentido en años, que no merecía estar ahí, que en algún momento ella se daría cuenta de la clase de hombre que era yo realmente —inseguro, calculador, capaz de amar y de resentir ese amor al mismo tiempo— y que ese descubrimiento sería el final de todo. No dije nada de esto en voz alta. Me quedé callado, fingiendo una paz que no sentía del todo, y ella, que quizás también fingía la suya, se quedó dormida con la cabeza sobre mi brazo, y yo pasé buena parte de la noche despierto, no por incomodidad física sino por el peso extraño de sentirme, por primera vez en mucho tiempo, responsable de la felicidad de otra persona.
XI.
Al día siguiente se fue. La acompañé hasta el Metro. Me dio un último beso que no fue de película —fue torpe, un poco apurado, con el sabor todavía del café que había tomado esa mañana— y se dio la vuelta.
Antes de perderla de vista volteó una vez más y sonrió.
No la volvería a ver jamás.
XII.
De regreso en el autobús me tocó ir junto a la ventanilla otra vez, y esta vez los paisajes que a la ida me habían parecido cargados de promesa —los mismos maizales, los mismos cerros dormidos— me parecieron de pronto raros, casi hostiles en su indiferencia, como si la tierra entera se hubiera enterado de que ya no había nada que celebrar y hubiera decidido, sin ningún drama, seguir siendo exactamente igual que antes.
Me revisé los bolsillos varias veces durante el viaje, y no por el dinero —ya no me quedaba casi nada, y eso, curiosamente, ya no me angustiaba— sino por el boleto arrugado del concierto, que llevaba guardado como una carta que ya no va a volver a leer pero que tampoco puede tirar. Lo saqué una vez, a mitad del camino, y lo miré un momento y volví a guardarlo, avergonzado sin motivo, como si alguien pudiera adivinar, con solo verme sostener un papel arrugado, todo lo que ese papel significaba.
Llegué a Morelia, después a Pátzcuaro, después a casa. Me acosté sin cenar, no porque no tuviera hambre sino porque la idea de sentarme a la mesa con mi familia, a responder preguntas sobre el viaje, sobre el concierto, sobre si me había divertido, me resultaba insoportable. Fingí un dolor de cabeza. Nadie insistió. Y ahí, tirado en la cama con la ropa que todavía olía a ella, empecé a hacer algo que no había hecho nunca antes con tanta disciplina: revisar, uno por uno, todos los momentos del día anterior, buscando en cada uno la prueba de que yo lo había arruinado de alguna manera, algún gesto torpe, alguna palabra de más, algún silencio incómodo que ella hubiera interpretado como desinterés. No encontré nada concreto. Y sin embargo no dejé de buscar, porque cuando uno ha decidido con antelación que no merece algo bueno, encuentra siempre la manera de convertir la ausencia de pruebas en la prueba más contundente de todas.
XIII.
Nuestras conversaciones se hicieron más cortas. Después más espaciadas. Después se redujeron a un “cómo estás” que ya no esperaba, en realidad, una respuesta larga.
Yo, por supuesto, me inventé explicaciones para cada silencio suyo, y las explicaciones se fueron volviendo cada vez más retorcidas, cada vez más generosas con ella y más crueles conmigo: que estaba ocupada, que tenía problemas en su casa, que se había dado cuenta —esta era la explicación a la que más volvía, la que más me convencía porque era la que más se ajustaba a la opinión que yo ya tenía de mí mismo— de que yo no valía lo suficiente para sostener algo así a la distancia, y que simplemente, con la delicadeza de quien no quiere lastimar, se estaba retirando poco a poco en vez de decírmelo de frente.
Nunca lo sabré. Nunca supe, en realidad, ni una sola de las razones verdaderas de nada de lo que pasó entre nosotros, porque nunca se lo pregunté, y no se lo pregunté por la razón más cobarde de todas: prefería quedarme con mis explicaciones inventadas, por dolorosas que fueran, a arriesgarme a escuchar la verdadera, que quizás era mucho más simple y mucho menos trágica que cualquiera de mis teorías. Quizás simplemente se cansó. Quizás conoció a alguien más cerca. Quizás, sencillamente, la vida siguió, como sigue siempre, sin pedirle permiso a nadie ni ofrecer explicaciones a nadie tampoco.
No volví a saber de ella.
XIV.
A veces, en las noches en que el pueblo se queda tan callado que se puede oír el motor de un carro a tres calles de distancia, pienso en ella, y cada vez que pienso en ella pienso también, inevitablemente, en mí mismo pensando en ella, en ese doblez incómodo que nunca he logrado deshacer: no puedo recordarla sin recordarme también a mí, observándome recordarla, preguntándome si la extraño a ella de verdad o si extraño, más bien, a la versión de mí mismo que fui durante esas cuarenta y ocho horas, un hombre capaz de gastar todos sus ahorros en un boleto de autobús, capaz de esperar dos horas sin moverse, capaz —esto es lo que más extraño, si soy honesto— de sentir algo sin la vigilancia constante de un juez interno calculando el costo y el riesgo.
Quiero escribir que la extraño a ella. Pero cada vez que lo escribo me pregunto si no estoy extrañando, en realidad, la posibilidad de haber sido, aunque fuera por un día, alguien valiente.
Pienso en la canción del águila y la serpiente, y pienso que quizás yo mismo fui, esa noche y esa mañana, las dos cosas a la vez: el águila que se cree fuerte por sostener algo entre las garras, y la serpiente que sabe, desde el principio, que tarde o temprano va a soltarse.
XV.
No sé si ella se acuerda de mí. Prefiero pensar que sí, aunque sé que es más probable que no, que para ella aquello fue una anécdota bonita entre muchas otras, mientras que para mí se convirtió en la medida secreta con la que, sin quererlo, sigo comparando todo lo que viene después.
No me gusta pensar en esto como en algo que perdí. Prefiero pensar que fue algo que tuve, aunque fuera por un día, aunque el precio de haberlo tenido haya sido, desde entonces, la costumbre incurable de examinarme a mí mismo con una desconfianza que antes no tenía.
Ahí sigue ella, en algún rincón de la memoria que no se borra. Y ahí sigo yo también, en ese mismo rincón, sin poder verla a ella sin verme a mí, sin poder recordar el amor sin recordar, al mismo tiempo, todo lo que ese amor me obligó a descubrir sobre el tipo de hombre que era, y que quizás, en el fondo, todavía soy.
Porque en un solo día conocí los confines del universo y perdí mi corazón — y descubrí, sin buscarlo, los confines de mi propia cobardía.






