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Ruinas

No odio.

Y esto, aunque parezca poca cosa,
es quizá lo único que todavía puedo defender de mí mismo.

No odio.

Podría hacerlo.
Sería incluso sencillo.
Podría decir que nunca fue tan hermosa,
que exageré sus virtudes,
que confundí sus defectos con misterio,
que aquello que yo llamaba bondad
era solamente una forma elegante de mi necesidad.
Podría decir que no valía la pena.
Pero entonces tendría que desconfiar de todo lo que sentí.
Y yo no quiero convertirme en ese hombre.

No quiero ser de los que aman mientras son correspondidos
y, cuando llega el rechazo,
retroceden sobre sus propias palabras
para escupir encima de ellas.
No.

Si la vi maravillosa,
lo fue.

Si la vi hermosa,
lo fue.

Si durante unos días, unas semanas, unos meses,
el mundo pareció tener una pequeña explicación
porque ella estaba dentro de él,
entonces así fue.

No voy a falsificar mi propia memoria
solamente porque la historia no terminó como quería.
Lo que sentí no se vuelve mentira
porque no encontró dónde quedarse.
Eso es lo terrible.

Porque ahora tengo que conservarlo.
Como quien termina una casa
y descubre, demasiado tarde,
que nadie va a vivir en ella.

Ahí están todavía los cimientos.
Ahí están las paredes que levanté despacio,
la madera que escogí con cuidado,
las ventanas que imaginé abiertas por las mañanas,
la mesa donde pensé que algún día
dos personas podrían sentarse sin tener que explicarse nada.
Todo sigue ahí.

Puedo derribar una pared.
Puedo arrancar una puerta.
Puedo dejar que la lluvia entre por el techo.
Pero no puedo convencer a la tierra
de que aquella casa jamás existió.

Y quizá eso sea querer:
conservar las ruinas
sin convertirlas en un monumento.

Porque no la odio.
Me duele, eso sí.
Me duele mirarla irse
hacia brazos que le ofrecen tan poco.
Me duele verla aceptar migajas
como si el hambre fuera una virtud.
Me duele que alguien pueda decirle
“mira todo lo que hago por ti”
después de haberle dado apenas nada.
Me duele que tenga que agradecer
por una presencia que debería ser un regalo y no una deuda.

Y entonces, algunas noches,
cometo la soberbia de pensar:
yo habría sabido mirarla.

No digo que hubiera sido perfecto.
Dios sabe que no.
Tengo demasiadas grietas.
He llegado hasta aquí cargando cosas
que todavía no sé dónde poner.
He cometido errores.
He sido injusto.
He sido cobarde.
He dicho palabras que hubiera querido tragarme
antes de que tocaran el oído de alguien.
Sé perfectamente lo que está mal en mí.
Pero también sé lo que no está mal.
Sé cuánto he tenido que atravesar
para seguir siendo quien soy.
Y no me parece poca cosa.

He podido salir de lugares
en los que otros se habrían quedado a morir.
He perdido cosas
y, aun así, no he aprendido a despreciarlas.
He sufrido
y no hice del sufrimiento una religión.

Pude haber cambiado mis principios
para hacerme más fácil de querer.
No lo hice.

Pude haberme vuelto más frío.
No quise.

Pude haber aprendido a dar solamente lo necesario,
a calcular los abrazos,
a medir las palabras,
a guardar siempre una parte de mí
por si acaso.
Tampoco.

Y por eso sé que puedo hacer feliz a alguien.
No porque sea extraordinario.
Sino porque conozco el precio de cuidar algo.
Porque sé lo que significa mirar a una persona
y pensar:
que no le falte nada.

Si ella fuera mía
—y qué palabra tan peligrosa es esa—
sería mi oración.

No necesitaría iglesias.
No necesitaría santos.
La miraría dormir
y entendería de pronto
por qué los hombres inventaron a Dios.
La vería abrir los ojos por la mañana
y pensaría que hasta el sol
debería sentirse un poco avergonzado
de salir después de ella.
Podría ser la prueba más hermosa
de que existe el bien.
O la tentación más perfecta
que haya imaginado el diablo.

Quizá por eso me duele tanto verla
tan poco amada.
No porque yo crea merecerla.
Sino porque sé lo que vi.
Y nadie puede quitarme eso.
Nadie puede venir ahora
a decirme que era menos.

Que no era tan buena.
Que no era tan hermosa.
Que no había nada especial.
Yo estuve ahí.
Yo la vi.
Yo sé.

Y ahora guardo todo lo que quedó.
Colecciono abrazos
que ya no van a repetirse.
Colecciono besos
que no sé dónde poner.
Colecciono conversaciones,
miradas,
pequeñas muestras de ternura
que quizá para ella fueron solamente un instante
y que para mí se quedaron viviendo.
Los guardo.

No para recuperarla. Ni para esperarla. Ni siquiera para sufrir.

Los guardo porque son míos.
Porque fueron capaces de hacerme sentir algo
que todavía no quiero aprender a despreciar.

Y tal vez ese sea mi castigo:
haber aprendido a querer
sin aprender a dejar de querer.

Pero también puede ser mi única victoria.
Porque mañana,
cuando vuelva a encontrar a alguien
y vuelva a mirar sus ojos
y vuelva a pensar que el mundo acaba de cometer
la hermosa equivocación de ponerla frente a mí,
quiero seguir siendo capaz de decir:
te veo.
Aunque no me quieras.
Aunque no te quedes.
Aunque algún día tenga que verte
caminar hacia alguien más.
Te veo.

Y si alguna vez fui capaz de mirarte
como si fueras sagrada,
no voy a convertirte en pecado
solamente porque no fuiste mía.
Que se queden con tus manos
quienes sepan sostenerlas.
Que se queden con tu risa
quienes tengan la suerte de escucharla.
Que otro duerma contigo.
Que otro te acompañe al médico.
Que otro conozca tus manías.
Que otro aprenda dónde te duele.
Que otro tenga la vida
que yo imaginé.

Yo me quedaré con las ruinas.
No porque sean suficientes.
Sino porque fueron verdaderas.
Y porque hay cosas que uno no destruye
cuando terminan.
Las deja ahí.
Como una casa abandonada
en medio del campo.
Para que las hierbas suban por las ventanas.
Para que los pájaros hagan nido
donde alguna vez imaginamos una cama.
Para que el tiempo haga su trabajo.
Y para poder pasar algún día frente a ella
sin detenerse, mirarla apenas, y decir:
aquí quise vivir.

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Eduardo López

Eduardo López

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