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	<title>Eduardo López, Autor Uërani</title>
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	<description>Fuimos fuego del cielo para luego convertirnos en semilla de maíz</description>
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		<title>Las leyes que no conozco</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Eduardo López]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 15 Sep 2026 19:39:03 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Letras]]></category>
		<category><![CDATA[Poesía]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Hay cosas que vuelven sin que yo las llame, y contra eso no tengo ninguna defensa, ni siquiera una pequeña, ni siquiera una mentira que me alcance para una tarde...</p>
<p>El cargo <a href="https://uerani.com.mx/las-leyes-que-no-conozco/">Las leyes que no conozco</a> apareció primero en <a href="https://uerani.com.mx">Uërani</a>.</p>
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									<p>Hay cosas que vuelven sin que yo las llame, y contra eso no tengo ninguna defensa, ni siquiera una pequeña, ni siquiera una mentira que me alcance para una tarde entera. Una canción entra por la ventana y se me cierra la garganta. Una película que juraría no haber visto antes me deja el pulso arriba, como si acabara de correr hasta aquí. Una frase sale de mi boca, una frase que yo creía mía, y sólo después, con el sabor todavía en la lengua, descubro que llevaba años guardándola de ti, prestada, sin devolver. Basta un olor. Basta una manera de reír al fondo de un lugar. Basta una palabra dicha con cierto acento, y algo se me revuelve por dentro con la violencia exacta de aquel entonces.<br /><br />Digo &#8220;tú&#8221; y sé que miento un poco, porque no hay una sola historia detrás de ese pronombre. Hubo varias, a lo largo de los años, cada una con su propio paso, su propia manera de tomarme la mano, con su propio aliento. Pero algo en mí decidió, sin pedirme permiso, fundirlas en una sola figura, prestarle un rasgo de cada una hasta que ya no sé si te recuerdo a ti o a la suma de todo lo que aprendí a llamar tú. Me quedó la risa, esa risa que me hacía sentir capaz de cualquier cosa nada más con mirarte a los ojos y oírte decir que me querías. Me quedó la manera de mirar mi trabajo, cualquier trabajo, hasta volverlo importante sólo porque tú lo mirabas. Me quedó una paciencia que yo no sabía cómo recibir, que me dio cosas que ni siquiera sospechaba merecer. Me quedó una diferencia tan radical con todo lo que yo era que estar cerca tuyo me obligó a aprender a mirar de nuevo, como quien nace por segunda vez y todavía no sabe usar los ojos. Me quedó una admiración que me hizo querer ser alguien distinto. Me quedó una facilidad para explicarlo todo que yo envidiaba con una envidia que ahora, avergonzado, reconozco como una forma más del amor. No sé cuántas cosas caben en esta figura que sigo llamando tú, ni creo ya que eso importe.<br /><br />Porque cuando vuelves, vuelves entera, con una precisión que roza lo indecente. El olor de tu piel en una almohada que no es la tuya. La temperatura exacta de una mano sobre la mía en una noche de la que ya ni recuerdo el año. El volumen preciso de una voz diciendo mi nombre, como si todavía pudiera girar la cabeza y encontrarte ahí. Y con esa precisión vuelve también una certeza que me cuesta más sostener que cualquier nostalgia: yo estuve ahí. No lo imaginé. No lo soñé. Estuve.<br /><br />Porque no llegaste de golpe, como llega un accidente. Llegaste despacio, por la puerta de atrás de la vida cotidiana, hasta que un día me sorprendí comprando dos de algo en lugar de uno, dejando un cajón vacío para tus cosas antes de que tú supieras siquiera que ese cajón existía. Aprendí qué comida te gustaba sin que tuvieras que decírmelo dos veces. Aprendí qué te hacía reír y qué significaba tu silencio cuando el silencio no era descanso sino otra cosa, algo que había que aprender a leer despacio. Mi cuerpo aprendió a hacerle espacio al tuyo en una cama que antes me parecía suficientemente grande para uno solo. Aprendí a caminar a tu velocidad. A elegir una calle en lugar de otra porque a ti te gustaban los árboles de esa cuadra. A saber cuándo hablar y cuándo dejar que el silencio se quedara un rato más, sin que nadie lo rompiera antes de tiempo. Así se construye, sin que nadie lo planee, una casa sin paredes, hecha enteramente de costumbres, indistinguible ya de la piel de uno.<br /><br />Y hablábamos del futuro como si ya existiera. Dónde íbamos a vivir. A qué fiesta íbamos a ir juntos ese sábado. Qué íbamos a hacer en Navidad. Si algún día, quizá, habría hijos. Dónde pasaríamos las vacaciones del año siguiente. En qué se nos iría el próximo sueldo. Hablábamos de un tiempo que todavía no existía y lo sentíamos tan cerca que casi podíamos tocarlo con la mano, como quien toca una fruta antes de que madure y ya sabe, sólo por el peso, que va a estar dulce.<br /><br />Todavía hoy encuentro cosas donde no las espero, y cada vez es un pequeño desastre controlado. Una taza escondida hasta el fondo de la alacena, detrás de los platos que sí uso. Una fotografía que se resbala de entre las páginas de un libro que llevaba años sin abrir. Un recibo doblado tantas veces, guardado tanto tiempo en el mismo bolsillo, que terminó convertido en un papel diminuto, casi ilegible, casi nada, y sin embargo ahí sigue, negándose a desaparecer del todo.<br /><br />Ahora ya ni siquiera comprar una sola cosa me alcanza. Los cajones dejaron de estar vacíos esperando tus cosas: están llenos de recuerdos, de hubieras, de quizás, de una lista entera de condicionales que no llevan a ningún sitio. Ya no sé ni qué comida me gusta a mí mismo, porque nada me sabe a nada. Nada me hace reír. Es el silencio el que se ríe de mí ahora, con esa risa que sólo se aprende a fuerza de estar solo. Mi cuerpo sigue haciéndole espacio a un cuerpo que ya no llega: la cama que antes me parecía suficientemente grande para uno, ahora me resulta inmensa, un país entero que tengo que cruzar solo cada noche. Camino, y a cada paso me sorprendo girando la cabeza, buscando unos pasos que ya no vienen conmigo. No importa qué calle elija, si tiene árboles o no: lo que importaba nunca fueron los árboles, sino el sonido de alguien caminando a mi lado. Ahora hablo solo, en voz baja, esperando una respuesta que no llega, y que sé, aun mientras la espero, que no va a llegar. Y esa misma casa sin paredes que construimos sin darnos cuenta, hecha enteramente de costumbres, se volvió de pronto ajena, como si me hubieran desalojado de una casa cuyas paredes nunca existieron para empezar: vivo, ahora, a la intemperie de mis propias costumbres.</p>
<p>Y entonces vuelvo, siempre, a la misma pregunta, la que de verdad no me deja dormir. Cuando te dije &#8220;te quiero&#8221; quería decir te quiero, con la boca, con la sangre, sin ironía, sin ningún cálculo agazapado esperando el momento de desmentirme más tarde.<br />Cuando dije &#8220;te amo&#8221;, te amaba, y lo digo aquí bajo cualquier juramento que se me exija.<br />Y cuando dije &#8220;voy a estar siempre contigo&#8221;, en ese instante exacto existía para mí algo que se llamaba siempre, tan sólido como el suelo bajo el siguiente paso, tan real como el aire entrando y saliendo de mis pulmones mientras lo decía. Puedo aceptar, lo juro, no soy un necio, que las personas cambien, que una casa se venda, que dos vidas se separen hasta no dejar entre ellas nada visible desde afuera. Lo que no consigo tragarme, lo que se me queda atorado cada vez que lo intento, es que algo haya sido verdadero con esa intensidad y después, sin ningún aviso, sin ningún trámite, se convierta en algo que ya no existe en ninguna parte del mundo.<br /><br />Porque la vida después de mí siguió, eso lo sé, y saberlo no me alivia en absoluto. Hubo otros muebles que yo no elegí. Otros vasos que se rompieron sin que yo estuviera ahí para barrer los pedazos. Otras llaves, otros cumpleaños que alguien más celebró contigo al lado. Enfermedades que yo no cuidé. Domingos enteros de los que no sé nada. Costumbres nuevas que se formaron sin mí, con la misma paciencia con que se formaron las que tuvimos juntos. Y hay alguien, en algún lugar, que sabe ahora lo que antes sabía yo: qué comida te gusta, qué canción te hace cantar, cómo duermes, qué palabra usas cuando estás cansada de fingir que no lo estás. Hay alguien que reconoce tus silencios. Y confieso que imaginarlo me revuelve algo por dentro que no tiene nombre decente, algo más cerca del estómago que del corazón.<br /><br />Pero no puedo acusar a nadie sin acusarme primero, y eso es lo que más rabia me da. Porque yo también llegué después de alguien. Yo también aprendí otro cuerpo, otro horario, otra forma de dormir, otras voces, otros silencios que no eran los tuyos y que aun así aprendí a leer. Yo también hice promesas que en su momento eran completamente ciertas. La vida no lleva cuentas. Simplemente continúa, indiferente, como el agua que sigue corriendo aunque uno meta la mano y trate de detenerla con los dedos abiertos.<br /><br />Y el mundo tampoco guardó el lugar donde te dejé. No conservó la habitación intacta, con los muebles exactamente donde estaban la última vez que la vi. La gente mueve las cosas. Compra otros vasos. Pierde unas llaves y encuentra otras. Cambia de casa. Cumple años. Se enferma y se recupera. Celebra. Hace nuevas amistades. Se enamora otra vez, con la misma inocencia con que se enamoró la primera. Continúa. Y quizá eso sea, de todo esto, lo más insoportable: que para mí algo sigue existiendo con una precisión casi obscena, mientras que para el mundo, para ti, aquello puede haberse convertido hace mucho en algo completamente terminado.<br />A veces, de madrugada, me asalta una duda todavía peor. Quizá estoy reconstruyendo una casa que nunca existió del todo como la recuerdo. Quizá la memoria, con los años, hizo lo que hace siempre con los materiales que le sobran: tomó pedazos sueltos, los acomodó donde le convenía, rellenó los huecos con algo parecido a la verdad y fabricó una historia capaz de sostener el peso de los años. Quizá exageré una mirada. Quizá inventé una frase que nunca dijiste. Quizá lo que yo recuerdo como absoluto no fue absoluto para ti, sino apenas una tarde cualquiera que se te olvidó antes de que yo empezara a fabricar con ella un altar.<br /><br />¿Cómo saberlo, a estas alturas? No lo sé. Pero hay algo que me niego a soltar, y es la precisión. Un sueño no debería tener esta precisión. Una mentira, mucho menos. Uno se equivoca sobre una fecha, sobre quién dijo primero una cosa, sobre lo que ocurrió exactamente aquella tarde de lluvia. Pero hay recuerdos, el olor, la voz, una mano, la manera exacta de decir mi nombre, cuya exactitud no sé de dónde saco, y que ninguna teoría sobre la fragilidad de la memoria ha conseguido, hasta ahora, disolver del todo.<br />Durante años sólo tuve las leyes que me enseñaron en la escuela para intentar explicarme esto: la materia cambia de forma, la energía cambia de forma, nada debería desvanecerse sin dejar alguna consecuencia medible. Pregunté, a mi manera torpe, por la conservación del amor, y esas leyes, honestamente, nunca supieron qué contestarme. Me dejaron ahí, con la pregunta entera en las manos.<br /><br />Después empecé a leer otra cosa, y ahí encontré una idea capaz de asustarme en serio, de quitarme el sueño de una manera distinta a como me lo quitaba la nostalgia.</p>
<p>Everett propuso que un sistema cuántico, al ser medido, no colapsa en un único resultado: el universo entero se ramifica, y cada posibilidad sigue ocurriendo, real, en una rama que deja simplemente de comunicarse con las demás.<br />DeWitt y Graham le pusieron nombre a eso: muchos mundos.<br />Wallace habla de un multiverso que emerge de la física misma, sin necesidad de inventar nada extra, sin necesidad de fe.<br />Y si eso es cierto, entonces en alguna rama de ese universo ramificado, en un lugar con el que ya no puedo intercambiar ni una sola partícula de información, seguimos ahí.<br />No como metáfora. Como física.<br /><br />Wilson conecta esa idea con algo todavía más vertiginoso: el realismo modal de Lewis, la propuesta de que los mundos posibles no son ficciones cómodas para resolver problemas de lógica, sino lugares tan reales como éste, simplemente inalcanzables desde aquí. Si eso es cierto, existe un mundo en el que tomé otra decisión aquella noche de la que tanto me arrepiento. Un mundo en el que no me fui. Un mundo en el que tú tampoco te fuiste.<br />Y entonces la pregunta de Kripke y de Parfit deja de ser un ejercicio de salón: ¿en qué sentido ese otro yo, el que se quedó, el que sigue ahí contigo, sigue siendo yo? ¿En qué sentido soy yo, precisamente yo, quien está aquí escribiendo esto de madrugada, con las manos un poco temblorosas, y no el que sigue allá, todavía con tu mano entre las suyas?<br /><br />Zurek explicaría, con toda la frialdad de su fórmula, por qué no puedo verlo: la decoherencia no borra la otra rama, sólo la vuelve inaccesible, la desconecta de mí lo suficiente como para que yo experimente esta versión, la que duele, la que estoy escribiendo ahora, como si fuera la única real.<br />Rovelli iría todavía más lejos: dice que la verdad de un hecho nunca es absoluta, que siempre es relativa a quien interactúa con él. Bajo esa lógica, lo que sentimos no dejó de ser verdad de un día para otro. Simplemente dejó de serlo en relación conmigo. Sigue siendo verdad, ahora mismo, en relación con la versión de nosotros que se quedó del otro lado de la ramificación que no elegí, que quizá ni siquiera elegí, que simplemente ocurrió, como ocurre una fractura en el hueso sin que uno recuerde bien el golpe.<br /><br />Y si ni siquiera eso me basta, todavía me queda la hipótesis más desesperada de todas, la que uso cuando ya ninguna otra funciona. Bostrom se pregunta si esto que llamamos realidad no será, en algún sentido, apenas una entre muchas simulaciones posibles, y Chalmers responde, con una calma que envidio, que eso no la haría menos real. Un mundo simulado sigue siendo un mundo para quien lo habita. Un amor conservado en algún sustrato que no comprendo, una rama cuántica, una copia, un registro que no sé nombrar, sigue siendo un amor, mientras alguna versión de él siga ejecutándose en alguna parte que no puedo tocar.<br /><br />Confieso, además, por qué terminé aquí, hablando de física a estas horas de la noche. Estos mismos recuerdos me empujaron a leer sobre el amor, sobre la felicidad, sobre la pérdida, y cada página me devolvía a ti con una puntería insoportable. Pensé, tontamente, que cambiar de tema, buscar algo tangible, algo tan ajeno y tan complejo como la física, podría hacerme olvidar esta sensación durante un rato. Ya sabía que la música triste no funciona: uno la pone creyendo que lo va a acompañar y sólo consigue hundirse un poco más, con compañía. Sabía también que no funciona buscar más amor, más esperanza, en las páginas donde se supone que eso es lo único que hay: cada promesa ajena termina, sin que uno lo pida, convertida en un espejo. Así que fui a otra parte. Pensé que la ciencia, que no necesita fe ni esperanza, que sólo pide evidencia, razón, lógica, me iba a mostrar un paisaje completamente distinto, uno que no me sometiera otra vez a esta cosa tan ilógica, tan desmedida, tan poco razonable que es el amor. Y sin embargo aquí estoy, encontré teorías, hipótesis, ecuaciones enteras, y todas, de una manera u otra, terminaron hablando exactamente de lo mismo que llevo toda la noche pensando. De lo que pudo ser. Sólo que ahora, en vez de nostalgia, tengo una nostalgia con aparato matemático: una versión factible, casi demostrable, de lo que pudo ser.<br /><br />Sé que esto suena a la fiebre de alguien que busca consuelo donde probablemente no lo hay. Puede ser. No tengo cómo defenderme de esa acusación, y a estas horas de la noche, para ser sincero, tampoco tengo muchas ganas de intentarlo.<br /><br />No sé dónde termina una promesa cuando termina la vida que la sostenía. Sé, en cambio, que sigues volviendo cada vez que una canción, una película, un olor, deciden que es hora de recordarme que algo, en alguna parte, todavía duele lo suficiente como para ser verdad.<br /><br />Y si de verdad la verdad es relativa a quien interactúa con ella, como dice Rovelli, entonces no soy el único que la sostiene. En algún lugar de esta misma realidad, no en una rama inalcanzable, sino aquí, en este mismo tiempo, alguien más carga con la misma pregunta, con los mismos hubieras, con la misma rama que no se tomó. Eso no cambia nada. No me devuelve nada. Pero por primera vez, en mitad de todo esto, me consuela saber que no soy el único que todavía se atormenta con lo que pudo ser.<br /><br />Quizá no regreso a una persona. Quizá regresamos, cada uno por su lado, al mismo instante exacto en que el universo decidió por nosotros sin pedirnos permiso.<br /><br />Como si existieran leyes para todo, menos para esto. Como si, en alguna parte, todavía estuvieran esperando a que alguno de los dos, por fin, las encuentre.</p>								</div>
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		<p>El cargo <a href="https://uerani.com.mx/las-leyes-que-no-conozco/">Las leyes que no conozco</a> apareció primero en <a href="https://uerani.com.mx">Uërani</a>.</p>
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		<title>Espejos transatlánticos</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Eduardo López]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 10 Sep 2026 22:04:14 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Letras]]></category>
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<p>El cargo <a href="https://uerani.com.mx/espejos-transatlanticos/">Espejos transatlánticos</a> apareció primero en <a href="https://uerani.com.mx">Uërani</a>.</p>
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					<h2 class="elementor-heading-title elementor-size-default">Bodas que se parecen sin haberse conocido: Paracho y los Cárpatos</h2>				</div>
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<p class="wp-block-paragraph">Por casualidad, gracias a un amigo, llegué a un video que llamó bastante mi atención, un registro de una boda campesina en Bucovina, una región repartida entre Rumania y Ucrania, en plenos Cárpatos orientales. Y mientras la veía no podía dejar de pensar: esto ya lo he visto. Y no, no es que me haya tocado andar en esa parte de Europa, sino que esto lo he visto en Angahuan, en Cherán, en cualquier boda purépecha de la meseta.</p>

<p class="wp-block-paragraph">La misma procesión que recorre el pueblo. Los mismos jóvenes solteros cargando el peso simbólico de la ceremonia recibiendo un ramillete para su solapa. El mismo instante, casi calcado, en que los novios se arrodillan ante sus padres a pedir perdón. Panes ceremoniales. Leña. Una figura que habla en nombre de la comunidad y bendice a la nueva pareja.</p>

<p class="wp-block-paragraph">Y ahí es donde uno tiene que frenarse antes de emocionarse de más, porque es muy fácil empezar a ver patrones donde en realidad no hay nada. Esa es exactamente la trampa en la que no quiero caer con este texto: la de imaginar que dos pueblos separados por un océano y varios siglos de historia estuvieron, de alguna manera, en contacto. No lo estuvieron. No hay barco, no hay misionero, no hay ruta comercial que explique por qué una comunidad purépecha de la Sierra Tarasca y una aldea rumana de Suceava celebran el matrimonio de formas tan parecidas. Y sin embargo, se parecen. Demasiado como para no preguntarse por qué.</p>
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					<h2 class="elementor-heading-title elementor-size-default">El itinerario como ritual</h2>				</div>
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									<p>Empecemos por lo más visible. En Angahuan, la boda —la <em>misa kuani</em>— no ocurre en un solo lugar. Es, literalmente, un recorrido. Durante el <em>uarhantsani</em>, los parientes jóvenes del novio y de los padrinos bailan por las calles del pueblo acompañados de banda de viento, deteniéndose en distintos puntos hasta completar el circuito entre la casa del novio, la casa de la novia y la casa de los padrinos. Mintzi Auanda Martínez Rivera, quien documentó esta ceremonia en su investigación sobre Angahuan, describe con detalle cómo, tras beber el <em>kamata</em> en casa de los padrinos, la pareja y sus familias se reúnen en privado para recibir el consejo de una figura ritual: el <em>diosïri uandarhi</em>, &#8220;el que habla de Dios&#8221;, heredero de la función que en tiempos prehispánicos cumplía el <em>petámuti</em>. Estos recorridos los he visto también en San Jerónimo Purenchécuaro, Pomacuarán y Zopoco, aunque con algunos detalles distintos en cada uno, pero en esencia es lo mismo. </p>
<p><!-- /wp:paragraph --><!-- wp:paragraph --></p>
<p>En Bucovina ocurre algo asombrosamente similar, aunque con otro nombre. El <em>alaiul de nuntă</em> es igualmente un cortejo que parte de la casa del novio, pasa por la casa de la novia y termina en la iglesia, con paradas rituales, cantos de salida y bailes en los patios de las casas involucradas. El territorio del pueblo se convierte, en ambos casos, en el verdadero escenario del rito. Más que un detalle logístico: es la manera en que la comunidad entera —y no solo los novios— atestigua y valida el cambio de estatus que está ocurriendo.</p>
<p><!-- /wp:paragraph --><!-- wp:heading --></p>
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					<h2 class="elementor-heading-title elementor-size-default">Nadie roba de verdad</h2>				</div>
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									<p>Uno de los paralelismos que más me costó creer, hasta que lo confirmé, es la dramatización del robo de la novia. En Bucovina existe el <em>furatul miresei</em>: durante la fiesta, un grupo de jóvenes solteros —los <em>vătăjei</em>— &#8220;secuestra&#8221; simbólicamente a la novia y la esconde. Después exigen un rescate al novio, generalmente en vino o dulces, y solo entonces la devuelven a la celebración. Es un acto teatral que dramatiza lo que la comunidad de solteros está perdiendo: uno de los suyos se va.</p>
<p><!-- /wp:paragraph --><!-- wp:paragraph --></p>
<p>En la meseta purépecha existen dos mecanismos similares. En Ichán y Carapan me contaron que ocurre algo así donde familiares no dejan ir a la novia hasta que el novio y su familia &#8220;pagan un rescate&#8221;, algo que se repite en otras comunidades de las cuales ahora se me escapa el nombre, pero seguramente alguien conoce cuales son. Y aunque, es distinto en la forma, hay otro acto que cumple exactamente la misma función. Existe la fuga o &#8220;robo&#8221; consensuado de la novia como una de las vías tradicionales para iniciar el matrimonio, y durante el <em>uarhantsani</em> los hermanos y parientes jóvenes del novio bailan por las calles cargando muñecas atadas a la espalda con rebozos, en un gesto que anuncia, de forma lúdica, la fertilidad y la paternidad que la pareja está por asumir. Dos culturas, sin haberse visto nunca, decidieron que la manera de anunciar que alguien deja el grupo de los solteros era organizar una pequeña puesta en escena alrededor de esa pérdida.</p>
<p><!-- /wp:paragraph --><!-- wp:heading --></p>
<p><!-- /wp:heading --><!-- wp:paragraph --></p>								</div>
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					<h2 class="elementor-heading-title elementor-size-default">De rodillas ante los padres</h2>				</div>
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									<p>Si hay un momento que a mí, personalmente, me parece el más conmovedor de ambas tradiciones, es este. En Bucovina, antes de partir hacia la iglesia, ocurre la <em>iertăciunea mirilor</em>: los novios se arrodillan sobre un tejido frente a sus padres, piden perdón por los errores de su infancia y juventud, agradecen la crianza recibida y, al levantarse, besan las manos de quienes los criaron.</p>
<p><!-- /wp:paragraph --><!-- wp:paragraph --></p>
<p>En la región purépecha existe un gesto casi idéntico. Ya sea en la <em>p&#8217;ipejperakua</em> documentada en Cherán o en el <em>kamataru niani</em> de Angahuan, aunque también lo llegué a ver en una boda en Zopoco, los novios se presentan ante sus padres y padrinos, toman sus manos y las besan en señal de <em>kashumbikua</em> —respeto comunitario—, mientras el <em>diosïri uandarhi</em> pronuncia palabras pidiendo que las faltas pasadas sean perdonadas. Ralph Beals ya había registrado ceremonias de este tipo en Cherán desde la década de 1940, y Pedro Márquez Joaquín documentó con detalle el intercambio de regalos y los rituales entre las casas de los novios en esa misma comunidad.</p>
<p><!-- /wp:paragraph --><!-- wp:paragraph --></p>
<p>No sé, pero a mí me cuesta pensar que dos comunidades campesinas, separadas por todo lo que las puede separar, hayan llegado por casualidad a la misma escena: los hijos de rodillas, pidiendo perdón, antes de dejar de ser hijos únicamente y convertirse también en cabeza de un nuevo hogar.</p>
<p><!-- /wp:paragraph --><!-- wp:heading --></p>
<p><!-- /wp:heading --><!-- wp:paragraph --></p>								</div>
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					<h2 class="elementor-heading-title elementor-size-default">Panes, leña, mantas y coronas</h2>				</div>
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									<p>También coinciden en lo material. En Bucovina la reciprocidad económica de la boda se expresa en la dote (<em>zestrea</em>) que la novia lleva a su nuevo hogar, y en los <em>colaci de nuntă</em>, grandes panes trenzados adornados con motivos florales que se entregan entre novios, padres y padrinos como símbolo de abundancia.</p>
<p><!-- /wp:paragraph --><!-- wp:paragraph --></p>
<p>En la meseta purépecha, las <em>kanakuas</em> —esas coronas de pan y flores que se cargan sobre bateas laqueadas junto con frutas y miniaturas artesanales— cumplen un papel equivalente. A esto se suma la entrega de leña de pino (<em>p&#8217;ukuri</em>) a la casa de la novia y de los padrinos, que no es un simple combustible, sino la personificación del fuego sagrado, garantía de calor y fertilidad para el hogar que se está fundando. Carl Lumholtz, en su recorrido por la Sierra a inicios del siglo XX, ya había registrado vestigios de estos intercambios rituales y del baile de la <em>kanara</em>, en el que los novios y sus familiares danzan cargando las herramientas de su trabajo cotidiano: metates, telares, azadones.</p>
<p><!-- /wp:paragraph --><!-- wp:paragraph --></p>
<p>Pan. Leña. Coronas. Objetos cotidianos convertidos en símbolo de lo que la nueva pareja va a necesitar para sostener una casa. Otra vez, la misma lógica expresada con materiales distintos.</p>
<p dir="ltr">Hay un paralelismo más que me parece de los más reveladores, porque no viene de una boda cualquiera, sino de una costumbre que se remonta a la corte del cazonzi. La Relación de Michoacán cuenta que, en las festividades, al gobernante se le colgaban mantas sobre los hombros como símbolo de la celebración misma, del festejo en curso. Ese gesto no se quedó en el siglo XVI: sigue vivo hoy en las bodas purépechas, solo que repartido entre toda la familia. A la novia y las madrinas se les colocan rebozos, y al novio y a los padrinos, se les cuelgan gabanes o cobijas, en el mismo espíritu con el que antes se cubría de mantas al cazonzi en día de fiesta.</p>
<p dir="ltr">En Cheranastico es común que ese gesto se haga con servilletas bordadas, tejidas especialmente para la ocasión. Y en Bucovina, otra vez, aparece algo parecido: lo que en las imágenes se ven como pañoletas bordadas que se cuelgan a alguna figura importante de la boda —no tengo del todo claro si se trata de los padres, de los padrinos o de algún otro personaje central de la ceremonia—. Hay videos y fotografías de gente entregando estas pañoletas o recogiéndolas para colocárselas a otros. La lógica, otra vez, es la misma: cubrir con un textil bordado, hecho a propósito para el día, a quien ocupa un lugar central en la fiesta.</p>
<p><!-- /wp:paragraph --><!-- wp:heading --></p>
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<p><!-- /wp:heading --><!-- wp:paragraph --></p>								</div>
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					<h2 class="elementor-heading-title elementor-size-default">Bandas y brazos entrelazados</h2>				</div>
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									<p dir="ltr">Hay dos coincidencias más que no puedo dejar fuera, aunque no vengan de un momento específico de la boda, sino de algo más general: el sonido y el cuerpo.</p>
<p dir="ltr">Empecemos por el sonido. Cada vez que veo esos videos de Bucovina no puedo dejar de notar que hasta la música se siente familiar. Las agrupaciones de metales que acompañan las procesiones balcánicas —tuba, trompeta, tambora, clarinete— guardan un parecido notable con la instrumentación de nuestras bandas de viento michoacanas. No es el mismo repertorio ni el mismo compás, pero la lógica es idéntica: un conjunto de metales y percusión caminando junto a la gente, marcando cada tramo del recorrido nupcial. En ambos casos la banda no es un adorno de fondo, es la que va anunciando al pueblo entero que algo importante está ocurriendo en sus calles.</p>
<p dir="ltr">Y luego está el cuerpo. Si hay una danza que resume, para mí, todo el simbolismo de la boda purépecha, es la Xirangua. En el centro bailan los novios junto con sus padres y padrinos, con los brazos entrelazados entre sí, y alrededor de ellos se forma un segundo círculo de familiares y amigos cercanos —hermanos, primos, tíos— que bailan de la misma manera, también con los brazos entrelazados. Según me explicó alguna vez el doctor Víctor Hernández Vaca, la raíz de la palabra remite al chayote, cuya guía se entrelaza sobre sí misma al crecer, y de ahí el gesto: los brazos se enredan como se enreda la guía del chayote, como forma de representar la fuerza de la unión entre las dos familias.</p>
<p dir="ltr">En Bucovina existen danzas circulares donde los invitados también se toman de las manos o de los brazos y giran alrededor de los novios, sus familias y amigos, formando corros concéntricos. La lógica es idéntica a la de la Xirangua: el cuerpo colectivo, entrelazado, rodeando a la nueva pareja como gesto físico de sostén comunitario.</p>								</div>
				</div>
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					<h2 class="elementor-heading-title elementor-size-default">¿Entonces sí hubo contacto?</h2>				</div>
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									<p>Pa&#8217; qué les digo que sí, si no. Y creo que hay que ser honestos con esto antes de que alguien se emocione de más. No existe evidencia histórica, arqueológica ni documental de ningún tipo de intercambio entre el occidente de México y los Cárpatos orientales. Forzar esa conexión, imaginar rutas secretas, migraciones fantasma o algún parentesco oculto, no le haría ningún favor a ninguna de las dos culturas. Sería, de hecho, una forma de faltarles al respeto a ambas.</p>
<p><!-- /wp:paragraph --><!-- wp:paragraph --></p>
<p>Lo que sí parece estar ocurriendo es algo que los antropólogos llaman convergencia cultural: sociedades campesinas, organizadas alrededor del parentesco extendido y de una economía agrícola, tienden a resolver el mismo problema sociológico de maneras sorprendentemente parecidas. Ese problema es siempre el mismo: cómo separar a alguien del hogar de sus padres, cómo reconocer públicamente que ha nacido una nueva unidad doméstica, y cómo sellar la alianza entre dos familias sin que nadie quede ofendido en el camino. Arnold van Gennep llamó a esto un rito de paso, con sus fases de separación, transición e incorporación. Marcel Mauss, medio siglo antes que cualquiera de nosotros pensara en Bucovina o en Angahuan, ya había descrito el matrimonio como un sistema de dar, recibir y devolver. No hace falta que dos pueblos se hayan conocido para que ambos, cada uno por su cuenta, hayan llegado a una gramática ceremonial parecida. Basta con que enfrenten el mismo problema humano.</p>								</div>
				</div>
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					<h2 class="elementor-heading-title elementor-size-default">Lo que un espejo lejano deja ver</h2>				</div>
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									<p>Si algo me ha dejado este ejercicio de comparar lo purépecha con lo bucovino no es la sensación de que somos, de alguna manera, &#8220;iguales&#8221; a un pueblo campesino de los Cárpatos. Es más bien lo contrario, mirar la boda de Bucovina me hizo notar, con mucha más claridad, la sofisticación de lo que tenemos aquí. El <em>uarhantsani</em>, el <em>diosïri uandarhi</em>, la <em>kanara</em>, las kanakuas: no son curiosidades folclóricas, son una gramática ritual tan elaborada como cualquiera en el mundo, y solo la vi con nitidez cuando la puse junto a otra.</p>
<p><!-- /wp:paragraph --><!-- wp:paragraph --></p>
<p>Quizás esa sea, después de todo, la utilidad real de este tipo de comparaciones. No demostrar parentescos que no existen, sino usar la tradición ajena como espejo para valorar mejor la propia. Y acá, donde tan buenos somos para menospreciar lo nuestro y admirar lo de fuera, no nos vendría mal voltear a ver, de vez en cuando, lo que ya tenemos aunque sea a través de un espejo tan lejano como el de los Cárpatos.</p>
<p><!-- /wp:paragraph --><!-- wp:separator --></p>
<h4 class="wp-block-heading">Algunas fuentes para quien quiera seguir el hilo</h4>
<p><!-- /wp:heading --><!-- wp:list --></p>
<ul class="wp-block-list">
<li style="list-style-type: none;">
<ul class="wp-block-list"><!-- wp:list-item --></ul>
</li>
</ul>
<ul class="wp-block-list">
<li style="list-style-type: none;">
<ul class="wp-block-list">
<li>Martínez Rivera, Mintzi Auanda. &#8220;Misa Kuani: la boda p&#8217;urhépecha y sus transformaciones históricas&#8221;. <em>Relaciones. Estudios de Historia y Sociedad</em>, 41(163), 2020.</li>
<li>Alcalá, Jerónimo de. <em>Relación de las cerimonias y rictos y población y gobernación de los indios de la provincia de Mechuacán</em> (1541).</li>
<li>Lumholtz, Carl. <em>Unknown Mexico</em> (1902).</li>
<li>Beals, Ralph L. <em>Cherán: un pueblo de la sierra tarasca</em> (1946).</li>
<li>Márquez Joaquín, Pedro. &#8220;El casamiento en Cherán atzicurin&#8221;. <em>Relaciones. Estudios de Historia y Sociedad</em>, VII(28), 1986.</li>
<li>Institutul Național al Patrimoniului (Rumania). <em>Nuntă — Obiceiuri de nuntă din Bucovina</em>, registro de Iuliana Băncescu, Câmpulung Moldovenesc (2000).</li>
<li>Centrul Cultural Bucovina. <em>Cântecul ritual de nuntă din Bucovina</em>, colección de Alexandru Voevidca.</li>
<li>Van Gennep, Arnold. <em>Les rites de passage</em> (1909)</li>
<li>Mauss, Marcel. Essai sur le don (1925).</li>
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		<title>Ruinas</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Eduardo López]]></dc:creator>
		<pubDate>Sat, 29 Aug 2026 01:12:13 +0000</pubDate>
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									<p>No odio.<br /><br />Y esto, aunque parezca poca cosa,<br />es quizá lo único que todavía puedo defender de mí mismo.<br /><br />No odio.<br /><br />Podría hacerlo.<br />Sería incluso sencillo.<br />Podría decir que nunca fue tan hermosa,<br />que exageré sus virtudes,<br />que confundí sus defectos con misterio,<br />que aquello que yo llamaba bondad<br />era solamente una forma elegante de mi necesidad.<br />Podría decir que no valía la pena.<br />Pero entonces tendría que desconfiar de todo lo que sentí.<br />Y yo no quiero convertirme en ese hombre.<br /><br />No quiero ser de los que aman mientras son correspondidos<br />y, cuando llega el rechazo,<br />retroceden sobre sus propias palabras<br />para escupir encima de ellas.<br />No.<br /><br />Si la vi maravillosa,<br />lo fue.<br /><br />Si la vi hermosa,<br />lo fue.<br /><br />Si durante unos días, unas semanas, unos meses,<br />el mundo pareció tener una pequeña explicación<br />porque ella estaba dentro de él,<br />entonces así fue.<br /><br />No voy a falsificar mi propia memoria<br />solamente porque la historia no terminó como quería.<br />Lo que sentí no se vuelve mentira<br />porque no encontró dónde quedarse.<br />Eso es lo terrible.<br /><br />Porque ahora tengo que conservarlo.<br />Como quien termina una casa<br />y descubre, demasiado tarde,<br />que nadie va a vivir en ella.<br /><br />Ahí están todavía los cimientos.<br />Ahí están las paredes que levanté despacio,<br />la madera que escogí con cuidado,<br />las ventanas que imaginé abiertas por las mañanas,<br />la mesa donde pensé que algún día<br />dos personas podrían sentarse sin tener que explicarse nada.<br />Todo sigue ahí.<br /><br />Puedo derribar una pared.<br />Puedo arrancar una puerta.<br />Puedo dejar que la lluvia entre por el techo.<br />Pero no puedo convencer a la tierra<br />de que aquella casa jamás existió.<br /><br />Y quizá eso sea querer:<br />conservar las ruinas<br />sin convertirlas en un monumento.<br /><br />Porque no la odio.<br />Me duele, eso sí.<br />Me duele mirarla irse<br />hacia brazos que le ofrecen tan poco.<br />Me duele verla aceptar migajas<br />como si el hambre fuera una virtud.<br />Me duele que alguien pueda decirle<br />“mira todo lo que hago por ti”<br />después de haberle dado apenas nada.<br />Me duele que tenga que agradecer<br />por una presencia que debería ser un regalo y no una deuda.<br /><br />Y entonces, algunas noches,<br />cometo la soberbia de pensar:<br />yo habría sabido mirarla.<br /><br />No digo que hubiera sido perfecto.<br />Dios sabe que no.<br />Tengo demasiadas grietas.<br />He llegado hasta aquí cargando cosas<br />que todavía no sé dónde poner.<br />He cometido errores.<br />He sido injusto.<br />He sido cobarde.<br />He dicho palabras que hubiera querido tragarme<br />antes de que tocaran el oído de alguien.<br />Sé perfectamente lo que está mal en mí.<br />Pero también sé lo que no está mal.<br />Sé cuánto he tenido que atravesar<br />para seguir siendo quien soy.<br />Y no me parece poca cosa.<br /><br />He podido salir de lugares<br />en los que otros se habrían quedado a morir.<br />He perdido cosas<br />y, aun así, no he aprendido a despreciarlas.<br />He sufrido<br />y no hice del sufrimiento una religión.<br /><br />Pude haber cambiado mis principios<br />para hacerme más fácil de querer.<br />No lo hice.<br /><br />Pude haberme vuelto más frío.<br />No quise.<br /><br />Pude haber aprendido a dar solamente lo necesario,<br />a calcular los abrazos,<br />a medir las palabras,<br />a guardar siempre una parte de mí<br />por si acaso.<br />Tampoco.<br /><br />Y por eso sé que puedo hacer feliz a alguien.<br />No porque sea extraordinario.<br />Sino porque conozco el precio de cuidar algo.<br />Porque sé lo que significa mirar a una persona<br />y pensar:<br />que no le falte nada.<br /><br />Si ella fuera mía<br />—y qué palabra tan peligrosa es esa—<br />sería mi oración.<br /><br />No necesitaría iglesias.<br />No necesitaría santos.<br />La miraría dormir<br />y entendería de pronto<br />por qué los hombres inventaron a Dios.<br />La vería abrir los ojos por la mañana<br />y pensaría que hasta el sol<br />debería sentirse un poco avergonzado<br />de salir después de ella.<br />Podría ser la prueba más hermosa<br />de que existe el bien.<br />O la tentación más perfecta<br />que haya imaginado el diablo.<br /><br />Quizá por eso me duele tanto verla<br />tan poco amada.<br />No porque yo crea merecerla.<br />Sino porque sé lo que vi.<br />Y nadie puede quitarme eso.<br />Nadie puede venir ahora<br />a decirme que era menos.<br /><br />Que no era tan buena.<br />Que no era tan hermosa.<br />Que no había nada especial.<br />Yo estuve ahí.<br />Yo la vi.<br />Yo sé.<br /><br />Y ahora guardo todo lo que quedó.<br />Colecciono abrazos<br />que ya no van a repetirse.<br />Colecciono besos<br />que no sé dónde poner.<br />Colecciono conversaciones,<br />miradas,<br />pequeñas muestras de ternura<br />que quizá para ella fueron solamente un instante<br />y que para mí se quedaron viviendo.<br />Los guardo.<br /><br />No para recuperarla. Ni para esperarla. Ni siquiera para sufrir.<br /><br />Los guardo porque son míos.<br />Porque fueron capaces de hacerme sentir algo<br />que todavía no quiero aprender a despreciar.<br /><br />Y tal vez ese sea mi castigo:<br />haber aprendido a querer<br />sin aprender a dejar de querer.<br /><br />Pero también puede ser mi única victoria.<br />Porque mañana,<br />cuando vuelva a encontrar a alguien<br />y vuelva a mirar sus ojos<br />y vuelva a pensar que el mundo acaba de cometer<br />la hermosa equivocación de ponerla frente a mí,<br />quiero seguir siendo capaz de decir:<br />te veo.<br />Aunque no me quieras.<br />Aunque no te quedes.<br />Aunque algún día tenga que verte<br />caminar hacia alguien más.<br />Te veo.<br /><br />Y si alguna vez fui capaz de mirarte<br />como si fueras sagrada,<br />no voy a convertirte en pecado<br />solamente porque no fuiste mía.<br />Que se queden con tus manos<br />quienes sepan sostenerlas.<br />Que se queden con tu risa<br />quienes tengan la suerte de escucharla.<br />Que otro duerma contigo.<br />Que otro te acompañe al médico.<br />Que otro conozca tus manías.<br />Que otro aprenda dónde te duele.<br />Que otro tenga la vida<br />que yo imaginé.<br /><br />Yo me quedaré con las ruinas.<br />No porque sean suficientes.<br />Sino porque fueron verdaderas.<br />Y porque hay cosas que uno no destruye<br />cuando terminan.<br />Las deja ahí.<br />Como una casa abandonada<br />en medio del campo.<br />Para que las hierbas suban por las ventanas.<br />Para que los pájaros hagan nido<br />donde alguna vez imaginamos una cama.<br />Para que el tiempo haga su trabajo.<br />Y para poder pasar algún día frente a ella<br />sin detenerse, mirarla apenas, y decir:<br /><em>aquí quise vivir.</em></p>								</div>
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		<title>Roma armada hasta los dientes</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Eduardo López]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 28 Aug 2026 08:08:14 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[<p>Roma armada hasta los dientes I. Hubo un tiempo en que el mundo entero cabía en una pantalla del tamaño de una mano, y en la voz de alguien que...</p>
<p>El cargo <a href="https://uerani.com.mx/roma-armada-hasta-los-dientes/">Roma armada hasta los dientes</a> apareció primero en <a href="https://uerani.com.mx">Uërani</a>.</p>
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<p class="wp-block-paragraph">Roma armada hasta los dientes</p>



<p class="wp-block-paragraph">I.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Hubo un tiempo en que el mundo entero cabía en una pantalla del tamaño de una mano, y en la voz de alguien que yo no conocía y que, sin embargo, ya se había instalado en mí con la naturalidad de una enfermedad que uno todavía no sabe que tiene. Digo enfermedad y no lo digo con desprecio: hay enfermedades que uno agradece haber contraído, aunque después, mucho después, tenga que pagar por ellas y la salud no vuelva a ser la misma.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Eso fue antes. Mucho antes de que yo entendiera —y todavía hoy no sé si lo entiendo del todo, o si solo he aprendido a repetirme la explicación tantas veces que ya suena a verdad— que nada se queda como uno cree que se va a quedar. Entonces yo era de los que creían que las cosas, una vez puestas en su lugar, ya no se movían. Qué idiota era. Qué idiota sigo siendo, en el fondo, porque sigo esperando que algo se quede quieto.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Tenía una relación. Debería decir mejor que una relación me tenía a mí, sujeto por el cuello, aunque en ese momento yo no lo hubiera descrito así; en ese momento yo hubiera dicho que la quería, y quizás no mentía, o mentía solo un poco, lo suficiente para poder seguir viviendo con la mentira sin que me pesara demasiado. Había empezado, como empiezan estas cosas, buscando algo de cariño, algo de calor, algo que llenara ese hueco que uno tiene a los veintipocos años y que confunde con hambre de amor cuando en realidad es solo miedo de estar solo. Con el tiempo aquello se torció, y no de golpe, era un árbol que nació endeble y no encontró un apoyo suficiente para enderezarse plenamente.</p>



<p class="wp-block-paragraph">No voy a explicar los detalles de aquel dolor. Diré solamente que era un dolor que no gritaba —eso hubiera sido un alivio, gritar— sino que se quedaba adentro, agazapado, royendo despacio, como roe el hambre, la que conocen los pobres y los que ayunan por castigo, esa hambre que no te mata pero que te va vaciando, gramo a gramo, hasta que uno se sorprende de seguir de pie.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Vivía así, arrastrándome, y lo peor no era el dolor sino la vergüenza del dolor, la certeza humillante de que si alguien me hubiera preguntado &#8220;¿estás bien?&#8221; yo habría tenido que mentir, y mentir me daba más asco que el dolor mismo, porque el dolor al menos era mío, y la mentira la tenía que compartir con quien me preguntara.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y entonces, en medio de todo eso, sin que yo la buscara, sin que yo mereciera nada parecido, apareció ella.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Vivía en un pueblo del que no voy a decir el nombre, porque los nombres, cuando uno los repite mucho, se gastan, y yo no quiero gastar este. No sé si sigue viviendo ahí. No sé si sigue viva —lo escribo y se me hace un nudo raro en el pecho, un nudo que no sé si es miedo genuino o solamente el gusto morboso de imaginarme trágico— aunque prefiero, por salud propia, creer que sí, que está en algún lado, viva, quizás feliz, quizás casada, quizás con hijos, quizás sola, dando clases o vendiendo algo en un mercado, ajena por completo a que un desconocido en esta y otras noches, todavía piensa en ella con esta intensidad ridícula.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Empezamos a hablar por casualidad, por algo tan tonto como un comentario sobre una canción, no recuerdo cuál, y ya sé que decir &#8220;no recuerdo cuál&#8221; es mentira, porque sí lo recuerdo, lo recuerdo perfectamente, solo que no quiero escribirlo porque en cuanto lo escriba dejará de ser mío y pasará a ser de cualquiera que lea esto, y hay cosas que uno prefiere seguir robándole al mundo en vez de regalárselas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">De ahí las cosas crecieron con una velocidad que ahora me parece sospechosa, como crecen los tumores, sin que uno note el momento exacto en que dejaron de ser una célula rebelde y se convirtieron en algo que ya no se puede operar sin dejar cicatriz. Sí, sí era enfermedad.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Hablábamos de música, de libros, de arte, del mundo, de las cosas de las que hablan dos personas que todavía no saben que se están enamorando y que, si lo supieran, quizás tendrían más cuidado. A veces pienso que si hubiéramos sabido lo que nos esperaba, ninguno de los dos habría contestado ese primer mensaje. Y a veces pienso lo contrario: que lo hubiéramos contestado igual pero con los ojos abiertos, sabiendo el precio, porque hay ciertas cosas que uno compra aunque se endeude.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Casi todas las tardes estábamos ahí, escribiéndonos, y yo esperaba sus mensajes con una ansiedad que hoy me avergüenza un poco reconocer: revisaba el teléfono cada dos minutos, y cuando no llegaba nada me inventaba explicaciones —está ocupada, se quedó sin batería, está pensando qué escribirme— y ninguna de esas explicaciones me tranquilizaba de verdad, porque en el fondo, en el fondo más sucio y más honesto de mí, lo que yo temía no era que ella estuviera ocupada. Lo que yo temía era que se hubiera dado cuenta de quién era yo en realidad, y hubiera decidido, con toda la razón del mundo, dejar de contestarme.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Primero vino la ilusión. Después, como siempre, vino el resto.</p>



<p class="wp-block-paragraph">II.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Un día me contó que una de nuestras bandas favoritas iba a tocar en la Ciudad de México.</p>



<p class="wp-block-paragraph">No voy a decir cuál banda. No porque tenga miedo de nombrarla, sino porque en el fondo la banda es lo de menos, fue lo de menos, fue un pretexto, una percha donde colgamos algo mucho más grande y mucho más frágil de lo que la música podía sostener por sí sola.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Yo vivía en un pueblo. Ella en otro. La gran ciudad quedaba en medio. Alguien, mucho antes de que nosotros existiéramos, había puesto ahí ese punto de encuentro esperando a que llegáramos a reclamarlo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Le dije, medio en broma, medio no: &#8220;Invítame.&#8221;</p>



<p class="wp-block-paragraph">Lo dije como se dicen tantas cosas cuando uno no espera que se cumplan, con esa ligereza cobarde de quien tira una moneda a una fuente sabiendo que nadie va a concederle el deseo. Y sin embargo —aquí es donde todavía, tantos años después, se me revuelve algo en el estómago— ella dijo que sí. Había comprado los boletos. Los dos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">No sé cómo describir lo que sentí. Diré primero lo bonito, porque es lo que se espera que diga: sentí que alguien, por fin, había pensado en mí sin que yo se lo pidiera. Pero voy a decir también lo otro, lo que no se espera que diga, porque si voy a escribir esto de verdad tengo que escribirlo entero: sentí pánico. Un pánico concreto, casi físico, que me subió por la garganta como sube la bilis, porque hasta ese momento yo había podido querer a alguien sin arriesgar nada —querer a distancia es barato, es gratis, uno puede quererse a sí mismo queriendo a otro sin que le cueste ni un peso— y ahora, de golpe, me tocaba demostrar que ese cariño valía algo en el mundo real, con dinero real, con un cuerpo real que tenía que subirse a un autobús real. Y yo no tenía ni dinero ni cuerpo suficientemente valiente para eso, o eso creía.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Junté el dinero en meses. Cada moneda que me sobraba, cada propina, todo iba a una alcancía improvisada que escondía debajo de la cama. Hacía las cuentas de noche, con la luz apagada, tocando los billetes con los dedos para no tener que prender la lámpara y arriesgarme a que alguien preguntara qué hacía despierto contando dinero a esas horas. Siempre me alcanzaba, pero por tan poco margen que el cálculo mismo me daba fiebre. Recuerdo una noche en particular en que me faltaban, según mis cuentas, cuarenta pesos, y sentí una angustia tan desproporcionada para la cantidad que ahora, escribiéndolo, me da risa y me da tristeza al mismo tiempo: lloré, de verdad lloré, por cuarenta pesos, no porque el dinero importara sino porque en esos cuarenta pesos se había concentrado, sin que yo lo planeara, todo el miedo de no ser suficiente para nada ni para nadie.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Se me hacía eterno el tiempo. Marcaba los días en un calendario de pared, con una raya diagonal sobre cada casilla, y noté que empecé a hacer las rayas cada vez más fuertes, cada vez más marcadas, como si presionar el lápiz pudiera obligar al tiempo a correr más rápido, hasta que un día rompí el papel de tanto apretar, y tuve que quedarme viendo el hueco que había dejado el lápiz, avergonzado de mi propia impaciencia, como si el calendario roto fuera prueba de algún defecto de carácter que hasta entonces había logrado esconder hasta de mí mismo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">III.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Si no me equivoco —y digo &#8220;si no me equivoco&#8221; porque ya no confío del todo en mi memoria de esos días, que ha tenido tantos años para pulir la historia a su gusto que ya no sé qué parte es recuerdo y qué parte es la versión que me conviene— el concierto fue el tres de noviembre.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Antes me fui con unos amigos a Pátzcuaro, a pasar la Noche de Muertos. Debería decir que fue hermoso, y lo fue, pero también debo decir, si voy a ser honesto, que pasé buena parte de esa noche sin poder disfrutarla del todo, porque tenía la cabeza en otro lado, en un autobús que todavía no salía, en una mujer que todavía no conocía en persona, y me sentía culpable de no poder estar entero en ninguno de los dos lugares, ni en Pátzcuaro con mis amigos ni en el futuro con ella.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Recuerdo el olor a copal metiéndoseme en la ropa, un olor que después, ya en el autobús, seguía sintiendo pegado a la piel, y recuerdo haber pensado, con una vanidad que ahora me avergüenza, que quería que ella pudiera oler ese copal en mí, como si el olor fuera una prueba de que yo venía de un lugar con alma, de que no era solamente un muchacho pobre de un pueblo cualquiera sino alguien que cargaba consigo la Noche de Muertos entera, un pequeño espectáculo de mí mismo montado para una audiencia de una sola persona.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Salí de Morelia muy temprano, más temprano de lo necesario, porque soy de los que llegan una hora antes a todos lados por miedo a que el mundo cierre las puertas sin avisar. Me senté junto a la ventanilla y metí la mano en el bolsillo del pantalón, donde llevaba el dinero doblado en un fajo que ya para entonces tenía las esquinas suaves de tanto tocarlo, y lo apreté, y conté otra vez, aunque ya sabía la cantidad exacta, porque contar era la única oración que sabía rezar en ese momento.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El viaje fue largo. Los maizales pasaban, los arboles pasaban, los cerros pasaban, y yo miraba todo eso sin verlo realmente, con los ojos abiertos pero la atención puesta enteramente adentro, en el temblor de las manos, en el sudor que me empezaba a salir en la nuca aunque el autobús tuviera el aire acondicionado tan frío que otros pasajeros se quejaban.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Llegué a mediodía. La ciudad se abrió frente a mí como se abre una boca demasiado grande, y confieso que sentí miedo, un miedo concreto y hasta un poco ridículo, el miedo de un pueblerino que ha oído demasiadas historias y que ahora, parado frente a la bestia real, descubre que las historias se quedaron cortas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Crucé una avenida con el corazón en la garganta, literalmente convencido de que un taxi me iba a atropellar, y llegué a la estación del Metro Observatorio, donde tenía que esperarla.</p>



<p class="wp-block-paragraph">IV.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Esperé. No sé cuánto tiempo esperé, aunque he tratado de calcularlo mil veces desde entonces, como si el número exacto de minutos fuera a explicarme algo que las horas mismas se negaron a explicarme. Tenía las manos metidas en los bolsillos y con los dedos contaba el dinero doblado sin sacarlo, sin mirarlo, contando los billetes por el tacto como cuenta un ciego las monedas, y cada vez que terminaba de contar volvía a empezar, no porque hubiera olvidado la cantidad sino porque contar era lo único que podía hacer con las manos para no hacer otra cosa peor, para no morderme las uñas hasta sangrar, cosa que en algún momento de esa tarde, lo confieso, también hice.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Sudaba. Hacía frío en la estación —noviembre en la Ciudad de México tiene ese frío húmedo que se mete por las mangas— y sin embargo yo sudaba, y me daba vergüenza sudar, y me limpiaba la frente con la manga de la chamarra y luego me daba vergüenza de haberme limpiado así, como un animal, delante de tanta gente que no me miraba pero que en mi cabeza me miraba todo el tiempo, midiéndome, sabiendo exactamente qué clase de idiota era yo, parado ahí con una mochila vieja y un regalo comprado con dinero que no tenía, esperando a una mujer que quizás nunca iba a llegar.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Pensé eso. Lo pienso ahora y me avergüenza haberlo pensado entonces, pero lo pensé: que era una broma, que ella no venía, que jamás había pensado venir, que los boletos eran mentira, y en ese pensamiento —que duró, quizás, cuatro o cinco minutos completos, cuatro o cinco minutos en los que la odié con una intensidad que hoy no reconozco como mía— sentí un alivio extrañísimo, porque si era mentira entonces yo podía dejar de esperar, podía tomar el siguiente autobús a Morelia y olvidarme de todo esto, y ese alivio me dio tanto asco de mí mismo que tuve que sentarme en el piso de la estación, entre la gente que pasaba, y quedarme ahí un rato, con la cabeza entre las rodillas, como un borracho, como un loco, como alguien a quien la ciudad entera podía ver desmoronarse y a nadie le importaba.</p>



<p class="wp-block-paragraph">No tenía manera de comunicarme con ella. El teléfono no tenía señal, o la tenía pero ella no contestaba, y cada minuto sin respuesta yo lo llenaba con una historia distinta y cada vez peor: que había tenido un accidente, que se había arrepentido, que en realidad nunca había existido tal como yo la había imaginado y que la mujer real, cuando llegara —si llegaba— me iba a decepcionar, y esa última idea, la de la decepción, era la que más me dolía, porque significaba que una parte de mí, una parte cobarde y calculadora que yo no sabía que tenía, ya estaba preparando la salida, ya estaba redactando, en algún rincón oscuro de la cabeza, el discurso que me daría a mí mismo para poder irme sin sentirme un cobarde.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Pero no me fui. Me quedé, porque el miedo a que ella llegara y no me encontrara era, en ese momento, más grande que el miedo a seguir esperando.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El acceso se abría a las cinco. Se suponía que ella llegaría a la una. Llegó pasadas las tres.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Esas dos horas fueron las más largas de mi vida, y digo esto sabiendo que exagero, sabiendo que la vida me ha dado después horas objetivamente más difíciles, pero ninguna tan larga, porque el tiempo no se mide en relojes sino en la cantidad de veces que uno se traiciona a sí mismo mientras espera y mira el reloj sin creer la hora que le muestra.</p>



<p class="wp-block-paragraph">V.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Cuando llegó lo supe de inmediato, y esto también debo confesarlo: por un segundo, cuando la vi entrar, sabía que era ella. Nunca he sido bueno con los rostros, pero algo en mí lo sabía. Había también una parte que esperaba —o que temía, ya no distingo cuál de las dos— que la mujer real fuera menos que la mujer imaginada, y cuando resultó que no, que era más, que era mucho más, sentí una especie de pánico invertido, el pánico de no merecer lo que estaba viendo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Se acercó. Me abrazó. Y en ese abrazo sentí simultáneamente la felicidad más pura que había sentido en años y, debajo de ella, como una corriente subterránea, el terror de no saber qué hacer con una felicidad tan grande, porque yo, hasta entonces, solo había practicado el dolor; el dolor lo sabía administrar, tenía rutinas para él, y la felicidad, en cambio, me encontró sin ningún entrenamiento, torpe, con los brazos mal puestos, sin saber ni siquiera cómo abrazar de vuelta con la misma naturalidad con la que ella me abrazaba a mí.</p>



<p class="wp-block-paragraph">—Perdón por la tardanza —me dijo, con una voz distinta a la que yo había imaginado, más ronca, con un ligerísimo temblor que no supe si era cansancio o nervios—. Tardé más de lo que pensé.</p>



<p class="wp-block-paragraph">—No importa —le dije, y era mentira, sí importaba, había importado muchísimo, cada minuto de esas dos horas había importado, pero en cuanto la vi el importar se disolvió tan rápido que ya no pude, ni quise, reclamárselo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">VI.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Subimos al Metro. Ella hablaba y yo la escuchaba sin escuchar del todo, más atento al timbre de su voz que a las palabras, más atento a la manera en que se sostenía del tubo metálico con una mano mientras con la otra se acomodaba el pelo, un gesto pequeñísimo que, sin embargo, se me quedó grabado con una precisión que no tiene sentido, como si mi memoria hubiera decidido, esa tarde, guardar los gestos pequeños y desechar las palabras grandes. Así mismo recuerdo el tono exacto del rosa de sus labios que se curvaban de vez en vez al mirarme estupefacto mirándola hablar. Recuerdo el tacto de su mano, cálida sobre la mía.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Le dije, en algún momento del trayecto, algo que ahora me parece torpe pero que entonces me pareció ingenioso, algo sobre el calor de los vagones, y ella se rió, y su risa tenía un defecto pequeño, una nota que se quebraba al final, y ese defecto, lejos de decepcionarme, fue lo que terminó de convencerme de que era real, de que no era un invento mío, porque uno no inventa los defectos de la gente que imagina: uno inventa perfección, y la perfección no se ríe con la voz quebrada.</p>



<p class="wp-block-paragraph">VII.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Llegamos, hicimos fila. Le di el regalo que le había llevado —unos aretes en forma de calavera, comprados en Pátzcuaro, con el dinero que me sobró después de sacar cuentas una y otra vez— y ella los recibió con una sonrisa que, debo decirlo, me hizo sentir, por un instante, que todo el miedo, todo el conteo obsesivo de billetes, todo el sudor en la estación, había valido la pena, y luego, inmediatamente después, me sentí ridículo por necesitar tan poco para sentirme valioso, un par de aretes bastando para reconciliarme con meses de angustia.</p>



<p class="wp-block-paragraph">—Son hermosos —dijo, y se los puso ahí mismo, en la fila, tocándose los lóbulos con la punta de los dedos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">No le dije lo que de verdad pensaba, que era que los había elegido pensando en su pueblo, en los muertos que caminan entre los vivos, en que quizás ella entendería ese regalo mejor que cualquier otra persona en el mundo. Me pareció que decirlo en voz alta lo hubiera estropeado, lo hubiera vuelto una frase bonita en vez de una verdad, y yo, en ese momento, prefería guardarme la verdad y dejar que ella creyera que el regalo había sido más simple de lo que en realidad era.</p>



<p class="wp-block-paragraph">VIII.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El concierto fue, sí, asombroso, pero lo que más recuerdo no es la música sino un instante muy breve, casi vergonzoso de tan pequeño, en que la miré cantar con los ojos cerrados y sentí, junto con el amor —porque para entonces ya no tenía sentido llamarlo de otra manera— una punzada de envidia: envidia de su capacidad de entregarse así, sin reservas, mientras yo, incluso en ese momento, incluso rodeado de gente gritando la misma canción, no podía dejar de observarme observándola, no podía apagar esa vocecita que llevaba un registro minucioso de todo lo que sentía, como si mi propia felicidad necesitara, para ser real, la aprobación de un juez interno que nunca terminaba de convencerse de nada.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Había una canción, esa noche, que hablaba de una mujer que vivía en un distrito donde un águila sostenía una serpiente entre las garras, y de un hombre que había llegado de otra parte a colgarle la luna sin que ella se diera cuenta, y de un amor que, por más grande que fuera, no estaba hecho para quedarse. Y ella era —en la canción y en el espacio minúsculo que compartíamos en medio de la multitud— Roma armada hasta los dientes, pero esa imagen, la del águila y la serpiente, la de la luna colgada en secreto, se me quedó adentro como una astilla que duele más al retirarla.</p>



<p class="wp-block-paragraph">IX.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Salimos ya de noche. Ella insistía en regresarse a su pueblo; yo insistí en que se quedara, y aquí debo admitir algo que me cuesta escribir: mi insistencia no era del todo generosa. Detrás de la preocupación genuina por su seguridad —porque la ciudad de noche es otra ciudad, más dura, más indiferente— había también, escondido, el miedo puro y simple de que si se iba, si la perdía de vista esa misma noche, jamás volvería a tener una oportunidad como esa, y ese miedo egoísta se disfrazó, con una facilidad que me asusta recordar, de preocupación noble.</p>



<p class="wp-block-paragraph">—Quédate —le dije, y la palabra me salió más parecida a una súplica de lo que hubiera querido. Era casi como una oración recitada en medio de una iglesia, una solicitud elevándose hasta un lugar inaccesible, pero aún así, fue escuchada.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Se quedó.</p>



<p class="wp-block-paragraph">X.</p>



<p class="wp-block-paragraph">De lo que pasó en el cuarto del hotel no voy a dar detalles, no los he olvidado, pero hay cosas que, al ponerlas en palabras, se abaratan, y esta no pienso abaratarla. Diré solamente que la habitación olía a humedad vieja y a un desinfectante barato que no lograba cubrir del todo el olor de cientos de huéspedes anteriores, y que ese olor, lejos de arruinar el momento, se volvió parte de él, porque el amor de verdad, he aprendido, no necesita habitaciones perfectas: se acomoda en cualquier cuarto con manchas en el techo y encuentra ahí, entre las manchas, algo parecido a la belleza.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Hablamos hasta tarde. En algún momento del silencio que siguió a las palabras, sentí, con una claridad que no había sentido en años, que no merecía estar ahí, que en algún momento ella se daría cuenta de la clase de hombre que era yo realmente —inseguro, calculador, capaz de amar y de resentir ese amor al mismo tiempo— y que ese descubrimiento sería el final de todo. No dije nada de esto en voz alta. Me quedé callado, fingiendo una paz que no sentía del todo, y ella, que quizás también fingía la suya, se quedó dormida con la cabeza sobre mi brazo, y yo pasé buena parte de la noche despierto, no por incomodidad física sino por el peso extraño de sentirme, por primera vez en mucho tiempo, responsable de la felicidad de otra persona.</p>



<p class="wp-block-paragraph">XI.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Al día siguiente se fue. La acompañé hasta el Metro. Me dio un último beso que no fue de película —fue torpe, un poco apurado, con el sabor todavía del café que había tomado esa mañana— y se dio la vuelta.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Antes de perderla de vista volteó una vez más y sonrió.</p>



<p class="wp-block-paragraph">No la volvería a ver jamás.</p>



<p class="wp-block-paragraph">XII.</p>



<p class="wp-block-paragraph">De regreso en el autobús me tocó ir junto a la ventanilla otra vez, y esta vez los paisajes que a la ida me habían parecido cargados de promesa —los mismos maizales, los mismos cerros dormidos— me parecieron de pronto raros, casi hostiles en su indiferencia, como si la tierra entera se hubiera enterado de que ya no había nada que celebrar y hubiera decidido, sin ningún drama, seguir siendo exactamente igual que antes.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Me revisé los bolsillos varias veces durante el viaje, y no por el dinero —ya no me quedaba casi nada, y eso, curiosamente, ya no me angustiaba— sino por el boleto arrugado del concierto, que llevaba guardado como una carta que ya no va a volver a leer pero que tampoco puede tirar. Lo saqué una vez, a mitad del camino, y lo miré un momento y volví a guardarlo, avergonzado sin motivo, como si alguien pudiera adivinar, con solo verme sostener un papel arrugado, todo lo que ese papel significaba.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Llegué a Morelia, después a Pátzcuaro, después a casa. Me acosté sin cenar, no porque no tuviera hambre sino porque la idea de sentarme a la mesa con mi familia, a responder preguntas sobre el viaje, sobre el concierto, sobre si me había divertido, me resultaba insoportable. Fingí un dolor de cabeza. Nadie insistió. Y ahí, tirado en la cama con la ropa que todavía olía a ella, empecé a hacer algo que no había hecho nunca antes con tanta disciplina: revisar, uno por uno, todos los momentos del día anterior, buscando en cada uno la prueba de que yo lo había arruinado de alguna manera, algún gesto torpe, alguna palabra de más, algún silencio incómodo que ella hubiera interpretado como desinterés. No encontré nada concreto. Y sin embargo no dejé de buscar, porque cuando uno ha decidido con antelación que no merece algo bueno, encuentra siempre la manera de convertir la ausencia de pruebas en la prueba más contundente de todas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">XIII.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Nuestras conversaciones se hicieron más cortas. Después más espaciadas. Después se redujeron a un &#8220;cómo estás&#8221; que ya no esperaba, en realidad, una respuesta larga.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Yo, por supuesto, me inventé explicaciones para cada silencio suyo, y las explicaciones se fueron volviendo cada vez más retorcidas, cada vez más generosas con ella y más crueles conmigo: que estaba ocupada, que tenía problemas en su casa, que se había dado cuenta —esta era la explicación a la que más volvía, la que más me convencía porque era la que más se ajustaba a la opinión que yo ya tenía de mí mismo— de que yo no valía lo suficiente para sostener algo así a la distancia, y que simplemente, con la delicadeza de quien no quiere lastimar, se estaba retirando poco a poco en vez de decírmelo de frente.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Nunca lo sabré. Nunca supe, en realidad, ni una sola de las razones verdaderas de nada de lo que pasó entre nosotros, porque nunca se lo pregunté, y no se lo pregunté por la razón más cobarde de todas: prefería quedarme con mis explicaciones inventadas, por dolorosas que fueran, a arriesgarme a escuchar la verdadera, que quizás era mucho más simple y mucho menos trágica que cualquiera de mis teorías. Quizás simplemente se cansó. Quizás conoció a alguien más cerca. Quizás, sencillamente, la vida siguió, como sigue siempre, sin pedirle permiso a nadie ni ofrecer explicaciones a nadie tampoco.</p>



<p class="wp-block-paragraph">No volví a saber de ella.</p>



<p class="wp-block-paragraph">XIV.</p>



<p class="wp-block-paragraph">A veces, en las noches en que el pueblo se queda tan callado que se puede oír el motor de un carro a tres calles de distancia, pienso en ella, y cada vez que pienso en ella pienso también, inevitablemente, en mí mismo pensando en ella, en ese doblez incómodo que nunca he logrado deshacer: no puedo recordarla sin recordarme también a mí, observándome recordarla, preguntándome si la extraño a ella de verdad o si extraño, más bien, a la versión de mí mismo que fui durante esas cuarenta y ocho horas, un hombre capaz de gastar todos sus ahorros en un boleto de autobús, capaz de esperar dos horas sin moverse, capaz —esto es lo que más extraño, si soy honesto— de sentir algo sin la vigilancia constante de un juez interno calculando el costo y el riesgo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Quiero escribir que la extraño a ella. Pero cada vez que lo escribo me pregunto si no estoy extrañando, en realidad, la posibilidad de haber sido, aunque fuera por un día, alguien valiente.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Pienso en la canción del águila y la serpiente, y pienso que quizás yo mismo fui, esa noche y esa mañana, las dos cosas a la vez: el águila que se cree fuerte por sostener algo entre las garras, y la serpiente que sabe, desde el principio, que tarde o temprano va a soltarse.</p>



<p class="wp-block-paragraph">XV.</p>



<p class="wp-block-paragraph">No sé si ella se acuerda de mí. Prefiero pensar que sí, aunque sé que es más probable que no, que para ella aquello fue una anécdota bonita entre muchas otras, mientras que para mí se convirtió en la medida secreta con la que, sin quererlo, sigo comparando todo lo que viene después.</p>



<p class="wp-block-paragraph">No me gusta pensar en esto como en algo que perdí. Prefiero pensar que fue algo que tuve, aunque fuera por un día, aunque el precio de haberlo tenido haya sido, desde entonces, la costumbre incurable de examinarme a mí mismo con una desconfianza que antes no tenía.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Ahí sigue ella, en algún rincón de la memoria que no se borra. Y ahí sigo yo también, en ese mismo rincón, sin poder verla a ella sin verme a mí, sin poder recordar el amor sin recordar, al mismo tiempo, todo lo que ese amor me obligó a descubrir sobre el tipo de hombre que era, y que quizás, en el fondo, todavía soy.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Porque en un solo día conocí los confines del universo y perdí mi corazón — y descubrí, sin buscarlo, los confines de mi propia cobardía.</p>
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		<p>El cargo <a href="https://uerani.com.mx/roma-armada-hasta-los-dientes/">Roma armada hasta los dientes</a> apareció primero en <a href="https://uerani.com.mx">Uërani</a>.</p>
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		<title>El oficio que nadie quiere heredar</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Eduardo López]]></dc:creator>
		<pubDate>Sat, 22 Aug 2026 00:53:11 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[<p>Notas sobre la transmisión (y la no transmisión) de la guitarrería en Paracho Don Manuel Rubio tiene más de cien años y sigue entrando a su taller. Ya no todos...</p>
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					<h6 class="elementor-heading-title elementor-size-default">Notas sobre la transmisión (y la no transmisión) de la guitarrería en Paracho</h6>				</div>
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									<p>Don Manuel Rubio tiene más de cien años y sigue entrando a su taller. Ya no todos los días, ya no con la misma fuerza en las manos (su salud ha ido cediendo estos últimos años), pero sigue ahí, entre la madera y la herramienta, en el mismo oficio que aprendió hace más de ocho décadas, cuando tenía apenas veinte años. Cuando platiqué con él hace un tiempo no hablaba de tradición, ni de patrimonio, ni de nada que sonara a discurso. Hablaba de trabajo. De cómo se corta una tapa, de qué madera responde mejor a la humedad, de las manos que ya casi no le obedecen pero que igual regresan al banco todos los días que pueden. Esa imagen —un hombre de cien años que no ha dejado el taller— es, creo, el punto de partida más honesto que tengo para hablar de lo que está pasando con la guitarrería en Paracho. Porque antes de preguntarnos si la tradición se está muriendo, habría que ver que todavía respira, con el pecho cansado, en talleres como el suyo.</p>								</div>
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					<h2 class="elementor-heading-title elementor-size-default">Un pueblo que se duplicó</h2>				</div>
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									<p>Cuando empecé a hacer estas entrevistas partía de una idea que había escuchado toda la vida: que Paracho se dedica, en un porcentaje altísimo, a la guitarra y a los oficios que la rodean (la venta de madera, la marquetería, el barnizado, las fábricas de cuerdas, maquinaria, etc.). Se habla, incluso, de más del 60% de la población. Y sin embargo, cuando uno empieza a buscar números duros, la cosa se complica. Las fuentes turísticas hablan de más de cuatrocientos lauderos trabajando, de unas quince fábricas; otras, de más de trescientos talleres familiares; otras más, de seiscientos lauderos y veinte fábricas. Pero hay un conteo &#8220;más riguroso&#8221;, hecho por categoría de especialización, que arroja una cifra bastante distinta: quince grandes maestros y cerca de ciento cincuenta constructores reconocidos como tales —cuarenta y seis de guitarra de concierto, cincuenta y siete de estudio, treinta de guitarra popular.</p>
<p>Ciento cincuenta o cuatrocientos, según a quién le preguntes, sobre una población que en el censo de 1990 rondaba los dieciocho mil habitantes y que hoy anda cerca de los treinta y siete mil. El pueblo se duplicó en tres décadas. Lo que me parece más interesante de todo esto, más que la cifra misma: esa brecha entre el relato —&#8221;Paracho es un pueblo hecho de guitarras&#8221;, &#8220;aquí todos viven de esto&#8221;— y el conteo gremial estricto no es un error de nadie. Es la distancia normal entre la identidad que un pueblo se cuenta a sí mismo y el núcleo duro, mucho más pequeño, de quienes efectivamente sostienen ese oficio con sus manos todos los días. Ya en 1823 Juan José de Lejarza registraba mil seiscientos treinta y seis habitantes en Paracho, dedicados a hacer sillas, bancos y guitarras; para el cambio de siglo, el viajero Carl Lumholtz encontraba un pueblo donde en cada casa había una guitarra, tanto para hacerla como para tocarla. La guitarra siempre fue, en Paracho, más grande que el número exacto de quienes la construyen. Eso no es una novedad de ahora. Es, quizá, su condición permanente.</p>
<p>Hay otra cosa que vale la pena señalar: este no sería el primer quiebre del oficio. Hacia finales del siglo XIX y las primeras décadas del XX, cuando llegó a Paracho la guitarra sexta en su forma moderna —desplazando a la guitarra túa, la guitarra panzona que se usaba en toda la región—, el oficio se transformó de raíz: se mecanizó la producción, nació una élite empresarial local, cambió por completo la manera de trabajar la madera. La &#8220;profesionalización&#8221; que tanto  se menciona hoy —los cursos, los concursos, los guitarristas nacionales y extranjeros pidiendo especificaciones— no es la primera vez que el oficio se reinventa bajo presión externa. Ya lo hizo hace más de cien años. Tal vez la pregunta no sea si la tradición cambia, sino si sobrevive al cambio con algo de sí misma intacto. Y hasta ahora, parece que sí.</p>								</div>
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					<h2 class="elementor-heading-title elementor-size-default">La tradición como carga</h2>				</div>
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									<p>Pero hay algo que ninguna cifra de población explica, y es lo que más me llamó la atención de todas las entrevistas: la cantidad de gente que se niega, activamente, a enseñar lo que sabe.</p>
<p>El caso de don Fidel Amezcua, que en paz descanse, todavía me pesa. Quedó huérfano de niño y cuando buscó quién le enseñara a hacer guitarras, nadie quiso. Ni familia, ni vecinos, ni amigos. Tuvo que aprender solo, diseñar sus propias plantillas, fabricar sus propias herramientas, hasta sus propias cuerdas. Lo contaba con una mezcla de orgullo y de rabia que no se le había apagado con los años. El caso de don Agustín Morales es distinto pero apunta al mismo lugar: un vecino le pidió que le enseñara el oficio, pero además quería que se le pagara mientras aprendía. Don Agustín lo vivió como una traición al sentido mismo del intercambio —perder horas de trabajo y encima pagar por perderlas— y ahí se cerró la puerta. Y está don David Soto, que dice que la guitarra es su vida entera, que quiere morir haciéndolas, y que sin embargo ninguno de sus hijos aprendió el oficio. No hay quien lo herede.</p>
<p>Durante mucho tiempo pensé este fenómeno solo desde el lado más obvio: los padres que no quieren ese futuro para sus hijos, que prefieren verlos estudiar una carrera o poner un negocio con mejores ganancias. Y esa lectura es real, está en casi todas las entrevistas. Pero hay otra capa, menos hablada, que el antropólogo Michael Herzfeld describió con mucha precisión en un libro sobre artesanos cretenses —cuchilleros, sobre todo— que titula, con toda intención, <em>El cuerpo impolítico</em>. Su hallazgo central es que muchos maestros artesanos entrenan a sus aprendices reteniendo el conocimiento a propósito, dejándolos aprender a medias, por sigilo, casi por espionaje del propio taller del maestro. Y su argumento de fondo es que la tradición artesanal no es solo un adorno de identidad y de orgullo local: para quien está condenado a producirla, puede convertirse en una carga. Herzfeld habla incluso de una &#8220;jerarquía global del valor&#8221;, donde el mismo oficio que dentro del pueblo se ve como rudo, atrasado, poco prestigioso, es justo el que después, visto desde afuera —desde el turismo, desde el mercado internacional— se convierte en el sello de identidad que todos presumen.</p>
<p>Eso es exactamente lo que pasa en Paracho. Puertas afuera, la guitarra es el orgullo del pueblo, la marca que lo hace mundialmente famoso, el motivo del monumento de diez metros a la entrada, del Pueblo Mágico, de la guitarra de <em>Coco</em>. Puertas adentro, en el taller mismo, el oficio puede sentirse como una condena de la que uno quiere salvar a sus hijos, o como un conocimiento que cuesta demasiado —en tiempo, en años, en fracasos— como para regalarlo sin más. No son dos historias contradictorias. Son la misma historia, vista desde dos lados de la misma puerta.</p>								</div>
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					<h2 class="elementor-heading-title elementor-size-default">De quién es el conocimiento</h2>				</div>
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									<p>La pregunta que más me inquietó no la resolví, y creo que no tiene por qué resolverse en un solo artículo: si la gente que vive del oficio no quiere compartirlo, ¿de quién es entonces la responsabilidad de mantenerlo vivo?</p>
<p dir="ltr">Ahí está el caso de la nueva licenciatura en guitarrería de la Universidad Michoacana. Don Agustín no está de acuerdo, y no por capricho: siente que no es justo que gente de otros lugares venga a estudiar aquí y se lleve un conocimiento que se gestó, durante generaciones, dentro de esta comunidad concreta. Mi primer impulso, lo reconozco, fue pensarlo en clave de apropiación cultural, y ya en ocasiones anteriores decía que no todo tiene que caber en ese molde tan usado. Pero hay un concepto que me parece más útil aquí, del antropólogo mexicano Guillermo Bonfil Batalla, que en <em>México profundo</em> habla de &#8220;control cultural&#8221;: no se trata solo de si un elemento cultural es &#8220;propio&#8221; o &#8220;ajeno&#8221;, sino de quién tiene la capacidad real de decidir sobre él. Bajo esa luz, la objeción de don Agustín no es una reacción exagerada ni una defensa ciega de lo &#8220;sagrado&#8221;: es una pregunta legítima sobre quién decide qué se hace con un saber generado en un lugar específico, por gente específica, durante generaciones específicas. Que la universidad enseñe laudería no es malo en sí mismo; al contrario, me parece un paso importante hacia la preservación, la innovación y la profesionalización del oficio. Pero quién enseña, con qué maestros, con qué reconocimiento hacia la comunidad de origen —eso sí cambia todo.</p>
<p dir="ltr">Y aquí sí quiero ser honesto y salirme por un momento del papel de observador: a mí me gusta que esta licenciatura exista. Me parece algo acertado, incluso necesario. Nació de la idea del maestro Abel García López, uno de los guitarreros más grandes del país, considerado por muchos entre los mejores del mundo, y su intención desde el principio fue justamente esa —beneficiar, mejorar, innovar, entregarle al oficio las herramientas teóricas que durante generaciones tuvo que construirse solo, a puro ensayo y error—. Lo veo, además, como una alternativa real para estudiantes como Mariana López: un espacio nuevo para estudiar, con seriedad y con nombre propio, algo que en cierto sentido ya nos pertenece por derecho de nacimiento. Luis Rosales decía algo que se me quedó grabado: que tal vez fue Dios, o algún tipo de fuerza superior, quien nos dio este talento, esta cercanía, este conocimiento que hoy podemos convertir en oficio. Y si ya lo tenemos —si aquí, en este contexto tan propicio, ya se hacen las guitarras, ya se piensan las guitarras, ya se sueñan las guitarras—, ¿por qué no hacerlo bien de una vez? ¿Por qué no estudiarlas con la misma seriedad con que las construimos? Eso, para mí, es lo que está en juego: no una amenaza al conocimiento local, sino la oportunidad de por fin ponerlo a la altura que siempre mereció. Y en cuanto a quién enseña, con qué maestros, con qué reconocimiento hacia la comunidad —la respuesta, en este caso, es contundente: con todo. Se va a impartir aquí mismo, en Paracho, con maestros involucrados directamente con la comunidad, tanto en la parte artística como en la teórica y la práctica.</p>
<p dir="ltr">Esto no significa que la pregunta de don Agustín deje de tener sentido —siempre puede llegar, en generaciones futuras, gente de fuera que capitalice ese conocimiento sin haber puesto nunca un pie en un taller de Paracho—, pero sí ayuda a entender por qué, al menos por ahora, yo no comparto del todo su desconfianza. La idea no llegó de afuera: fue empujada desde dentro, por uno de los guitarreros más reconocidos del propio pueblo, ante el ayuntamiento, y de ahí llevada a la rectora de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo. La licenciatura arrancó apenas este lunes 17 de agosto, aquí mismo en Paracho, y su primer grupo está compuesto, en su mayoría, no por gente de otros lugares sino por personas que ya se dedican a construir guitarras y que buscan profundizar en lo que ya saben hacer con las manos. El plan de estudios, además, es más integral de lo que yo esperaba: no es solo la construcción misma, sino historia de la música, acústica, dibujo técnico, diseño, y clases de música —empezaron con solfeo—. Es decir, está pensada para llenar justo los huecos que, según cuentan los guitarreros mayores, a ellos les faltaron: entender el porqué detrás de lo que sus manos ya sabían hacer.</p>
<p dir="ltr">Por ahora, quien controla y quien estudia esta licenciatura sigue siendo, en su mayoría, gente de aquí. El control cultural del que habla Bonfil Batalla, en este primer momento al menos, parece seguir adentro.</p>
<p dir="ltr">Y aquí vuelvo a algo que ya señalaba: la transmisión de un oficio no ocurre por explicación, no es información que se entrega en una clase. Se aprende estando ahí, en el taller, viendo, fallando, repitiendo, durante años. Eso es lo que se pierde de verdad cuando alguien se niega a enseñar: no es que oculte un secreto puntual, es que cierra el único espacio donde ese tipo de conocimiento puede pasar de un cuerpo a otro.</p>								</div>
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					<h2 class="elementor-heading-title elementor-size-default">Los que no heredaron nada y aun así llegaron</h2>				</div>
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									<p dir="ltr">Hasta aquí todo lo que he contado apunta en una sola dirección: la del oficio que se cierra, que se niega, que se guarda. Pero hay tres entrevistas que me obligaron a corregir el rumbo de este texto, porque muestran exactamente lo contrario, y porque los tres son jóvenes, rondan los treinta años, y ninguno llegó a la guitarra por el mismo camino.</p>
<p dir="ltr">Luis Rosales no tiene un solo familiar dedicado a esto. Ningún padre guitarrero, ningún abuelo, ningún tío en un taller. Su entrada al oficio empezó, según me contó, con un regalo y una curiosidad casi infantil: su mamá le regaló una guitarra y él, en vez de solo tocarla, la desarmó. Quería entender qué había adentro, qué hacía que sonara así y no de otro modo. De esa curiosidad —de meter las manos dentro del instrumento antes de saber siquiera que existía un oficio llamado guitarrería— nació la pregunta de cómo podía aprender a construir uno. Entró entonces al curso del maestro Carlos Piña, y ahí sí entendió el oficio de manera formal. Hoy se dedica sobre todo a construir bajo quintos y bajo sextos.</p>
<p dir="ltr">Luis David Campos Robles viene de la historia opuesta: su familia, tanto por el lado de su mamá como por el de su papá, se dedica a construir guitarras desde hace generaciones. De niño convivía en el taller sin que eso significara, todavía, una vocación —era simplemente el paisaje de su infancia, el ruido de fondo, el olor a madera que uno deja de notar de tanto respirarlo—. Pero poco a poco, dice, le fue agarrando el gusto, le fue encontrando el peso, hasta que se convirtió en el oficio al que se dedica hoy en serio. Y ahora quiere que su hijo continúe: sería, en su familia, la cuarta generación construyendo guitarras.</p>
<p dir="ltr">Eliud Cohenete está en un punto intermedio entre los dos anteriores. En su casa no se hacían guitarras, pero sí se trabajaba la madera —su familia venía de la carpintería—, así que cuando se interesó por la construcción de instrumentos ya traía una relación previa con las herramientas y con el material, aunque no con el oficio específico. Como Luis Rosales, entró al curso del maestro Carlos Piña, y fue ahí donde ese conocimiento adyacente —cortar, lijar, entender una veta— se afinó hasta convertirse en oficio propio.</p>
<p dir="ltr">Hay un cuarto caso que quiero meter aquí mismo, aunque no es exactamente el de una constructora sino el de alguien que se acerca al oficio desde otro ángulo: mi hermana, Mariana López. En nuestra familia sí hubo un guitarrero —nuestro abuelo—, pero Mariana nunca alcanzó a convivir con él en los años en que todavía se dedicaba al oficio. No hubo, entonces, una transmisión directa de manos a manos, ni un taller compartido en la infancia. Lo que sí hubo, creo, fue una especie de inmersión difusa: crecer escuchando hablar de las Jornadas de Investigación, del festival, de guitarristas y guitarreros yendo y viniendo por las conversaciones de la casa. De ahí, poco a poco, le fue naciendo el gusto, y se acercó primero como intérprete —a estudiar la guitarra como instrumento, no como objeto que se construye—. Hace algunos meses tomó el curso de laudería de la Casa de la Cultura con el maestro Edgar Piña —hijo del maestro Carlos Piña, con quien aprendieron Luis Rosales y Eliud—, y ahora es una de las alumnas más jóvenes de la nueva licenciatura. Su entrada al oficio no vino ni del taller familiar ni de un oficio primo como la carpintería, sino de un entorno cultural entero —el mismo entorno del que este artículo se alimenta— que fue sedimentando, sin proponérselo del todo, una vocación.</p>
<p dir="ltr">Cuatro entradas distintas al mismo cuarto: uno que llegó sin ninguna herencia, por pura curiosidad desarmada a martillazos de imaginación; otro que llegó por herencia directa, aunque tardó años en convertirla en vocación; otro que llegó por una herencia lateral, la de un oficio primo, que resultó ser suficiente puente; y una que llegó por una herencia cortada —el abuelo guitarrero al que no alcanzó— reconstruida después desde el gusto por la música y por el mundo entero que rodea a la guitarra, más que por la guitarra misma. Lave y Wenger, los antropólogos que hablan de las comunidades de práctica, dirían que los cuatro tuvieron una forma distinta de &#8220;participación periférica legítima&#8221; —esa entrada gradual, desde el margen, a un espacio de trabajo compartido— antes de acercarse al oficio de pleno derecho. Para Luis David esa periferia fue literal: crecer jugando en el taller de sus padres. Para Eliud fue una periferia prestada, la del oficio vecino de la carpintería. Para Luis Rosales no hubo periferia familiar en absoluto: su periferia fue un curso, un espacio construido a propósito para sustituir lo que la familia no le dio. Y para Mariana la periferia fue todavía más amplia y más lenta: no un taller ni un oficio vecino, sino un clima cultural completo —el que intentamos se respire en esta casa— que terminó por acercarla, primero como intérprete y después como estudiante formal del oficio mismo.</p>
<p dir="ltr">Y esto último me parece el dato más importante de los tres casos juntos: el curso del maestro Carlos Piña está haciendo, para quienes no nacieron dentro de una familia de guitarreros, el trabajo que antes solo hacía la transmisión familiar. Es interesante ponerlo junto al caso de la licenciatura de la Universidad Michoacana que discutíamos antes, porque son dos intentos de institucionalizar la enseñanza del oficio, pero reciben una recepción completamente distinta. La universidad, vista desde afuera de la comunidad, despierta la sospecha del control cultural del que habla Bonfil Batalla: ¿quién decide, quién se lleva el conocimiento, a quién beneficia. El curso de un maestro local, en cambio, parece resolver el mismo problema —dar acceso a quien no tiene lazo familiar con el oficio— sin disparar esa misma alarma, precisamente porque el control sigue estando adentro, en manos de alguien del propio gremio. La institucionalización no es el problema, entonces. El problema es quién la controla.</p>
<p dir="ltr">Pero lo que más se queda conmigo de estas cuatro entrevistas no es la ruta de entrada, sino la actitud a la salida. Los cuatro hablan del oficio —o, en el caso de Mariana, del mundo que lo rodea— con un orgullo que no vi, con la misma intensidad, en los guitarreros mayores que se resisten a enseñar. Luis David y Luis Rosales, sin que yo se los preguntara directamente a los dos, mencionaron por su cuenta que quieren pasarlo a sus hijos. Luis David ya lo dice explícitamente: quiere que su hijo sea la cuarta generación. Luis Rosales invita al suyo al taller, poco a poco, para que vaya agarrando confianza con las herramientas del mismo modo curioso en que él mismo empezó. No sé si esto es una tendencia generacional real —cuatro casos son pocos para afirmar algo así con seriedad— o si simplemente entrevisté a personas particularmente entusiastas. Pero si es lo primero, si de verdad hay una generación joven que llegó por caminos tan distintos —el taller familiar, el curso, el oficio primo, el clima cultural de una casa— y que sin embargo comparte las ganas de sostener lo que aprendió, entonces la historia de la pérdida que he venido contando en este artículo necesita, por lo menos, un contrapeso serio. Me parece revelador, también, ver cómo lo reciben los padres de Luis David: el orgullo con el que hablan de que su hijo no solo continúa el oficio, sino que además se siente parte de algo —de una genealogía de manos y de talleres— que ellos mismos construyeron sin necesariamente haberlo nombrado así.</p>								</div>
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					<h2 class="elementor-heading-title elementor-size-default">El oficio que no significa nada</h2>				</div>
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									<p dir="ltr">Y luego, está don Jesús Tapia, que lleva más de sesenta años haciendo guitarras y que, cuando le pregunté qué significaba la guitarra para él, me dijo que nada.</p>
<p dir="ltr">Nada, a pesar de que gracias a ese oficio dio de comer a su familia, educó a sus hijos, y ellos sí aprendieron a construir instrumentos. Nada, a pesar de que sostuvo su casa incluso durante la pandemia, cuando tantos de nosotros no supimos cómo sostener la nuestra. Para él la guitarra es, dice, simplemente su trabajo: se levanta, hace lo que tiene que hacer, y ya. No hay ahí una épica de la tradición, ni una identidad que reivindicar, ni una herida que sanar.</p>
<p dir="ltr">Confieso que al principio esa respuesta me incomodó, porque no encajaba con la narrativa que yo mismo traía armada —la de la tradición como algo que hay que salvar, honrar, defender—. Pero creo que don Jesús tiene todo el derecho a que su oficio no signifique nada más que trabajo bien hecho, y que forzarlo dentro de un relato de pérdida sagrada sería, en el fondo, una falta de respeto hacia él. El sociólogo Richard Sennett escribió, en <em>El artesano</em>, algo que me ayudó a hacer las paces con esto: que el sentido de un oficio no necesita ser místico ni identitario para ser real. Puede ser, sencillamente, el orgullo de hacer bien una cosa, día tras día, durante sesenta años. Y quizás eso —el trabajo bien hecho, sin más adornos— sea también una forma de tradición, aunque no se parezca en nada a la que yo esperaba encontrar.</p>								</div>
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					<h2 class="elementor-heading-title elementor-size-default">Los saltos que no se ven</h2>				</div>
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									<p dir="ltr">Con todo esto no quiero cerrar en un diagnóstico fácil, ni de pérdida total ni de que &#8220;todo está bien&#8221;. Lo que sí creo, después de estas conversaciones, es que la tradición no se transmite en línea recta, de padre a hijo, siempre, ni tampoco se transmite siempre por la misma puerta. A veces salta una generación. Los hijos de don Agustín no aprendieron, pero sus yernos sí, y él habla de eso con un orgullo genuino. Tal vez los hijos de don David Soto no continúen, pero quién sabe qué hará algún nieto, algún sobrino, alguien que hoy ni siquiera ha nacido. Y a veces, como en el caso de Luis Rosales, el salto no es generacional sino lateral: entra alguien sin ningún hilo familiar, por curiosidad pura, y termina siendo quien quiere abrirle la puerta del taller a su propio hijo. Que el oficio no se herede en la generación inmediata, o que no se herede por sangre sino por un curso y por ganas, no es lo mismo que su extinción. Es, quizás, solo otra manera —más lenta, menos ordenada, con más rodeos de los que a cualquiera nos gustaría admitir— en la que un pueblo entero decide, sin ponerse de acuerdo, qué de sí mismo quiere seguir siendo.</p>
<p dir="ltr">Pienso en Luis David, queriendo que su hijo sea la cuarta generación de su familia en esto. Pienso en Luis Rosales, llevando al suyo poco a poco al taller, como quien repite, sin saberlo del todo, el mismo gesto curioso con el que él mismo empezó, desarmando una guitarra para entender de qué estaba hecha. Y pienso en don Fidel Amezcua, que tuvo que inventarse sus propias plantillas porque nadie quiso enseñarle nada. Entre esos dos extremos —el que no encontró una sola puerta abierta y los que hoy abren la suya de par en par— cabe todo lo que Paracho es, todavía, en cuestión de guitarras.</p>
<p dir="ltr">No tengo una conclusión limpia para esto, y no creo que deba tenerla. Solo sé que mientras exista un hombre de cien años que todavía entra a su taller, y un muchacho de treinta que apenas empieza a llevar a su hijo al suyo, hay algo en Paracho que sigue, con o sin nuestro permiso, resistiendo.</p>								</div>
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									<h6>Bibliografía</h6>
<h6> </h6>
<h6>Bonfil Batalla, Guillermo. <em>México profundo: una civilización negada</em>. México: Secretaría de Educación Pública / CIESAS, 1987.</h6>
<h6>Hernández Vaca, Víctor. &#8220;De la guitarra túa a la guitarra industrial: mecanización y masificación de la producción guitarrera en Paracho, Michoacán.&#8221; <em>Antropología. Revista Interdisciplinaria del INAH</em>, núm. 80 (2007): 60–66.</h6>
<h6>Herzfeld, Michael. <em>The Body Impolitic: Artisans and Artifice in the Global Hierarchy of Value</em>. Chicago: University of Chicago Press, 2004.</h6>
<h6>Lave, Jean, y Etienne Wenger. <em>Situated Learning: Legitimate Peripheral Participation</em>. Cambridge: Cambridge University Press, 1991.</h6>
<h6>Lumholtz, Carl. <em>El México desconocido</em>, vol. 2. México: Edinal, 1972</h6>
<h6>Sennett, Richard. <em>El artesano</em>. Barcelona: Anagrama, 2009.</h6>								</div>
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		<p>El cargo <a href="https://uerani.com.mx/el-oficio-que-nadie-quiere-heredar/">El oficio que nadie quiere heredar</a> apareció primero en <a href="https://uerani.com.mx">Uërani</a>.</p>
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		<title>Pregón</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Eduardo López]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 15 Jun 2026 05:36:22 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Letras]]></category>
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<p class="wp-block-paragraph">Señor, señora, acérquese.<br /><br />Hoy andamos recibiendo<br />todo aquello de lo que quiera deshacerse.<br /><br />Arrímese sin pena.<br />Traiga aquello con lo que ya no puede.<br />Aquí se recibe sin preguntar,<br />se recibe sin juzgar.<br /><br />Le venimos comprando nombres,<br /> de esos que ya no se pronuncian,<br />  que se quedan atorados en la garganta,<br />   que arden si uno los dice en voz alta,<br />    que salen en bocas ajenas<br />     y ya no parecen de uno.<br />Nombres que uno esquiva<br />por no despertar el sabor amargo que dejan.<br />Se reciben nombres de personas<br />que ahora son unos desconocidos,<br />nombres de lugares<br />a los que uno ya no piensa volver,<br />cosas que ni se atreven a pensarse.<br /><br />Lugares que dejaron de recibirnos,<br />que ya no son casa,<br />que ya no se sienten reales.<br />Se reciben también las frases que se pegaron,<br />las líneas de libro que abren como herida,<br />los diálogos que regresan sin que uno los llame,<br />las letras que duelen cada vez que suenan.<br />Palabras que levantan ánimas,<br />que desentierran cuerpos.<br />Se reciben recuerdos doblados,<br />flores secas olvidadas entre páginas,<br />papeles que fueron testigos de otro tiempo,<br />boletos de viaje que ya no llevan a ningún lado.<br />Imágenes que no se repiten,<br />paisajes que ocurrieron una sola vez,<br />cielos que no volvieron a formarse,<br />luces que ya no caen igual.<br />Momentos que no regresan<br />aunque uno los llame.<br />Pásele, acérquese.<br />Traiga también los caminos<br />que se caminaron por última vez,<br />las calles que ya saben<br />que no va a volver,<br />los trayectos que se cerraron sin aviso.<br />Se reciben olores guardados en la memoria,<br />los que anuncian una ausencia,<br />los de la despedida,<br />los de la llegada.<br />Aromas que ya no encuentran<br />si le pertenecieron a alguien,<br />a un lugar,<br />a un rato.<br />El aire de la primera vez,<br />el rastro de la última,<br />el perfume que se quedó<br />después de un abrazo largo.<br />Y sí,<br />también se reciben abrazos,<br />los que no sabían que eran los últimos,<br />los que se quedaron a medias,<br />los que todavía pesan,<br />los que no se repiten.<br />Se reciben nostalgias,<br />con nombre y sin nombre,<br />de esas que llegan sin avisar,<br />que se meten en el cuerpo,<br />que lo hacen temblar,<br />que le sacan una lágrima<br />sin que uno sepa bien por qué.<br />Se reciben escombros<br />de todo lo que ya no es,<br />restos de uno mismo que se fueron quedando,<br />historias que no terminaron,<br />ecos de lo que alguna vez importó.<br />Chistes que dejaron de contarse,<br />palabras que se apagaron,<br />promesas que se rompieron<br />sin que nadie las tocara.<br /><br />Se reciben miedos,<br />los que se duermen con uno<br />y amanecen antes que la luz,<br />los que llevan años viviendo aquí adentro<br />sin pagar renta.<br />Miedos al silencio,<br />miedos al ruido,<br />miedos a quedarse,<br />miedos al olvido.<br /><br />Se reciben culpas también,<br />de las que pesan aunque ya prescribieron,<br />de las que uno carga<br />aunque el otro ya perdonó,<br />de las que no tienen a quién devolverse<br />porque ese alguien ya no está.<br /><br />Tráigalas como están,<br />sin limpiar,<br />sin acomodar.<br /><br />Se reciben rencores sin fecha,<br />corajes que se fueron fermentando,<br />envidias que dan vergüenza nomás de pensarlas.<br />Se reciben las esperas,<br />las de ventana,<br />las de puerta que no se abrió,<br />las que uno dejó de contar<br />pero el cuerpo no.<br />Se recibe el cansancio de parecer bien,<br />la fatiga de explicarse,<br />de caber,<br />de no llorar donde alguien pueda verlo.<br />Todo eso que no sabe cómo se llama<br />pero sí sabe cómo pesa.<br /><br />Aquí no le preguntamos de dónde viene.<br />No le pedimos que lo justifique.<br />No le decimos ya supérelo,<br />no le decimos eso fue hace mucho,<br />no le decimos otros la tienen peor.<br />Solo recibimos.<br /><br />Le compramos nudos de garganta,<br />pedacera de corazón,<br />excesos de bilis,<br />males de ojo y salación.<br />Excusas gastadas,<br />mentes cerradas,<br />fes agotadas<br />y toda clase de desilusión.</p>

<p class="wp-block-paragraph">No necesita decir nada.<br />Háganos una seña<br />y nosotros llegamos.<br />Un suspiro sirve,<br />de esos que salen solos.<br />Un suspiro de esos<br />y ya sabemos que andamos en el lugar correcto.<br /><br />Nos vamos por esta calle,<br />doblamos en la siguiente.<br />Pero si nos necesita,<br />ya sabe cómo llamarnos.</p>
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		<p>El cargo <a href="https://uerani.com.mx/pregon/">Pregón</a> apareció primero en <a href="https://uerani.com.mx">Uërani</a>.</p>
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		<title>Epitafio</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Eduardo López]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 08 Jun 2026 02:09:40 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Letras]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Llevo días escribiendo lo que espero sea mi epitafio.No porque crea que alguien vaya a leerlo. Tampoco porque piense que estas palabras puedan aliviarle el peso a nadie. Uno aprende...</p>
<p>El cargo <a href="https://uerani.com.mx/epitafio/">Epitafio</a> apareció primero en <a href="https://uerani.com.mx">Uërani</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[		<div data-elementor-type="wp-post" data-elementor-id="37047" class="elementor elementor-37047" data-elementor-post-type="post">
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									<p>Llevo días escribiendo lo que espero sea mi epitafio.<br />No porque crea que alguien vaya a leerlo. Tampoco porque piense que estas palabras puedan aliviarle el peso a nadie. Uno aprende pronto que cada quien carga su propia cruz y bastante tiene con ella.<br />Pero quizá, cuando se sepa que me he ido, cuando la noticia llegue como llegan todas las noticias, tarde, incompleta y sin importancia, alguien se pregunte por qué.</p>
<p>No fue por amor. Sería demasiado sencillo culpar a los amores.<br />Algunos llegaron para quedarse apenas una estación.<br />Otros permanecieron años enteros.<br />Algunos me enseñaron a nombrar cosas que antes no sabía que existían.<br />Otros me obligaron a conocer partes de mí mismo que jamás habría descubierto en soledad.<br />Los amores han sido apenas sombras cruzando el patio. Algunos dejaron huellas.<br />Otros ni siquiera eso.<br />Llegaron, ocuparon un rincón de la casa y después se fueron, como se va el agua derramada en tierra sedienta.<br />Hubo quienes me enseñaron la ternura.<br />Hubo quienes me enseñaron la pérdida.<br />Hubo quienes me enseñaron a esperar.<br />Y hubo quienes me enseñaron a marcharme.<br />Todos dejaron algo.<br />Una palabra.<br />Una costumbre.<br />Una cicatriz.<br />Una forma distinta de mirar el mundo.<br />No podría reprocharles nada.<br />Si hoy soy quien soy, es porque una parte de mí se fue quedando en cada uno de ellos.<br />Por eso sé que no fueron la causa.<br />Ninguna ausencia ha sido tan grande como para justificar mi partida.<br />Ningún recuerdo pesa tanto.<br />Ningún nombre tiene esa clase de poder.<br />Tampoco fue miedo.<br />¿Miedo de qué?<br />Le tuve miedo a los truenos cuando era niño.<br />Le tuve miedo a las sombras que se acumulaban detrás de las puertas.<br />Le tuve miedo a los pasos que parecían escucharse en habitaciones vacías.<br />A los perros que ladraban hacia la oscuridad.<br />A los nombres que se pronuncian en voz baja.<br />A los muertos.<br />A los fantasmas.<br />A los gritos que llegan desde ninguna parte cuando la noche es demasiado larga.<br />Pero el tiempo termina desgastando incluso los espantos.<br />Después vinieron otros miedos.<br />El miedo al rechazo.<br />El miedo a decepcionar.<br />El miedo a no estar a la altura.<br />El miedo a que la familia te mire como a un extraño.<br />El miedo a que tu trabajo no sirva para nada.<br />El miedo a dedicar la vida entera a una pasión y descubrir que nadie la necesitaba.<br />El miedo a hablar y no ser escuchado.<br />El miedo a quedarse solo.<br />Conocí todos esos miedos.<br />Los vi de frente.<br />Dormí junto a ellos.<br />Y comprendí algo.<br />Ninguno era tan terrible como parecía.<br />Porque incluso el miedo termina por acostumbrarse a uno.<br />Lo verdaderamente insoportable no fue el miedo.<br />Fue el desgaste.<br />Si algo me trajo hasta aquí fue el cansancio.<br />Me cansé de llamar y encontrar siempre el mismo silencio del otro lado.<br />Me cansé de sentir que hablaba desde el fondo de un pozo mientras los demás caminaban arriba sin escucharme.<br />Me cansé de esperar respuestas que nunca llegaron.<br />Me cansé de tener que preguntarme primero si mi presencia incomodaba a alguien. Si mi voz era demasiada. Si mis deseos eran un estorbo. Si mi existencia podía ser tolerada unos minutos más.<br />Porque así fue siempre.<br />Parecía que para todos había un lugar reservado desde antes de nacer.<br />Todos menos yo.<br />A unos los elegían.<br />A otros los buscaban.<br />A otros los esperaban.<br />Yo, en cambio, pasé la vida llenando formularios para demostrar que merecía estar aquí.<br />Y siempre faltaba algo.<br />Una firma.<br />Un sello.<br />Una autorización.<br />Un permiso para ser quien era.<br />Quizá haya hombres más inteligentes que yo. Más fuertes. Más hermosos. Más necesarios.<br />Nunca me preocupó eso.<br />El mundo está lleno de personas mejores que uno.<br />Lo que me rompió fue otra cosa.<br />Fue pasar la vida entera convirtiéndome en alguien más.<br />No porque quisiera, sino porque parecía necesario.<br />Para algunos era demasiado callado.<br />Para otros demasiado ruidoso.<br />Demasiado serio.<br />Demasiado intenso.<br />Demasiado distante.<br />Demasiado cercano.<br />Siempre había algo que corregir.<br />Algo que suavizar.<br />Algo que esconder.<br />Algo que sacrificar.<br />Y cada vez que lograba transformarme lo suficiente para cruzar una puerta, descubría que la puerta ya no estaba allí.<br />La habían movido más lejos.<br />Entonces volvía a empezar.<br />Otra vez.<br />   Y otra.<br />      Y otra.<br />Buscando una versión de mí mismo que pudiera pertenecer a algún sitio.<br />Pero después de tantos cambios ocurrió algo extraño.<br />Ya no sabía cuál de todas aquellas versiones era realmente yo.<br />La que escribía.<br />La que sonreía.<br />La que callaba.<br />La que soñaba.<br />La que fingía.<br />La que resistía.<br />La que se quedaba sola.<br />Todas parecían auténticas.<br />Y al mismo tiempo ninguna lo era por completo.<br />Hay un cansancio particular en vivir así.<br />El cansancio de quien pasa tanto tiempo construyéndose que nunca alcanza a habitarse.<br />Y uno puede luchar contra el dolor.<br />Puede luchar contra la pobreza.<br />Puede luchar contra la desgracia.<br />Pero llega un momento en que ya no sabe cómo luchar contra una ausencia.<br />Contra la sensación de que nadie lo está esperando en ninguna parte.<br />Por eso escribo esto.<br />Porque conozco a la gente.<br />Porque sé cómo funcionan estas cosas.<br />Mientras uno vive, apenas ocupa espacio.<br />Es una voz más.<br />Una cara más.<br />Una llamada perdida.<br />Una conversación que puede responderse mañana.</p>
<p>Pero basta con desaparecer para que comiencen las preguntas.<br />Entonces recordarán las veces que estuve allí.<br />Las cosas que dije.<br />Las cosas que callé.<br />Las puertas que toqué.<br />Las veces que pregunté si podía entrar.<br />Y algunos dirán que era una buena persona.<br />Otros dirán que tenía talento.<br />Habrá quien asegure que siempre vio algo especial en mí.<br />Lo dirán con honestidad.<br />Y precisamente por eso resultará tan extraño.<br />Porque esas palabras llegarán cuando ya no puedan alcanzarme.<br />Es una costumbre curiosa de los vivos.<br />Guardar las flores para después del entierro.<br />Guardar los elogios para después del silencio.<br />Guardar la atención para después de la ausencia.<br />Tal vez así tenga que ser.<br />Tal vez sólo la muerte vuelve visibles ciertas cosas.<br />Tal vez uno necesita convertirse en recuerdo para que los demás se detengan a mirarlo.</p>
<p>Durante años fui yo quien esperó.<br />Esperé respuestas.<br /> Esperé visitas.<br />  Esperé cartas.<br />   Esperé invitaciones.<br />    Esperé el regreso de personas que prometieron volver.<br />     Esperé oportunidades.<br />      Esperé afectos.<br />       Esperé señales.<br />        Esperé un lugar.<br />Ahora, por primera vez, seré yo quien no llegue.<br />Seré yo quien falte a la cita.<br />Seré yo quien deje una silla vacía.<br />Y quizá entonces comprendan algo.<br />No sobre mí.<br />Sobre la espera.<br />Sobre todo el tiempo que puede perderse aguardando una puerta que nunca se abre.<br />Sobre todo lo que se marchita mientras uno permanece inmóvil mirando el camino.<br />Quién sabe.<br />Tal vez algún día alguien espere mi regreso.<br />Como se espera a los muertos en noviembre.<br />Mirando de vez en cuando hacia la oscuridad del patio.<br />Creyendo escuchar unos pasos.<br />Pensando que esta vez sí voy a volver.<br />Y esa será la última ironía.<br />Pasé la vida esperando a los demás.</p>
<p><br />Y al final serán los demás quienes se queden esperando por mí.</p>								</div>
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		<title>Qué pasaría</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Eduardo López]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 14 Apr 2026 05:30:43 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Letras]]></category>
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<p class="wp-block-paragraph">No hay tormento más preciso<br>que el de una decisión suspendida,<br>no el error, no la caída,<br>sino ese gesto que nunca llegó a existir.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Uno habita entonces un pasillo estrecho,<br>entre lo que fue<br>y lo que, en silencio, insiste en no haber sido.<br>Un lugar sin puertas,<br>o peor aún, con puertas que jamás se abrieron.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Decidimos, sí,<br>como llenando formularios invisibles,<br>marcando casillas de utilidad,<br>de conveniencia,<br>de una prudencia que se disfraza de certeza.<br>Y sin embargo, algo se filtra,<br>una grieta diminuta<br>por donde escapa la sospecha.</p>



<p class="wp-block-paragraph">¿Qué habría pasado?</p>



<p class="wp-block-paragraph">La pregunta se instala rápidamente.<br>Se sienta con nosotros a la mesa,<br>duerme en el borde de la cama,<br>respira con una paciencia que inquieta.</p>



<p class="wp-block-paragraph">No existe el “hubiera”, dicen,<br>pero insiste,<br>como una deuda que nadie reclama<br>y que, sin embargo, crece.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Estamos atados,<br>no tanto a lo que hicimos,<br>sino a aquello que permitimos no hacer.<br>A las palabras que no se dijeron<br>por considerarlas innecesarias,<br>al tiempo que no se ofreció<br>porque parecía abundante,<br>al esfuerzo que se pospuso<br>como si la vida aceptara prórrogas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Nuestra realidad es firme,<br>tangible,<br>pero la mente, <br>la mente es un archivo desordenado<br>de versiones alternativas<br>que se rehúsan a archivarse.</p>



<p class="wp-block-paragraph">¿Qué habría pasado<br>si hubiéramos insistido un poco más?<br>Si no hubiéramos llegado tarde,<br>o peor aún,<br>si no hubiéramos decidido no llegar.</p>



<p class="wp-block-paragraph">No se trata de actuar sin medida,<br>de lanzarse sin cálculo<br>como si el impulso fuera virtud. No.<br>Se trata, quizá,<br>de mirar con más detenimiento<br>antes de cerrar la puerta,<br>de comprender el peso exacto<br>de cada gesto omitido.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Porque el error tiene forma,<br>se puede señalar,<br>se puede nombrar.<br>Pero lo no hecho<br>carece de cuerpo<br>y, aun así,<br>oprime.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Me pregunto,<br>y la pregunta no espera respuesta,<br>qué habría sido de mí<br>si hubiera pensado antes,<br>si hubiera comprendido a tiempo<br>lo que ahora parece tan evidente.</p>



<p class="wp-block-paragraph">¿Habría salvado algo?<br>¿O habría perdido otras cosas<br>que hoy, sin saberlo, me sostienen?</p>



<p class="wp-block-paragraph">Tal vez la vida no ofrece equilibrio,<br>solo intercambios invisibles.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Entonces,<br>¿qué nos queda?</p>



<p class="wp-block-paragraph">Vivir, dicen,<br>aferrarse al presente<br>como si bastara.<br>O avanzar,<br>calculando beneficios<br>como si el futuro pudiera domesticarse.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Pero las respuestas<br>no son dóciles.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Arrepentirse es humano,<br>una forma de reconocer<br>que alguna vez vimos la puerta<br>y no cruzamos.<br>Detenerse, en cambio,<br>es permitir que esa puerta inexistente<br>se convierta en muro.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y el muro, a diferencia de la duda,<br>sí es definitivo.</p>
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		<title>El del espejo</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Eduardo López]]></dc:creator>
		<pubDate>Sun, 12 Apr 2026 19:34:57 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Letras]]></category>
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<p class="wp-block-paragraph">Me miré en el espejo,<br>pero el hombre no se apartó.<br>Se quedó ahí, terco,<br>como si la casa fuera suya<br>y yo apenas un visitante.<br>No supe decirle nada.<br>Tampoco él habló.<br>Nomás me sostuvo la mirada,<br>con unos ojos que ya no recordaba<br>haber visto antes.<br>Uno cambia despacio,<br>como el camino cuando uno lo empieza a andar,<br>sin que se note el momento exacto<br>en que se transforma en una nueva vereda.<br>Pero yo no sentí ese cambio.<br>Nomás un día ya no fui el mismo.<br>A veces creo que fue por cosas pequeñas:<br>una canción que se me quedó pegada,<br>una plática que no buscaba,<br>una imagen que me siguió hasta la noche.<br>Cosas así,<br>que no pesan por si mismas,<br>pero se juntan.<br>Luego uno se acostumbra,<br>como se acostumbra al frío,<br>a decir que todo está en su lugar,<br>aunque por dentro algo se haya movido<br>sin pedir permiso.<br>Antes había cosas que me parecían imposibles.<br>Luego fueron difíciles.<br>Luego se quedaron lejos,<br>como cerros azules que uno mira desde la ventana.<br>Y sin darme cuenta,<br>ya estaba yo allá arriba,<br>sin saber bien cómo.<br>No extraño del todo al que fui.<br>La verdad, no volvería.<br>Ese hombre ya no sabría vivir aquí,<br>ni yo sabría cargar con lo que él cargaba.<br>Nos estorbaríamos el paso.<br>Pero a veces,<br>cuando la tarde se queda muy callada,<br>sí me acuerdo de ciertas cosas:<br>de sentirme acompañado,<br>de creer que lo que hacía<br>importaba en algún sitio.<br>De las palabras haciendo eco en alguien<br>y no solo en la pared.<br>De que lo primero al despertar fuese una sonrisa.<br>No duele ya.<br>Eso es lo raro.<br>Ahora hago otras cosas,<br>y me salen mejor de lo que esperaba.<br>Como si alguien,<br>ese del espejo quizá,<br>hubiera aprendido en secreto<br>todo lo que yo apenas voy entendiendo.<br>Y aquí sigo,<br>mirándolo de frente,<br>sin saber si algún día<br>me va a dejar pasar.</p>
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		<title>Lástima</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Eduardo López]]></dc:creator>
		<pubDate>Sun, 12 Apr 2026 03:53:29 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[<p>No entienden, no.Les pones el corazón en las manos,como si fuese una fruta madura,y lo miran como quien mira una piedraque estorba en el camino. Ellos, que viven de sobras,de...</p>
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<p class="wp-block-paragraph">No entienden, no.<br>Les pones el corazón en las manos,<br>como si fuese una fruta madura,<br>y lo miran como quien mira una piedra<br>que estorba en el camino.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Ellos, que viven de sobras,<br>de palabras dichas al aire,<br>de caricias mecánicas,<br>de promesas huecas.<br>Ellos, que se duermen con las migajas<br>que otros dejan caer de la mesa,<br>y se sienten llenos,<br>y se sienten contentos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Uno les dice: &#8220;Toma, aquí está mi sol,<br>mi tiempo, mi silencio junto al tuyo,<br>mi mano cuando haga frío,<br>mis ojos pa&#8217; cuando oscurezca.&#8221;<br>Y ellos retroceden<br>como si el querer de verdad ardiera.<br>Como si el cariño sin trampa<br>fuera cosa obscena, cosa de otro mundo,<br>cosa que no se ve ni se toca.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Prefieren la cueva conocida,<br>el aire tibio que no cambia,<br>el amor que no duele porque no es nada.<br>Y andan por ahí, juntando yescas,<br>contentos con su media verdad,<br>con su trato a medias,<br>con su pan duro de todos los días.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y a mí, que me duele el alma de verlos,<br>nomás me sale decir:<br>qué lástima, Señor,<br>qué lástima de gente.<br>Tan cerca del agua y con sed.<br>Tan cerca del fuego y con frío.<br>Tan cerca de querer bien<br>y echándose a correr<br>como si el amor fuera un perro bravo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Yo no tengo riquezas,<br>no tengo tierras ni ganados,<br>pero tengo esto que les sobra:<br>ganas de estar, de escuchar,<br>de no soltar la mano cuando tiembla.<br>Y ellos, no.<br>Ellos prefieren las sobras,<br>lo poquito, lo ubsípido,<br>lo que no pide nada porque no da nada.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Por eso, cuando los veo<br>irse por el camino angosto<br>con su pasito resignado,<br>nomás me sale decir, con toda la tristeza:<br>qué lástima, qué pena,<br>qué vergüenza de vivir así.</p>
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