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Las leyes que no conozco

Hay cosas que vuelven sin que yo las llame, y contra eso no tengo ninguna defensa, ni siquiera una pequeña, ni siquiera una mentira que me alcance para una tarde entera. Una canción entra por la ventana y se me cierra la garganta. Una película que juraría no haber visto antes me deja el pulso arriba, como si acabara de correr hasta aquí. Una frase sale de mi boca, una frase que yo creía mía, y sólo después, con el sabor todavía en la lengua, descubro que llevaba años guardándola de ti, prestada, sin devolver. Basta un olor. Basta una manera de reír al fondo de un lugar. Basta una palabra dicha con cierto acento, y algo se me revuelve por dentro con la violencia exacta de aquel entonces.

Digo “tú” y sé que miento un poco, porque no hay una sola historia detrás de ese pronombre. Hubo varias, a lo largo de los años, cada una con su propio paso, su propia manera de tomarme la mano, con su propio aliento. Pero algo en mí decidió, sin pedirme permiso, fundirlas en una sola figura, prestarle un rasgo de cada una hasta que ya no sé si te recuerdo a ti o a la suma de todo lo que aprendí a llamar tú. Me quedó la risa, esa risa que me hacía sentir capaz de cualquier cosa nada más con mirarte a los ojos y oírte decir que me querías. Me quedó la manera de mirar mi trabajo, cualquier trabajo, hasta volverlo importante sólo porque tú lo mirabas. Me quedó una paciencia que yo no sabía cómo recibir, que me dio cosas que ni siquiera sospechaba merecer. Me quedó una diferencia tan radical con todo lo que yo era que estar cerca tuyo me obligó a aprender a mirar de nuevo, como quien nace por segunda vez y todavía no sabe usar los ojos. Me quedó una admiración que me hizo querer ser alguien distinto. Me quedó una facilidad para explicarlo todo que yo envidiaba con una envidia que ahora, avergonzado, reconozco como una forma más del amor. No sé cuántas cosas caben en esta figura que sigo llamando tú, ni creo ya que eso importe.

Porque cuando vuelves, vuelves entera, con una precisión que roza lo indecente. El olor de tu piel en una almohada que no es la tuya. La temperatura exacta de una mano sobre la mía en una noche de la que ya ni recuerdo el año. El volumen preciso de una voz diciendo mi nombre, como si todavía pudiera girar la cabeza y encontrarte ahí. Y con esa precisión vuelve también una certeza que me cuesta más sostener que cualquier nostalgia: yo estuve ahí. No lo imaginé. No lo soñé. Estuve.

Porque no llegaste de golpe, como llega un accidente. Llegaste despacio, por la puerta de atrás de la vida cotidiana, hasta que un día me sorprendí comprando dos de algo en lugar de uno, dejando un cajón vacío para tus cosas antes de que tú supieras siquiera que ese cajón existía. Aprendí qué comida te gustaba sin que tuvieras que decírmelo dos veces. Aprendí qué te hacía reír y qué significaba tu silencio cuando el silencio no era descanso sino otra cosa, algo que había que aprender a leer despacio. Mi cuerpo aprendió a hacerle espacio al tuyo en una cama que antes me parecía suficientemente grande para uno solo. Aprendí a caminar a tu velocidad. A elegir una calle en lugar de otra porque a ti te gustaban los árboles de esa cuadra. A saber cuándo hablar y cuándo dejar que el silencio se quedara un rato más, sin que nadie lo rompiera antes de tiempo. Así se construye, sin que nadie lo planee, una casa sin paredes, hecha enteramente de costumbres, indistinguible ya de la piel de uno.

Y hablábamos del futuro como si ya existiera. Dónde íbamos a vivir. A qué fiesta íbamos a ir juntos ese sábado. Qué íbamos a hacer en Navidad. Si algún día, quizá, habría hijos. Dónde pasaríamos las vacaciones del año siguiente. En qué se nos iría el próximo sueldo. Hablábamos de un tiempo que todavía no existía y lo sentíamos tan cerca que casi podíamos tocarlo con la mano, como quien toca una fruta antes de que madure y ya sabe, sólo por el peso, que va a estar dulce.

Todavía hoy encuentro cosas donde no las espero, y cada vez es un pequeño desastre controlado. Una taza escondida hasta el fondo de la alacena, detrás de los platos que sí uso. Una fotografía que se resbala de entre las páginas de un libro que llevaba años sin abrir. Un recibo doblado tantas veces, guardado tanto tiempo en el mismo bolsillo, que terminó convertido en un papel diminuto, casi ilegible, casi nada, y sin embargo ahí sigue, negándose a desaparecer del todo.

Ahora ya ni siquiera comprar una sola cosa me alcanza. Los cajones dejaron de estar vacíos esperando tus cosas: están llenos de recuerdos, de hubieras, de quizás, de una lista entera de condicionales que no llevan a ningún sitio. Ya no sé ni qué comida me gusta a mí mismo, porque nada me sabe a nada. Nada me hace reír. Es el silencio el que se ríe de mí ahora, con esa risa que sólo se aprende a fuerza de estar solo. Mi cuerpo sigue haciéndole espacio a un cuerpo que ya no llega: la cama que antes me parecía suficientemente grande para uno, ahora me resulta inmensa, un país entero que tengo que cruzar solo cada noche. Camino, y a cada paso me sorprendo girando la cabeza, buscando unos pasos que ya no vienen conmigo. No importa qué calle elija, si tiene árboles o no: lo que importaba nunca fueron los árboles, sino el sonido de alguien caminando a mi lado. Ahora hablo solo, en voz baja, esperando una respuesta que no llega, y que sé, aun mientras la espero, que no va a llegar. Y esa misma casa sin paredes que construimos sin darnos cuenta, hecha enteramente de costumbres, se volvió de pronto ajena, como si me hubieran desalojado de una casa cuyas paredes nunca existieron para empezar: vivo, ahora, a la intemperie de mis propias costumbres.

Y entonces vuelvo, siempre, a la misma pregunta, la que de verdad no me deja dormir. Cuando te dije “te quiero” quería decir te quiero, con la boca, con la sangre, sin ironía, sin ningún cálculo agazapado esperando el momento de desmentirme más tarde.
Cuando dije “te amo”, te amaba, y lo digo aquí bajo cualquier juramento que se me exija.
Y cuando dije “voy a estar siempre contigo”, en ese instante exacto existía para mí algo que se llamaba siempre, tan sólido como el suelo bajo el siguiente paso, tan real como el aire entrando y saliendo de mis pulmones mientras lo decía. Puedo aceptar, lo juro, no soy un necio, que las personas cambien, que una casa se venda, que dos vidas se separen hasta no dejar entre ellas nada visible desde afuera. Lo que no consigo tragarme, lo que se me queda atorado cada vez que lo intento, es que algo haya sido verdadero con esa intensidad y después, sin ningún aviso, sin ningún trámite, se convierta en algo que ya no existe en ninguna parte del mundo.

Porque la vida después de mí siguió, eso lo sé, y saberlo no me alivia en absoluto. Hubo otros muebles que yo no elegí. Otros vasos que se rompieron sin que yo estuviera ahí para barrer los pedazos. Otras llaves, otros cumpleaños que alguien más celebró contigo al lado. Enfermedades que yo no cuidé. Domingos enteros de los que no sé nada. Costumbres nuevas que se formaron sin mí, con la misma paciencia con que se formaron las que tuvimos juntos. Y hay alguien, en algún lugar, que sabe ahora lo que antes sabía yo: qué comida te gusta, qué canción te hace cantar, cómo duermes, qué palabra usas cuando estás cansada de fingir que no lo estás. Hay alguien que reconoce tus silencios. Y confieso que imaginarlo me revuelve algo por dentro que no tiene nombre decente, algo más cerca del estómago que del corazón.

Pero no puedo acusar a nadie sin acusarme primero, y eso es lo que más rabia me da. Porque yo también llegué después de alguien. Yo también aprendí otro cuerpo, otro horario, otra forma de dormir, otras voces, otros silencios que no eran los tuyos y que aun así aprendí a leer. Yo también hice promesas que en su momento eran completamente ciertas. La vida no lleva cuentas. Simplemente continúa, indiferente, como el agua que sigue corriendo aunque uno meta la mano y trate de detenerla con los dedos abiertos.

Y el mundo tampoco guardó el lugar donde te dejé. No conservó la habitación intacta, con los muebles exactamente donde estaban la última vez que la vi. La gente mueve las cosas. Compra otros vasos. Pierde unas llaves y encuentra otras. Cambia de casa. Cumple años. Se enferma y se recupera. Celebra. Hace nuevas amistades. Se enamora otra vez, con la misma inocencia con que se enamoró la primera. Continúa. Y quizá eso sea, de todo esto, lo más insoportable: que para mí algo sigue existiendo con una precisión casi obscena, mientras que para el mundo, para ti, aquello puede haberse convertido hace mucho en algo completamente terminado.
A veces, de madrugada, me asalta una duda todavía peor. Quizá estoy reconstruyendo una casa que nunca existió del todo como la recuerdo. Quizá la memoria, con los años, hizo lo que hace siempre con los materiales que le sobran: tomó pedazos sueltos, los acomodó donde le convenía, rellenó los huecos con algo parecido a la verdad y fabricó una historia capaz de sostener el peso de los años. Quizá exageré una mirada. Quizá inventé una frase que nunca dijiste. Quizá lo que yo recuerdo como absoluto no fue absoluto para ti, sino apenas una tarde cualquiera que se te olvidó antes de que yo empezara a fabricar con ella un altar.

¿Cómo saberlo, a estas alturas? No lo sé. Pero hay algo que me niego a soltar, y es la precisión. Un sueño no debería tener esta precisión. Una mentira, mucho menos. Uno se equivoca sobre una fecha, sobre quién dijo primero una cosa, sobre lo que ocurrió exactamente aquella tarde de lluvia. Pero hay recuerdos, el olor, la voz, una mano, la manera exacta de decir mi nombre, cuya exactitud no sé de dónde saco, y que ninguna teoría sobre la fragilidad de la memoria ha conseguido, hasta ahora, disolver del todo.
Durante años sólo tuve las leyes que me enseñaron en la escuela para intentar explicarme esto: la materia cambia de forma, la energía cambia de forma, nada debería desvanecerse sin dejar alguna consecuencia medible. Pregunté, a mi manera torpe, por la conservación del amor, y esas leyes, honestamente, nunca supieron qué contestarme. Me dejaron ahí, con la pregunta entera en las manos.

Después empecé a leer otra cosa, y ahí encontré una idea capaz de asustarme en serio, de quitarme el sueño de una manera distinta a como me lo quitaba la nostalgia.

Everett propuso que un sistema cuántico, al ser medido, no colapsa en un único resultado: el universo entero se ramifica, y cada posibilidad sigue ocurriendo, real, en una rama que deja simplemente de comunicarse con las demás.
DeWitt y Graham le pusieron nombre a eso: muchos mundos.
Wallace habla de un multiverso que emerge de la física misma, sin necesidad de inventar nada extra, sin necesidad de fe.
Y si eso es cierto, entonces en alguna rama de ese universo ramificado, en un lugar con el que ya no puedo intercambiar ni una sola partícula de información, seguimos ahí.
No como metáfora. Como física.

Wilson conecta esa idea con algo todavía más vertiginoso: el realismo modal de Lewis, la propuesta de que los mundos posibles no son ficciones cómodas para resolver problemas de lógica, sino lugares tan reales como éste, simplemente inalcanzables desde aquí. Si eso es cierto, existe un mundo en el que tomé otra decisión aquella noche de la que tanto me arrepiento. Un mundo en el que no me fui. Un mundo en el que tú tampoco te fuiste.
Y entonces la pregunta de Kripke y de Parfit deja de ser un ejercicio de salón: ¿en qué sentido ese otro yo, el que se quedó, el que sigue ahí contigo, sigue siendo yo? ¿En qué sentido soy yo, precisamente yo, quien está aquí escribiendo esto de madrugada, con las manos un poco temblorosas, y no el que sigue allá, todavía con tu mano entre las suyas?

Zurek explicaría, con toda la frialdad de su fórmula, por qué no puedo verlo: la decoherencia no borra la otra rama, sólo la vuelve inaccesible, la desconecta de mí lo suficiente como para que yo experimente esta versión, la que duele, la que estoy escribiendo ahora, como si fuera la única real.
Rovelli iría todavía más lejos: dice que la verdad de un hecho nunca es absoluta, que siempre es relativa a quien interactúa con él. Bajo esa lógica, lo que sentimos no dejó de ser verdad de un día para otro. Simplemente dejó de serlo en relación conmigo. Sigue siendo verdad, ahora mismo, en relación con la versión de nosotros que se quedó del otro lado de la ramificación que no elegí, que quizá ni siquiera elegí, que simplemente ocurrió, como ocurre una fractura en el hueso sin que uno recuerde bien el golpe.

Y si ni siquiera eso me basta, todavía me queda la hipótesis más desesperada de todas, la que uso cuando ya ninguna otra funciona. Bostrom se pregunta si esto que llamamos realidad no será, en algún sentido, apenas una entre muchas simulaciones posibles, y Chalmers responde, con una calma que envidio, que eso no la haría menos real. Un mundo simulado sigue siendo un mundo para quien lo habita. Un amor conservado en algún sustrato que no comprendo, una rama cuántica, una copia, un registro que no sé nombrar, sigue siendo un amor, mientras alguna versión de él siga ejecutándose en alguna parte que no puedo tocar.

Confieso, además, por qué terminé aquí, hablando de física a estas horas de la noche. Estos mismos recuerdos me empujaron a leer sobre el amor, sobre la felicidad, sobre la pérdida, y cada página me devolvía a ti con una puntería insoportable. Pensé, tontamente, que cambiar de tema, buscar algo tangible, algo tan ajeno y tan complejo como la física, podría hacerme olvidar esta sensación durante un rato. Ya sabía que la música triste no funciona: uno la pone creyendo que lo va a acompañar y sólo consigue hundirse un poco más, con compañía. Sabía también que no funciona buscar más amor, más esperanza, en las páginas donde se supone que eso es lo único que hay: cada promesa ajena termina, sin que uno lo pida, convertida en un espejo. Así que fui a otra parte. Pensé que la ciencia, que no necesita fe ni esperanza, que sólo pide evidencia, razón, lógica, me iba a mostrar un paisaje completamente distinto, uno que no me sometiera otra vez a esta cosa tan ilógica, tan desmedida, tan poco razonable que es el amor. Y sin embargo aquí estoy, encontré teorías, hipótesis, ecuaciones enteras, y todas, de una manera u otra, terminaron hablando exactamente de lo mismo que llevo toda la noche pensando. De lo que pudo ser. Sólo que ahora, en vez de nostalgia, tengo una nostalgia con aparato matemático: una versión factible, casi demostrable, de lo que pudo ser.

Sé que esto suena a la fiebre de alguien que busca consuelo donde probablemente no lo hay. Puede ser. No tengo cómo defenderme de esa acusación, y a estas horas de la noche, para ser sincero, tampoco tengo muchas ganas de intentarlo.

No sé dónde termina una promesa cuando termina la vida que la sostenía. Sé, en cambio, que sigues volviendo cada vez que una canción, una película, un olor, deciden que es hora de recordarme que algo, en alguna parte, todavía duele lo suficiente como para ser verdad.

Y si de verdad la verdad es relativa a quien interactúa con ella, como dice Rovelli, entonces no soy el único que la sostiene. En algún lugar de esta misma realidad, no en una rama inalcanzable, sino aquí, en este mismo tiempo, alguien más carga con la misma pregunta, con los mismos hubieras, con la misma rama que no se tomó. Eso no cambia nada. No me devuelve nada. Pero por primera vez, en mitad de todo esto, me consuela saber que no soy el único que todavía se atormenta con lo que pudo ser.

Quizá no regreso a una persona. Quizá regresamos, cada uno por su lado, al mismo instante exacto en que el universo decidió por nosotros sin pedirnos permiso.

Como si existieran leyes para todo, menos para esto. Como si, en alguna parte, todavía estuvieran esperando a que alguno de los dos, por fin, las encuentre.

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Eduardo López

Eduardo López

Comentarios

Comments

  1. Martha Elena

    septiembre 15, 2026

    Cómo puede una lectura gustarte tanto y a la vez ponerte tan triste.

    Reply

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