No entienden, no.
Les pones el corazón en las manos,
como si fuese una fruta madura,
y lo miran como quien mira una piedra
que estorba en el camino.
Ellos, que viven de sobras,
de palabras dichas al aire,
de caricias mecánicas,
de promesas huecas.
Ellos, que se duermen con las migajas
que otros dejan caer de la mesa,
y se sienten llenos,
y se sienten contentos.
Uno les dice: “Toma, aquí está mi sol,
mi tiempo, mi silencio junto al tuyo,
mi mano cuando haga frío,
mis ojos pa’ cuando oscurezca.”
Y ellos retroceden
como si el querer de verdad ardiera.
Como si el cariño sin trampa
fuera cosa obscena, cosa de otro mundo,
cosa que no se ve ni se toca.
Prefieren la cueva conocida,
el aire tibio que no cambia,
el amor que no duele porque no es nada.
Y andan por ahí, juntando yescas,
contentos con su media verdad,
con su trato a medias,
con su pan duro de todos los días.
Y a mí, que me duele el alma de verlos,
nomás me sale decir:
qué lástima, Señor,
qué lástima de gente.
Tan cerca del agua y con sed.
Tan cerca del fuego y con frío.
Tan cerca de querer bien
y echándose a correr
como si el amor fuera un perro bravo.
Yo no tengo riquezas,
no tengo tierras ni ganados,
pero tengo esto que les sobra:
ganas de estar, de escuchar,
de no soltar la mano cuando tiembla.
Y ellos, no.
Ellos prefieren las sobras,
lo poquito, lo ubsípido,
lo que no pide nada porque no da nada.
Por eso, cuando los veo
irse por el camino angosto
con su pasito resignado,
nomás me sale decir, con toda la tristeza:
qué lástima, qué pena,
qué vergüenza de vivir así.






