Adentro tengo una chispa.
No la hice yo.
Venía conmigo,
como el aliento o el ombligo.
Es pequeña, pero crece.
No sabe estarse quieta.
Quiere lamer,
quiere comerse el mundo.
No es mala, nomás tiene hambre.
Dicen que el agua cura,
que la tierra sostiene.
Pero el fuego —ay—
el fuego pide obediencia
y si no se le doma,
nos lleva por dentro,
nos saca por fuera,
nos deja vacíos
y quema la historia.
El que no lo entiende,
arde.
Y el que arde sin medida,
termina en silencio,
yaciendo con Uhcumo,
en la oscuridad que no quema,
en Cumichuquaro,
donde el fuego se apaga
y el alma ya no muerde.
Hijito,
el fuego también nació de algo.
No apareció nomás porque sí.
Dicen que Cuerauáperi lo parió,
con los brazos llenos de rayos
y la lengua encendida.
Nosotros le dimos sangre.
Él nos dio camino.
El fuego no es malo,
nomás no se le puede dejar solo.
Porque si lo olvidas,
te llama.
Y si lo miras de más,
te lleva.
Mira esta brasa,
parece quieta,
pero canta.
Ruega.
Tiene la voz de Quahue
cuando baja al fondo del lago.
Lucero caído.
Dios desatado.
Tu corazón también es un fuego,
nomás que no lo ves.
Por eso se dice que morir
es desatarse.
Como se suelta el nudo
que te amarra a la tierra.
Pero tú no,
tú apenas enciendes.
Tú aún puedes domarlo,
hacerlo guía,
hacerlo casa.
Nomás no lo dejes solo.








Comments
Martha
“Adentro tengo una chispa.
No la hice yo,
Venía conmigo”.