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Entretejiendo legados: Panikua

En el corazón de la región purépecha, Verónica Cornelio es la portavoz de una tradición familiar que se remonta a varias generaciones. Junto a su esposo Misael, ella se ha dedicado a preservar y evolucionar el oficio artesanal de las fibras vegetales, específicamente el trabajo con la panikua, un material que les ha permitido expresar su identidad, conectarse con sus raíces y mantener viva una herencia cultural que trasciende el paso del tiempo.

Desde temprana edad, Verónica fue testigo del talento y la pasión que su padre, Antonio, imprimía en la elaboración de piezas como vírgenes, cristos y resplandores, utilizando estas fibras vegetales. Eran momentos especiales, cuando se celebraban fechas tradicionales como Semana Santa y Día de Muertos, y ella tuvo la oportunidad de participar, ayudando a su padre con los pedidos y sumergiendo sus manos en la panikua por primera vez.

“En los inicios de la manipulación de las fibras vegetales, se hacía en las temporadas donde se festejaban fechas tradicionales como Semana Santa, Noche de Muertos, Corpus, en donde se elaboraban vírgenes, cristos y resplandores. En ese tiempo, yo ayudaba a mis padres con los pedidos y fue hasta entonces donde comencé a tener la interacción con la panikua”, recuerda Verónica.

Entretejiendo Legados: Panikua

Años más tarde, el padre de Verónica logró desarrollar sus propias técnicas, expandiendo el tamaño y la complejidad de sus creaciones, desde pequeños resplandores de 10 cm hasta imponentes estrellas de panikua de más de 2 metros de longitud. Esta evolución estuvo motivada por la necesidad de generar mayores ingresos económicos para la familia, especialmente después del nacimiento de una hija con una discapacidad en el hombro.

“Esto debido a la necesidad de tener ingresos económicos mayores y con la llegada de un nuevo miembro en la familia, la hija más pequeña que al nacer por negligencia médica la lastimaron, en donde le surgió una discapacidad en su hombro derecho, teniendo como motivación más grande la necesidad del mejoramiento a la familia”, explica Verónica.

Fue a través de una visita de un familiar que se despertó la inspiración para crear piezas cada vez más grandes y elaboradas, logrando incluso atravesar fronteras de creatividad. Esto se tradujo en un mayor ingreso económico, lo que a su vez impulsó al padre a seguir explorando y perfeccionando sus técnicas.

“Esto surgió debido a una visita de una prima muy querida en la familia la cual preguntó a mi padre Antonio si podía hacer una pieza más grande, logrando atravesar fronteras de creatividad del maestro, en donde a la fecha la pieza tiene más de 20 años estando intacta. Mi padre recuerda haber obtenido un ingreso económico mayor, el cual lo motivó a realizar más piezas e interesarse a crear más obras, el cual utilizó para las necesidades familiares que surgían.”

Del laboratorio al taller

Misael y Verónica

Después de haber obtenido una formación académica como químico farmacobiólogo y vivir una temporada en Guadalajara, Verónica decidió regresar a Michoacán, donde se casó con Misael, un hombre de la comunidad de Santa Cruz, en Tzintzuntzan. Fue entonces cuando Verónica se integró al taller de sus padres, encontrando su verdadera vocación y sintiendo que había vuelto a su lugar.

“Yo me inicié en el oficio de la panikua debido a mi experiencia personal al trabajar de la formación académica que obtuve como químico farmacobiólogo, al trabajar en la ciudad de Guadalajara, Jalisco. En el cual en esta estadía me casé con Misael B. Coria, el pertenece a la comunidad de Santa Cruz, municipio de Tzintzuntzan. Mis padres siempre me inculcaron la educación para mi formación. Gracias a ello, logré tener una perspectiva de la vida de forma diferente. El cual al mismo tiempo me llevó a regresar a Michoacán en donde comenzamos a trabajar con ellos en su taller, pues después de mi experiencia pude sentir estar en mi lugar, dedicándonos los dos al oficio de panikua.”

Uno de los mayores desafíos que enfrentaron al incorporarse a este oficio tradicional fue el desarrollo de la propia creatividad, ya que si bien les enseñaron las técnicas utilizadas por sus predecesores, debían encontrar su propia forma de expresión. Además, la calidad del trabajo era un aspecto fundamental, pues el padre exigía que las piezas fueran realizadas con el máximo cuidado.

“Los mayores desafíos con los que nos encontramos fue desarrollar la creatividad propia, ya que nos enseñaron técnicas utilizadas en sus obras y nosotros debíamos expresar nuestra propia creatividad, lo cual nos llevó a reconocer las obras y creatividad diversa de todos los integrantes de la familia que lo manejamos. Y a la par la calidad en el trabajo del oficio, ya que mi padre al enseñarnos nos pedía que trabajáramos con calidad al momento de ayudarle a realizar sus pedidos.”

Confiar en el proceso

Vero y Daisy

El proceso de elaboración de estas artesanías implica la selección y preparación de los materiales, principalmente las diferentes variedades de semillas de trigo y paja, que se obtienen de comunidades aledañas. Luego, se clasifican y se les da el tratamiento adecuado, ya sea para la creación de figuras planas o para la construcción de piezas de gran tamaño, como los soles de panikua.

“Existen diversas semillas de trigo utilizadas en la república, las cuales utilizan para hacer harinas de pan. La paja se la dan de alimento al ganado y hasta para hacer casas con adobes de lodo. Nosotros logramos utilizarlo para realizar artesanías. Eso nos ayuda debido a que, de acuerdo a la diversidad de semillas, estas les dan características diferentes, desde tamaño, textura y color.”

Esta materia prima se obtiene de comunidades donde aún se conservan extensiones de tierras grandes, como Azajo, y de un proveedor agrícola del estado de México. Una vez clasificados los materiales por tamaño, grosor y color, se procede a humedecerlos y manipularlos, aplicando diferentes técnicas de tejido y armado, dependiendo de la pieza que se vaya a elaborar.

“Al obtenerlo, nosotros nos encargamos de clasificarlo por tamaño, grosor y color, ya que al utilizarlo, debido a estas características, lo destinamos para tejido de figuras planas y otros para los soles de panikua y figuras pequeñas que utilizamos para su decoración. Al tenerlo clasificado, pasamos a mojarlo de 10 a 15 min en reposo. Debemos cuidar su humedad, ya que si lo dejamos mucho tiempo mojado se rompe o si le falta humedad se rompe.”

Estas técnicas ancestrales, aprendidas de generación en generación, abarcan desde los tejidos tradicionales hasta los nudos utilizados para los amarres, pasando por la inspiración de la cosmovisión purépecha y la representación de elementos emblemáticos como el colibrí.

“Técnicas de tejido para figuras planas, estas surgen de la interacción con la naturaleza que se tiene y aún se conservan en nuestras comunidades, las cuales son representativas de la región. Nos hemos dado cuenta que tejer con el popotillo es como dibujar, se puede realizar casi cualquier cosa. Las técnicas que logramos conservar son las de cintillas prehispánicas las cuales al percibirlas se pueden ver las formas de zic zac y en forma de espiral. Estas fueron aprendidas por el bisabuelo Moisés Cornelio, ya que algunas eran utilizadas para elaboración de artesanías tradicionales.”

“Para los soles de panikua, logramos tener la inspiración de la cosmovisión purépecha, ya que a través de la misma reconocemos al dios Tata Curiata, que a simple vista nuestras piezas a la vista parecieran ser un sol. Y así mismo con las piezas que logramos personalizar con la decoración que utilizamos.”

“Los colibrís que utilizamos para el diseño lo hacemos con alusión de transmitir la localización del lugar de donde somos, pues Tzintzuntzan significa ‘lugar de colibrí’, es por ello que en la mayoría de nuestros diseños decoramos con colibrís. El nudo que utilizamos para nuestros amarres surgió de la práctica de remendar las redes para pesca al momento de romperse, pues mi padre recuerda a mi bisabuelo remendarlas con un nudo que él mismo llamó ‘nudo de puerco’, este por ser práctico y resistente al emplearse fue muy adecuado utilizarlo en cada amarre de nuestras piezas.”

Fortalecer la tradición

Para Verónica y su familia, preservar esta tradición significa mucho más que una simple actividad económica. Es una forma de expresar su identidad, de conectarse con sus raíces y de transmitir a las nuevas generaciones los conocimientos y valores que han sido parte de su legado familiar.

“Es un gran orgullo poder conservar las prácticas ancestrales transmitidas por nuestra familia, además de la transmisión de conocimientos, para nosotros es una forma de poder expresarnos que va desde un pensamiento, recuerdo, idea y sucesos que nos van marcando en la vida misma. Nos damos cuenta que podemos transmitir parte de nuestro ser, esto libera una sensación de bienestar y orgullo.”

“Para nosotros significa gratitud, compromiso, amor y alegría el poder conservar y mejor las técnicas que adquiridas. Darnos cuenta que formamos parte de esta bella cultura nos hace entender mucho de lo que somos, vivimos y lo que nos han inculcado nuestros padres. Una forma de entendernos en voltear un poco al pasado.”

Aunque el futuro de las artesanías de fibras vegetales en Tzintzuntzan puede parecer incierto, la esperanza radica en el interés que muestran algunas familias jóvenes por retomar estas prácticas tradicionales. Verónica y su esposo creen que las nuevas generaciones pueden encontrar en este oficio un camino de descubrimiento personal y de preservación de su herencia cultural.

“Se podría decir que el futuro de Tzintzuntzan es incierto, pero al mismo tiempo se conserva la esperanza, pues nuevas familias se ven interesadas en practicar las fibras vegetales. Yo creo que las nuevas generaciones pueden tomar iniciativa y descubrirse a sí mismos por este camino. La vida da mil vueltas y saber que existen jóvenes que aún interactúan con la artesanía me llena de esperanza.”

En cuanto a la comercialización de sus productos, la familia ha adaptado algunas estrategias, como el uso de redes sociales y la recepción de grupos de turistas en su taller, donde ofrecen una experiencia de manipulación del popotillo. Sin embargo, aún dependen en gran medida de intermediarios que les permiten llegar a diversos mercados.

“No de manera formal, contamos con redes sociales, como Instagram y Facebook, y nuestro taller, ubicado en la comunidad de Tzintzuntzan, con domicilio Tariacuri s/n, en el cual logramos recibir grupos de turistas en el cual implementamos una experiencia con la manipulación del popotillo como una explicación del mismo, allí mismo exponemos algunas de nuestras piezas que están a la venta. Mandamos a todas partes del mundo. En su mayoría contamos con vendedores intermediarios.”

Algo más vendrá

En el futuro, esta familia de artesanos sueña con poder contar con un espacio más céntrico y formal, como una galería, donde puedan exponer y comercializar sus creaciones. Además, les gustaría poder colaborar con otros artesanos de la región y desarrollar nuevas propuestas, como una línea de vestimenta hecha con panikua.

“Nos gustaría poder contar con espacio más céntrico donde puedan ubicarnos y darle un plus a nuestro centro de trabajo, una galería de manera formal. También nos gustaría poder tener colaboraciones con otros artesanos de la región y poder realizar obras especiales. De la misma forma nos gustaría presentar una gama de diseños de vestidos hechos de panikua.”

Para los jóvenes, Verónica y su familia tienen un mensaje claro: no dejen pasar la oportunidad de aprender oficios tradicionales, pues en ellos se encuentra un universo de valor, reconocimiento y bienestar personal.

“Nos gustaría poder mostrar nuestra experiencia, pues aunque nos enfocamos en diversos intereses, logramos encontrar nuestro camino volteando a ver las pequeñas cosas con las cuales siempre tuvimos contacto, no hay como elegir cosas que le den bienestar a nuestro ser, y si alguno tiene la oportunidad de aprender algún oficio además de estudiar no dejarlo pasar, recordar que tenemos una gran oportunidad de conocer un nuevo mundo lleno de mucho valor y reconocimiento, es no dejar morir nuestro legado pues recibimos parte del ser de nuestros familiares y amigos que nos enseñan en las prácticas de artesanías, es como no dejar apagar ese fuego.”

En Tzintzuntzan, la familia de Verónica Cornelio sigue tejiendo su historia, hilando cada fibra con el cariño y la determinación de quienes se han propuesto preservar una tradición que trasciende el tiempo y les permite conectarse con su esencia más profunda. Un legado que aspira a ser transmitido a las generaciones venideras, para que la panikua siga siendo el hilo conductor de una cultura que se niega a desvanecerse.

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Eduardo López

Eduardo López

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