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La Endiablada: Música de Tamborita

Este martes tuve la fortuna de grabar algunas piezas con el conjunto de música de tamborita La Endiablada, un proyecto nacido en la Tierra Caliente de la cuenca del río Balsas. La Secretaría de Cultura nos abrió las puertas del patio de la Casa Natal de Morelos, en Morelia, y ahí, entre paredes antiguas y ese eco tan particular que guardan los patios viejos, se dio la grabación. El sonido de los instrumentos parecía acomodarse solo entre los arcos y la piedra, como si ese lugar hubiera estado esperando la llegada de esta música.

El conjunto está formado por Edgar Adrián Lara Pérez en el violín, Manuel Alejandro Santos Bucio en la guitarra, Cloe Xochitl Pérez Valladares en la tamborita y Abraham Bautista Salinas en el tololoche. Cuatro jóvenes con un sonido firme, orgulloso de su raíz, pero con un modo muy propio de sentir la música.

Interpretaron cinco piezas hermosas: De Huétamo a Pachuca, paso doble de Socorro Galván; Gusto Federal, atribuida a Juan Bartolo Tavira y Vicente Rivapalacio; Tortolita, también atribuida a Tavira; San Lucas, gusto calentano de Magdaleno H. Mondragón; y La Endiablada, gusto de autor desconocido, interpretado aquí a partir de la versión de Bardomiano Flores Frías y su conjunto. Cada pieza fue un viaje pequeño, de esos que duran unos minutos pero dejan un sabor largo.

Escuchar música de las distintas regiones de Michoacán siempre es un regalo. Aquí, donde uno está más acostumbrado a los sones, abajeños y pirekuas, pareciera que los estilos de otras zonas quedan lejos, aunque formen parte del mismo estado. Hace años, por azares de la vida, empecé a escuchar música de muchos rumbos: sones jarochos, huastecos, música andina… y así llegué a la Tierra Caliente. Al principio pensé que era una sola, que aquello que oía de Apatzingán y el arpa grande representaba toda la región. Pero no. Hay otra Tierra Caliente allá por Huétamo, San Lucas, Churumuco, Coyuca, hacia el límite con Guerrero, donde la tamborita, el violín y la guitarra cuentan historias distintas, con otra luz, con otro pulso.

Los violines ahí parecen tener otra alma: veloces, precisos, a ratos juguetones y a ratos melancólicos. Las letras pueden ser románticas, o narrar sucesos, o simplemente pintar escenas de la vida diaria. Y, aunque cada pieza sigue su propio camino, todas comparten esa nostalgia que corre por dentro, esa sensación que aparece como si uno recordara un lugar en el que nunca ha estado.

Quizás esa es la magia de esta música: te hace imaginar el calor sofocante de la región, la luz que se va apagando al final del día, la gente que se junta cuando por fin cae un poco de brisa, el baile que empieza casi sin pensarlo, las voces que de pronto se enredan con el violín. No sé cómo explicarlo mejor: simplemente ocurre. Se siente.

He tenido la oportunidad de visitar la Tierra Caliente por el lado de Apatzingán, Nueva Italia, Buenavista, y siempre me sorprende. El paisaje es asombroso, lleno de verdes distintos, de ríos que se esconden y reaparecen, de montes que parecen flamear bajo el sol. Y el calor… ese calor que no se parece a nada. Donde vivo estamos más acostumbrados al fresco, al viento frío de la mañana, a la lluvia que cae sin avisar. Llegar a un sitio donde el sol se queda ahí plantado, sin moverse, es una experiencia poderosa. Pero también ahí, entre ese clima intenso, la gente es cálida de una manera que cuesta explicar: activa, sonriente, franca. Uno se siente bien recibido incluso antes de saludar.

A lo largo de los años he conocido personas de esta región que recuerdo con mucho cariño. Pienso ahora en Héctor, allá en Coyuca, o en Mary, o en la doctora Mayi, de San Lucas. Gente que te enseña, sin decirlo, que el país está hecho de muchos países, que dentro de México caben un montón de mundos distintos. Siempre me pesa lo fácil que es hablar del “país” como si fuera uno solo. Es un error viejo, muy repetido. En realidad convivimos entre naciones pequeñas, pueblos diversos, formas de vivir completamente distintas. A veces ni siquiera conocemos lo que tenemos cerca: nuestro municipio, las comunidades vecinas, los caminos que cruzamos sin mirar. Y basta recorrer un tramo del estado para descubrir que la música cambia, el habla cambia, los gestos cambian. Todo se transforma.

Por eso grabar con La Endiablada significó tanto. No todos los días se tiene la oportunidad de convivir con músicos que guardan una identidad tan clara y, al mismo tiempo, tan poco conocida para muchos. Ojalá quienes escuchen estas grabaciones puedan percibir un poco de lo que vivimos ahí: la cercanía, la sensibilidad, la manera en que la música llenó el espacio de colores y memoria.

Tal vez para algunos esta música sea familiar; para otros, completamente nueva. Pero si algo de lo que sentimos —aunque sea un destello— alcanza a llegar al público, habrá valido la pena.

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Eduardo López

Eduardo López

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