No sé cuántas vidas he tenido.
En algún punto dejé de llevar la cuenta,
como cuando ya no sabes
si un recuerdo es tuyo
o te lo contó alguien más.
Hay días en los que siento
que he vivido demasiado
para alguien que sigue aquí,
sentado, respirando,
esperando algo que no sabe nombrar.
Otras veces pienso lo contrario:
que no he vivido nada
y que todo fue un ensayo mal hecho.
Los recuerdos no llegan en orden.
No se forman como una historia.
Aparecen de golpe,
como luces que se prenden y se apagan
en un edificio viejo.
Un pasillo.
Un rostro.
Una decisión tomada sin pensar.
Otra que pensé tanto
que terminó por no pasar.
Cuando trato de acercarme a esas imágenes
algo se rompe.
Se sienten mías
y al mismo tiempo ajenas,
como ver una foto antigua
y no reconocer del todo
a la persona que está ahí parada.
Sé que soy yo,
pero no recuerdo cómo pensaba,
ni qué quería,
ni por qué estaba tan seguro de todo.
En esas vidas he sido muchas cosas.
He sido el que recibe el golpe
y el que lo da.
El que se justifica.
El que se queda callado.
He sido frío,
he sido cruel sin querer admitirlo.
También he sido torpe,
ingenuo,
ridículamente bueno
cuando nadie lo pedía.
Y lo más extraño es esto:
no puedo borrar ninguna.
Porque en todas hay algo que se repite.
Una especie de núcleo duro,
una insistencia,
una manera de sentir el mundo
aunque el mundo cambie de cara.
Eso, supongo,
es lo que llaman humanidad
cuando no saben decir otra cosa.
Todo eso me trajo hasta aquí.
A este punto exacto
donde ya no sé
si estoy empezando
o si solo estoy cansado.
He entregado vidas enteras.
No simbólicamente.
Enteras.
A personas,
a ideas,
a promesas que sonaban bien
cuando todavía tenía fe en las palabras grandes.
Hoy veo hacia atrás
y entiendo que muchas de esas causas
no me querían de verdad.
O no me necesitaban tanto
como yo creía.
Lo que queda después de eso
no es tristeza pura.
Es algo más raro.
Una especie de espacio vacío
pero estable.
Como si algo se hubiera ido
y al mismo tiempo
hubiera dejado forma.
Me siento libre,
sí,
pero también fijo,
geométrico,
como una figura que no termina de rodar
ni de quedarse quieta.
A veces pienso
que quizá así se siente estar muerto.
No como desaparecer,
sino como quedarse suspendido.
Con todas las posibilidades intactas
y ninguna dirección clara.
No hay una voz que diga
“esto sigue ahora”.
No hay instrucciones.
Solo continuidad.
Hace poco leí sobre las máscaras.
Sobre cómo permiten ser
lo que no se puede a cara descubierta.
No solo monstruos o dioses.
También versiones aceptables de uno mismo.
La máscara no tapa:
reemplaza.
Y quien la usa
termina por olvidar
qué había debajo.
Yo siento que llevo una
que no puedo quitarme.
No sé cuándo apareció.
No sé si me la puse
o si alguien más lo hizo por mí.
No la veo.
No la siento como objeto.
La siento como piel.
Como algo que creció conmigo
y ahora finge ser yo.
Los demás ven algo.
Siempre ven algo.
Pero no sé qué.
Yo solo sé
que cuando intento mostrarme
algo se interpone.
No es mentira.
No es actuación.
Es costumbre.
He intentado cambiar.
De verdad.
He intentado ser mejor,
ser distinto,
ser lo que se espera.
He seguido reglas,
he roto reglas,
he escuchado consejos,
he hecho exactamente lo contrario.
Nada termina de encajar del todo.
Siempre queda una grieta.
Siempre algo rechina.
Ahora estoy aquí,
sin saber si buscar otra máscara,
quedarme con esta
o aprender a no usar ninguna.
No sé qué más vivir.
No sé si seguir viviendo
es una decisión
o solo una inercia bien disfrazada.
Solo sé esto:
sigo aquí.
Con todas mis versiones sentadas alrededor,
mirándome en silencio,
esperando a que elija
cuál de ellas
va a hablar mañana.






