Por ahí, estoy seguro, en lo más hondo del P’urhépecherio,
vive una mujer de la que pocos hablan,
y los que lo hacen bajan la voz,
porque pronunciar su nombre se siente casi como un pecado.
Su casa está más allá del último camino,
ahí la tierra ya no tiene un nombre
y los árboles se inclinan al pasar uno,
porque saben que ya no se camina en tierra cualquiera.
Para llegar a ella hay que cruzar el bosque,
ese que huele a ocote y encino, a yerbabuena, árnica y manzanilla,
a resina fresca y a eternidad.
Hay que seguir el cauce del río por toda la cañada,
ver cómo el agua resplandece con la luz que se filtra entre las ramas,
y caminar todavía más,
hasta que la ciénega se abre como una herida verde,
y luego, donde el lago se tiende manso,
con su espejo roto por el vuelo de las garzas.
Allá vive.
Y aunque nadie me lo contó con certeza,
yo la he soñado tantas veces que ya no sé si la inventé
o si simplemente la recordé.
Tiene la piel morena,
esa morenez que guarda el calor del barro recién horneado.
Y cuando el sol se posa sobre ella,
su piel reluce con un brillo leve,
como si respirara luz desde dentro.
Su cabello es oscuro y largo,
y cuando el viento sopla, se mueve como una sombra viva,
como si quisiera extenderse sobre los pasos que ha dado.
Hay noches en que juro que el cielo no es más que el reflejo de su pelo,
esparcido sobre el mundo para que no olvidemos la calma.
Y no son solo sus rasgos —no, eso sería injusto—,
porque su hermosura no termina en el cuerpo.
Está en la manera en que camina,
en cómo parece escuchar lo que la tierra le dice al pasar.
Está en sus ojos,
color de tierra húmeda cuando la tarde cae,
donde uno puede perderse y no querer regresar.
Tiene lunares en la piel que dibujan el cielo entero,
y cuando sonríe —esa sonrisa que no es de este tiempo—
parece que se abren todas las flores que habían olvidado su nombre.
Hasta su carne, justa y medida,
parece haber sido colocada con cuidado,
como si el dios que la creó,
cansado de hacer estrellas
hubiera querido esculpir en ella su último milagro.
Pero lo que de verdad me quiebra no es verla,
sino escucharla.
Porque sus palabras… oh, sus palabras,
salen de su boca con esa suavidad que solo tienen las cosas peligrosas.
Son como el humo del copal:
se alzan despacio, se enredan en el aire
y al final caen sobre uno, dejando su olor en el alma.
Habla poco,
pero cada palabra suya parece venir de otro tiempo.
Hay días en que dice cosas simples —sobre el clima, las cosechas, el pan recién hecho—,
pero uno siente que está diciendo algo más,
algo que no cabe en el idioma de los hombres.
Y pienso en ella sin remedio.
En sus manos que huelen a hoja tierna,
en sus piernas que conocen la forma de los caminos,
en su espalda que podría cargar el silencio del mundo sin quebrarse.
Pienso en ella cuando el sol cae sobre las montañas,
cuando el río canta o cuando el fuego se apaga despacio, despacito.
Porque su presencia se mete en todo,
como la humedad en los muros viejos,
como la raíz entre las piedras,
como la luz en las mañanas quietas,
como la nostalgia en los que han amado.
Tiene una rebeldía mansa,
esa que no se anuncia con gritos,
sino con la firmeza de quien sabe quién es.
Es la misma rebeldía del agua,
que no se deja atrapar,
o del viento, que cuando nadie lo ve, todo lo toca.
Y tal vez sea eso lo que me mantiene,
lo que me hace levantarme cada día,
saber que allá, detrás de los cerros,
vive una mujer que da sentido a mi andar.
No busco tenerla —no, qué error sería ese—.
Solo quisiera más tiempo.
Tiempo para mirarla sin que el día se me acabe,
para grabar en mis ojos su forma de mirar,
para aprender su modo de estar en el mundo,
como quien aprende un rezo largo.
Quisiera guardar sus palabras en un cántaro,
llevarlas conmigo como quien carga brasas envueltas en hojas secas,
para que cuando llegue el invierno del alma
pueda encenderlas y recordar su voz.
Porque hay amores que no se poseen:
solo se contemplan a la distancia,
como se mira el fuego sin meter la mano.
Y hay presencias que bastan por sí solas
para hacer que la tierra vuelva a florecer.
Ella es así.
Una flor que no se corta,
una hoguera que no se toca,
un misterio que el cielo dejó caer sobre la sierra
para recordarnos que la belleza no se explica,
solo se siente.
Y si alguna vez me preguntaran qué deseo de ella,
diría:
—Nada, solo su existencia.
Porque mientras exista, el mundo estará completo.
Y si algún día el viento la trae hasta mi puerta,
no pediré más que verla pasar,
como pasa la lluvia o el amanecer,
dejando detrás de sí
la certeza de que lo divino también tiene rostro,
y vive, todavía,
en una mujer de carne morena
que habita detrás de los montes,
allá donde el alma se aquieta
y el tiempo,
al verla,
se detiene.






