Ven,
te voy a hablar de amor.
Del amor bonito,
aunque no siempre tiene nombre,
del que se sienta en la tarde
y se queda callado.
Del que barre el patio
sin saber que barre la tristeza.
Del que cuida la lumbre
y no pregunta por quién calienta.
A veces pienso
que el amor es una sombra que respira.
No la ves,
pero te acomoda el corazón por dentro.
El amor es eso que pasa
cuando ya no pasa nada.
Un silencio que se estira
como hilo entre dos almas cansadas.
A veces es solo un pensamiento que regresa,
con los pasos cubiertos de polvo.
Un “ya comiste” que trae cielo en la voz.
El amor, cuando es de verdad,
no brilla.
Tiene el color del pan horneado,
del agua que no se tibia,
del aire que ya no hace ruido.
Yo lo he visto quedarse
donde todos se van.
Lo he visto encenderse
con una palabra torpe.
Amar es eso:
recordar sin querer,
respirar con otro cuerpo cerca,
caminar el mismo sueño
sin decirlo.
Hay veces que el amor no toca,
solo se sienta cerca,
como si supiera que nombrarlo
sería romperlo.
Y pienso,
quizá el amor no sea un sentimiento,
sino una forma de estar de pie.
De esperar sin prisa,
de seguir regando las macetas secas
aunque no florezcan.
El amor no dice “te amo”.
Dice:
—Aquí estoy—
y no se mueve.
El amor es eso que queda
cuando ya se ha ido todo lo demás.
Una respiración honda.
Un suspiro honesto.






