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La cuerda que no se rompe

Fue casi por cosa del destino la primera vez que entré a las Jornadas de Investigación de las Guitarras; una amiga, Gaby, me dijo así, de volada: «vamos, te va a gustar, van a hablar de la historia de las guitarras, entre otras cosas». Fui sin muchas expectativas, como quien cruza la plaza sin proponérselo, y llegamos el último día; nos sentamos en una ponencia y luego en un concierto de guitarra séptima, y ahí, de pronto, me encontré con algo que no sabía que existía en mi pueblo: la guitarra séptima. No es que antes no hubiera oído hablar de cosas parecidas, pero ver aquel instrumento, conocer su forma, y sobre todo escucharlo en vivo, fue una especie de descubrimiento íntimo, algo que se me quedó pegado en la memoria como un trozo de madera pulida: me pareció bonito, me pareció maravilloso, y me quedé con la sensación de que algo se me había abierto por dentro.
A partir de esa tarde empecé a volver a las jornadas; no fui constante al principio, porque yo era de los que esperaban con ansia la feria de la guitarra —salir a ver los desfiles, las calles llenas, las botellas vaciándose— pero poco a poco me di cuenta de que esos espacios no eran sólo para guitarristas ni para guitarreros; eran para cualquiera que quisiera saber de dónde vienen las cosas, para quienes sentimos curiosidad por el origen de los sonidos. Empecé a enterarme de historias: de la guitarra y el mariachi, de grupos de música tradicional, de compositores; escuché hablar de guitarrerías que yo ni imaginaba, en lugares tan distintos a mi pueblo como la zona de Tepalcatepec, la Huasteca Potosina, e incluso Chiapas, y me sorprendí de que en tantos lados hubiera la misma paciencia para encontrar la forma justa de una caja armónica. Yo siempre había visto a Paracho como algo único en el mundo, como un sitio especial donde el oficio estaba tan arraigado que parecía natural encontrar madera secándose en las calles, gente en los aserraderos y charlas sobre maderas y barnices en la tienda de materiales. Pero enterarme de que había coincidencias, ver cómo no solo en Europa siguen haciendo guitarra de maneras que conversan con lo nuestro, y comprobar que a veces las mismas ideas nacen lejos y se parecen, me cambió la forma de ver todo; me dio un choque de pensamientos que terminó por gustarme.

Con el tiempo, el maestro Abel García y el doctor Víctor Hernández me invitaron a colaborar en los carteles y los programas del evento. Acepté con gusto; me parecía pecado decir que no. Empecé a pasar más tiempo entre convocatorias y programas, a pensar imágenes para anunciar sonidos, y aquello me fue metiendo de lleno en la mecánica del evento. Los últimos años no sólo asistí a las conferencias de fines de julio, sino también a las convivencias que se armaban al término: conversaciones más ligeras, sí, pero que no por eso dejaban de estar llenas de información; eran como vasos donde uno iba probando distintos tragos de conocimiento hasta entender un poco más lo que se hablaba en las salas formales. 

Ver cómo esas charlas nutrían lo que uno sabe y lo que uno puede hacer me ayudó a investigar mis propios temas, a escribir sobre ellos, a entender cómo otras gentes en otros lugares miran aquello que nosotros creemos cotidiano —la construcción de guitarras— con ojos impresionados. Para mucha gente de fuera, ver gente llevando guitarras al hombro o una guitarra gigante de cobre es algo enternecedor; para nosotros es tan natural que a veces ni lo consideramos un suceso. Gracias a las jornadas conocí a personas muy interesantes que, sin proponérselo algunas veces, influyeron en mis decisiones y en las cosas que hago.
Este año fue especial: además de diseñar para las jornadas, me invitaron a formar parte del área de diseño del Festival Internacional de Guitarra de Paracho —el festival en su edición número cincuenta— y el maestro Abel fue elegido como su director. Platicamos ideas para el cartel, yo mandé varias propuestas, trabajé sobre una que me dio, la rematé, y el resultado nos encantó; quedó bonito y se difundió bastante. Desde entonces me tocó asistir a conciertos, a concursos del festival, hacer fotografías —ahora estoy editando esas imágenes, y al verlas vuelven los recuerdos—, y vivir la experiencia de estar metido en ambas cosas: jornadas y festival. No sabía qué expectativas tenía; a decir verdad, durante años yo había asistido a eventos sueltos, a conciertos del CIDEG, al festival en algunos momentos, pero nunca había estado de lleno en las etapas del concurso. Estar ahí fue una cosa maravillosa.

Hay momentos en que no entiendo del todo lo que se dice, cuando las pláticas son profundamente musicales o teóricas; a veces me pierdo en términos y en partituras; son mínimos esos lapsos, pero están. Lo que sí trato de entender, y lo que sí alcanzo, es la forma en que todas aquellas personas viven la música: cómo la llevan adentro, cómo se sustenta en su vida. En el taller para cantautores, por ejemplo, fue precioso escuchar las propuestas y la retroalimentación de Pablo Echeverri y del maestro Manuel García; pero eso no acabó ahí: esa noche nos juntamos y escuchamos a Pablo cantar «La Luna» con su guitarra, a Manuel García interpretar «Ojalá» de Silvio Rodríguez, «Agua de Río» de Macario de la Peña, «Abril» de Lobezno, y a Yunuén Bautista dar una «Paloma Negra» que cerró la velada como si hubiéramos tocado con la punta de los dedos algo profundo. Fue épico, así de simple; todos callados, con los ojos y los oídos dispuestos, como si la música fuera un animal que pasa cerca y hay que quedarse quieto para verlo.

Las jornadas siguieron su curso, cada vez con más gente que antes; me contaron de la guitarra en Uruguay, en Argentina, de padecimientos que afectan a los músicos, de cómo la guitarra ha llevado a algunos a lugares insospechados o a escribir sobre su propia experiencia. Me quedé con la memoria de las ponencias de Antonio López, Alejandro Rodríguez y las intervenciones de Gerardo Taméz; con la presentación de la maestra Mirta Álvarez y ese documental, «El sonido de antes», que me pareció espléndido, una cosa que no me imaginaba y que me hizo pensar en las cosas cotidianas que no siempre miramos con el gusto o la intención de explorar. Ver cómo las jornadas se convertían poco a poco en festival me parecía natural y, a la vez, extraordinario.
Cuando llegó el concierto de Manuel García y la sala se llenó, sentí una comunión rara entre la investigación y la música en vivo; Manuel lo dijo, él ya es michoacano, pero de Paracho, y escucharlo ahí, con esa voz y esa guitarra que ya nos sonaban familiares, fue como encontrarse con un viejo. amigo. La Camerata del Festival, con la dirección de Rodrigo Nefthalí, dio su ensayo y luego su puesta en escena; escuchar a Alejandro Córdova entre ellos fue algo increíble. Yo creo que es uno de los conciertos más interesantes que se han presentado aquí en años porque aún me deja escalofríos la participación de Abel García Ayala con el concierto en pirekua de Gerardo Taméz: algo que cuando se estrenó en Morelia yo no alcancé a ver, y de lo cual me arrepentí, porque ver fragmentos en video no es lo mismo; verlo en vivo fue de esos momentos que no sé explicar, si alguien me preguntara qué es eso de lo extranormal le diría que esto se le parece.

Después vino Deion Cho con un programa que iba desde lo barroco y la música española hasta piezas latinoamericanas escritas en París; cruzamos de Robert Visé a Bach, de Tárrega a Albéniz, de Manuel M. Ponce a Heitor Villa-Lobos, y la gente salió como encaramada de entusiasmo por el carisma del intérprete. También Arody García, que comenzó con piezas que me hicieron recordar la fila de nombres que a uno le van enseñando a respetar: Antonio Laguna, Barrios Mangoré, Joaquín Rodrigo, Vicente Asencio, Marco Ferreira, y hasta un tema de Piazzolla; Arody es músico excelente y su concierto fue una de esas cosas que uno tiene en la cabeza por días.

Estuve en las etapas del concurso: las eliminatorias de Profesional, Intermedios, Juvenil e Infantil. En Profesional participaron veintisiete guitarristas; en Intermedios treinta y tres; en Juvenil doce; en Infantil cinco. Todos me impresionaron; desde los profesionales hasta los niños, hay actuaciones que te dejan sin fuerza. Recuerdo una interpretación de «Fuoco» que me voló la cabeza, la participación de Elyud García que ganó el segundo lugar en Intermedios, y el hecho de que el primer lugar en la categoría Profesional haya sido compartido, que habla de una calidad que asusta y emociona a la vez. Ver a niños de siete años con manos firmes y talento me da ganas de hacer más cosas: me motiva, me pone hambre.

Todos los conciertos inolvidables: la maestra Mirta Álvarez desde Argentina, trayendo tango con Gardel y Piazzolla y piezas suyas, piezas que movieron algo íntimo en la sala; Jorge Luis Zamora, con quien pude hablar en una de las convivencias, una persona humilde y carismática, y verlo tocar fue una transformación que dejó a la gente pidiendo más, hasta hacerle volver dos veces al escenario. Su Guajira a mi madre, la historia detrás de la pieza, todo quedó en la memoria de muchos.
Yo, que me encargué de diseñar carteles y programas, que me desvelé terminando algún diseño, que dormí pocas horas por salir tarde de los conciertos y volver temprano a las etapas del concurso, que comí rápido para regresar al siguiente evento, no sentí cansancio, o al menos no el que pesa; fue un consumo distinto, uno que yo repetiría una y otra vez. Esto me llena de emoción: ver que Paracho puede reunir a tanta gente, que podamos pensar en ampliar o mejorar esto, que exista la posibilidad de hacerlo más grande. Me cambió la manera de ver lo que hago; la música no es mi oficio principal, pero sí me transforma.
Ahora estoy editando las fotografías, escuchando de nuevo las piezas mientras escribo esto; hoy es la noche final, la premiación y la clausura y el último concierto del maestro Adriano del Sal. No sé qué esperar de ese momento, porque siento que lo he visto todo, y sin embargo los festivales me enseñan siempre que puede haber algo más: una interpretación que te sacude, una pieza que se queda, una conversación que abre nuevos caminos. Me siento afortunado por haber estado en medio de todo eso, por las personas que conocí, por las que me enseñaron sin saberlo, por la música que se pegó a la piel y que ahora llevo como un olor a madera y a resina en las manos. Y me queda esa hambre: ganas de más jornadas, de más conciertos, de más diseño, de más fotos, de más encuentros donde la música nos haga el milagro de juntarnos y, por un rato, hacernos sentir que todo eso que vemos en las calles y damos por sentado —la madera, el barniz, el aserradero, el amigo que vende, el amigo que hace— es, en realidad, una historia entera que nos espera para contarse de nuevo.

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Eduardo López

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