Hace poco, Bad Bunny publicó su álbum “Debí tirar más fotos”, una obra que ha sido interpretada como un gesto contra el colonialismo, la gentrificación y el despojo cultural. En él hay nostalgia, pero también crítica: la memoria de un Puerto Rico que fue comunidad, que fue alegría y vida cotidiana antes de ser escenario turístico. Su mirada hacia la pérdida y la transformación de los espacios que antes eran del pueblo abre una conversación que también nos pertenece. Porque algo muy similar está ocurriendo aquí, en los pueblos purépechas.
La palabra gentrificación parece lejana, casi ajena a los cerros, a los mercados, a las plazas de nuestros pueblos. Pero basta observar con atención para entender que ya está aquí, entre nosotros, transformando poco a poco la manera en que vivimos, nos relacionamos y habitamos nuestros territorios. Donde antes había casas de familias enteras, ahora hay hostales; donde antes había talleres y tienditas, hoy hay cafés temáticos y espacios diseñados para atraer a turistas o compradores extranjeros. El paisaje se embellece, sí, pero a costa de desdibujar lo que realmente somos.
La modernidad —ese espejismo del progreso— ha llegado con sus promesas de desarrollo, conectividad y oportunidades. Pero detrás de esa apariencia amable se esconde una estructura desigual, que coloca el valor económico por encima del valor cultural, espiritual y comunitario. La vida en los pueblos purépechas, que antes giraba en torno a la comunidad, la tierra y las tradiciones, ahora se mide por su potencial turístico o por cuánto puede “venderse” a quienes vienen de fuera.
Y sin embargo, no se trata de negar el presente ni de añorar un pasado idealizado. No podríamos vivir fuera del sistema económico global que nos rodea. Formamos parte de él. Durante generaciones, nos hemos adaptado y condicionado a una forma de vida regida por lógicas ajenas: la del mercado, la del consumo, la del capital. En ese sistema están inmersas la educación, las comunicaciones, la economía, la medicina, las artes. No podemos desprendernos de eso sin perder también las herramientas con las que hemos aprendido a movernos en el mundo contemporáneo.
Pero sí podemos pensar críticamente cómo queremos relacionarnos con ello.
La mezcla cultural que hoy define nuestra realidad no es un problema en sí misma. El problema comienza cuando esa mezcla se convierte en subordinación; cuando lo propio se valora menos que lo ajeno; cuando lo purépecha, lo indígena, lo local, se vuelve materia prima para otros discursos, otras modas, otras economías. Lo vemos en la apropiación de técnicas artesanales, patrones textiles o melodías tradicionales, que después aparecen en desfiles, catálogos o tiendas exclusivas sin mencionar el origen de su saber. Lo vemos también en la manera en que nuestras celebraciones se transforman en espectáculos para ser fotografiados y difundidos, despojándolas de su sentido comunitario.
El turismo, en teoría, podría ser una herramienta para el intercambio y la prosperidad compartida. Pero la experiencia nos muestra que con frecuencia termina generando lo contrario: dependencia, desplazamiento y pérdida. No está mal que las personas locales reinventen sus oficios —una panadería que crea un pan de muerto más vistoso, una maquillista que ofrece catrinas en la plaza, un cocinero que diseña un menú especial para las fiestas—. Esas son formas de mantener viva la tradición, adaptándola. Lo que está mal es que los grandes inversionistas, las cadenas internacionales o quienes poseen el poder económico, se apropien de esa creatividad para comercializarla y desplazar a quienes la sostienen. No se trata de vivir del turismo, sino de evitar que el turismo viva de nosotros.
Lo que está en juego no es sólo la estética de un lugar o la economía de una comunidad, sino la forma en que entendemos el valor de lo propio. La gentrificación no sólo cambia los paisajes físicos, cambia también la mirada, los deseos, las aspiraciones, ¡cambia incluso el clima!. Cambia lo que consideramos éxito, belleza, modernidad. Nos hace olvidar que antes de las fachadas pintadas para el visitante, existía otra belleza: la de los vínculos, la de las fiestas que eran para el pueblo y no para la foto, la de la solidaridad cotidiana que se expresaba en un trueque, en una visita, en una comida compartida.
Cuando Bad Bunny canta sobre la nostalgia de un Puerto Rico que ya no existe, nos invita a mirar también hacia nuestro pasado reciente. ¿Cómo era vivir en una comunidad purépecha antes de que el turismo definiera nuestros tiempos y nuestras calles? ¿Cómo se sentía el territorio cuando los espacios eran de quienes los habitaban y no de quienes podían comprarlos? ¿En qué momento la identidad se convirtió en mercancía?
Volver a pensar todo esto no significa rechazar el presente, sino imaginar otra manera de vivirlo. Porque sí, el mundo ha cambiado, y nosotros con él. Pero el cambio no debería significar olvido. Tal vez la verdadera tarea no sea volver atrás, sino resistir desde adentro: mantener vivas las lenguas, los gestos, las costumbres, las formas de organización que aún nos pertenecen. Recordar que el progreso no se mide sólo en dinero, sino también en dignidad, en comunidad, en la capacidad de mirar al otro sin jerarquías.
La modernidad no es un enemigo. El enemigo es la indiferencia. Lo peligroso no es que nuevas personas lleguen a nuestros pueblos, sino que las raíces que sostienen la vida comunitaria se debiliten al punto de romperse. Por eso, antes de vender una casa, antes de abrir un negocio “con vista al lago”, antes de promover una fiesta como atractivo turístico, conviene preguntarnos: ¿a quién pertenece realmente este lugar?, ¿qué memoria estamos vendiendo?, ¿y qué futuro estamos comprando?
No todo puede volver a ser como antes, pero sí podemos decidir que lo que sigue no sea despojo. La cultura purépecha ha resistido siglos de colonización, guerras, imposiciones y silencios. Resistirá también esta nueva forma de conquista —la del mercado—, si aprendemos a mirar con conciencia lo que ocurre a nuestro alrededor.
Porque lo que nos pertenece no es sólo la tierra, sino la manera en que la habitamos. Y mientras sepamos contarlo, cantarlo, bordarlo y vivirlo, seguiremos siendo comunidad, aunque el mundo cambie su forma de mirarnos.
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