Yo no sabía qué cosa era la envidia.
La miraba pasar todas las tardes
como gente que se cruza uno en el camino:
sin nombre, sin cara, sin ruido.
Yo estaba entero.
O eso creía.
El mundo no me debía nada.
Ni una casa, ni un cuerpo, ni una risa.
Y aunque iba con mis manos vacías
para todo me alcanzaba.
Hasta que vi.
Vi a la gente juntarse como se junta el agua.
Vi dos sombras hacerse una sola.
Vi bocas buscándose
como animales que se reconocen en la noche.
Vi manos quedarse.
Pechos aprenderse.
Nombres volverse hogar.
Entonces algo se me abrió adentro
como se abre una grieta en la tierra.
No era coraje.
No era odio.
Era un hueco.
Un dolor.
Como de hambre, pero en el corazón.
Y supe
que eso era lo que yo envidiaba:
no los cuerpos,
no las risas,
no las fotos felices clavadas en los muros,
sino eso invisible que los sostenía.
Eso que los hacía quedarse.
Yo me envejecí sin arrugas.
Me envejecí de ganas.
De ganas amontonadas.
De ganas sin salida.
De ganas echadas a perder.
Todo me quedó lejos.
Las canciones.
Las carcajadas.
Las manos entrelazadas.
Me quedé mirando desde la orilla
como quien mira pasar el río
sin saber nadar.
Me duele ver cómo se abrazan otros,
como si no doliera.
Como si el mundo no mordiera cuando junta dos almas.
Me duele porque yo también tengo brazos,
pero no tengo a quién rodear.
Es envidia, digo.
Pero a veces parece otra cosa.
Parece hambre, y parece, que muero de ella.
Hambre de querer bonito.
Hambre de ser casa.
Hambre de que alguien me nombre
sin que yo tenga que pedirlo.
Me lloro para adentro.
Se me hacen nudo las tripas.
Se me hace desierto la boca.
Yo quisiera decirle palabras
que no sonaran rotas.
Hacerle un retrato con la tarde.
Darle una flor que no se marchite al tocarla.
Una canción o
un silencio donde quepan dos.
Pero aquí estoy,
solo,
mirando cómo el cariño se le va
a quien no lo cuida.
Y yo,
atragantado de estas ganas.
Ganas de todo.
Ganas de nada.
Ganas de ella.
Yo la vi.
No una vez.
Muchas.
En muchos rostros.
Como si el mismo fuego
se asomara por distintas ventanas.
Supe que le gustaba la tierra.
Y me volví manos.
Me volví semilla.
Me volví surco.
Aprendí a arar.
A sembrar.
A cuidar.
A esperar.
A cosechar.
Me llené de tierra las uñas.
De sol la nuca.
De silencios largos los días.
Pero lo único que pasó
fue que me pisó.
Y ni siquiera supo
que era yo el polvo que se le subía al zapato.
Luego supe que le gustaba la música.
Y me volví oído.
Y me volví garganta.
Escuché a los pájaros
partirse el pecho en la mañana.
A la lluvia desbaratar los techos.
Al viento decir su nombre
entre las ramas.
Aprendí a cantar.
No bonito.
No fuerte.
Pero cantaba.
Hice una música para ella.
Una música chiquita.
Una música que cabía en la palma.
No me escuchó.
Se tapó los oídos con su propio ruido.
Y se fue otra vez.
Después supe que le gustaban los libros.
Y me volví palabra.
Fui poniendo una tras otra,
como pétalos en flor.
Escribí una carta.
Dos.
Un cuaderno.
Un libro.
Una vida entera en renglones torcidos.
Escribí hasta gastarme.
Hasta quedarme sin tinta ni voz.
Nunca me leyó.
Quizá no entendió
el idioma en que me rompía.
Entonces me senté a pensar
qué más podría gustarle.
Qué más podría ser yo.
Si le gusta el atardecer,
seré el sol cayéndose detrás del cerro,
dejándose morir lento,
sangrando oro y naranja
para que alguien lo mire.
Si le gusta la lluvia,
seré nube negra,
vientre lleno,
golpe en el techo.
Si le gusta el mar,
seré arena,
para que en mí se le apague la furia
aunque me borre.
Quiero adivinarla.
Quiero hacerme cosa.
Quiero borrarme
para caber en su deseo.
Pero el deseo no se fabrica.
Y los ojos no se obligan.
Hoy entiendo
que hay distancias que no son de pasos.
Que hay nombres que no nos pertenecen.
Que hay fuegos que no fueron hechos
para calentarnos.
Tal vez debería rendirme.
No como se rinde el cobarde,
sino como se rinde la tarde:
entera,
sin ruido,
dejando que la noche haga lo suyo.
No importa lo que yo haga.
No importa en qué me convierta.
Hay miradas que no saben pronunciar nuestro rostro.
Y aquí sigo,
con mi hambre sentada a un lado,
mirando cómo el mundo se quiere
sin darse cuenta
de los que aprendimos tarde
que también se puede vivir
de mirar llover sobre tierras ajenas.






