Me miré en el espejo,
pero el hombre no se apartó.
Se quedó ahí, terco,
como si la casa fuera suya
y yo apenas un visitante.
No supe decirle nada.
Tampoco él habló.
Nomás me sostuvo la mirada,
con unos ojos que ya no recordaba
haber visto antes.
Uno cambia despacio,
como el camino cuando uno lo empieza a andar,
sin que se note el momento exacto
en que se transforma en una nueva vereda.
Pero yo no sentí ese cambio.
Nomás un día ya no fui el mismo.
A veces creo que fue por cosas pequeñas:
una canción que se me quedó pegada,
una plática que no buscaba,
una imagen que me siguió hasta la noche.
Cosas así,
que no pesan por si mismas,
pero se juntan.
Luego uno se acostumbra,
como se acostumbra al frío,
a decir que todo está en su lugar,
aunque por dentro algo se haya movido
sin pedir permiso.
Antes había cosas que me parecían imposibles.
Luego fueron difíciles.
Luego se quedaron lejos,
como cerros azules que uno mira desde la ventana.
Y sin darme cuenta,
ya estaba yo allá arriba,
sin saber bien cómo.
No extraño del todo al que fui.
La verdad, no volvería.
Ese hombre ya no sabría vivir aquí,
ni yo sabría cargar con lo que él cargaba.
Nos estorbaríamos el paso.
Pero a veces,
cuando la tarde se queda muy callada,
sí me acuerdo de ciertas cosas:
de sentirme acompañado,
de creer que lo que hacía
importaba en algún sitio.
De las palabras haciendo eco en alguien
y no solo en la pared.
De que lo primero al despertar fuese una sonrisa.
No duele ya.
Eso es lo raro.
Ahora hago otras cosas,
y me salen mejor de lo que esperaba.
Como si alguien,
ese del espejo quizá,
hubiera aprendido en secreto
todo lo que yo apenas voy entendiendo.
Y aquí sigo,
mirándolo de frente,
sin saber si algún día
me va a dejar pasar.
Únete
¿Te gustó este texto?
Suscríbete para recibir novedades
Thank you for subscribing to the newsletter.
Oops. Something went wrong. Please try again later.






