Llevo días escribiendo lo que espero sea mi epitafio.
No porque crea que alguien vaya a leerlo. Tampoco porque piense que estas palabras puedan aliviarle el peso a nadie. Uno aprende pronto que cada quien carga su propia cruz y bastante tiene con ella.
Pero quizá, cuando se sepa que me he ido, cuando la noticia llegue como llegan todas las noticias, tarde, incompleta y sin importancia, alguien se pregunte por qué.
No fue por amor. Sería demasiado sencillo culpar a los amores.
Algunos llegaron para quedarse apenas una estación.
Otros permanecieron años enteros.
Algunos me enseñaron a nombrar cosas que antes no sabía que existían.
Otros me obligaron a conocer partes de mí mismo que jamás habría descubierto en soledad.
Los amores han sido apenas sombras cruzando el patio. Algunos dejaron huellas.
Otros ni siquiera eso.
Llegaron, ocuparon un rincón de la casa y después se fueron, como se va el agua derramada en tierra sedienta.
Hubo quienes me enseñaron la ternura.
Hubo quienes me enseñaron la pérdida.
Hubo quienes me enseñaron a esperar.
Y hubo quienes me enseñaron a marcharme.
Todos dejaron algo.
Una palabra.
Una costumbre.
Una cicatriz.
Una forma distinta de mirar el mundo.
No podría reprocharles nada.
Si hoy soy quien soy, es porque una parte de mí se fue quedando en cada uno de ellos.
Por eso sé que no fueron la causa.
Ninguna ausencia ha sido tan grande como para justificar mi partida.
Ningún recuerdo pesa tanto.
Ningún nombre tiene esa clase de poder.
Tampoco fue miedo.
¿Miedo de qué?
Le tuve miedo a los truenos cuando era niño.
Le tuve miedo a las sombras que se acumulaban detrás de las puertas.
Le tuve miedo a los pasos que parecían escucharse en habitaciones vacías.
A los perros que ladraban hacia la oscuridad.
A los nombres que se pronuncian en voz baja.
A los muertos.
A los fantasmas.
A los gritos que llegan desde ninguna parte cuando la noche es demasiado larga.
Pero el tiempo termina desgastando incluso los espantos.
Después vinieron otros miedos.
El miedo al rechazo.
El miedo a decepcionar.
El miedo a no estar a la altura.
El miedo a que la familia te mire como a un extraño.
El miedo a que tu trabajo no sirva para nada.
El miedo a dedicar la vida entera a una pasión y descubrir que nadie la necesitaba.
El miedo a hablar y no ser escuchado.
El miedo a quedarse solo.
Conocí todos esos miedos.
Los vi de frente.
Dormí junto a ellos.
Y comprendí algo.
Ninguno era tan terrible como parecía.
Porque incluso el miedo termina por acostumbrarse a uno.
Lo verdaderamente insoportable no fue el miedo.
Fue el desgaste.
Si algo me trajo hasta aquí fue el cansancio.
Me cansé de llamar y encontrar siempre el mismo silencio del otro lado.
Me cansé de sentir que hablaba desde el fondo de un pozo mientras los demás caminaban arriba sin escucharme.
Me cansé de esperar respuestas que nunca llegaron.
Me cansé de tener que preguntarme primero si mi presencia incomodaba a alguien. Si mi voz era demasiada. Si mis deseos eran un estorbo. Si mi existencia podía ser tolerada unos minutos más.
Porque así fue siempre.
Parecía que para todos había un lugar reservado desde antes de nacer.
Todos menos yo.
A unos los elegían.
A otros los buscaban.
A otros los esperaban.
Yo, en cambio, pasé la vida llenando formularios para demostrar que merecía estar aquí.
Y siempre faltaba algo.
Una firma.
Un sello.
Una autorización.
Un permiso para ser quien era.
Quizá haya hombres más inteligentes que yo. Más fuertes. Más hermosos. Más necesarios.
Nunca me preocupó eso.
El mundo está lleno de personas mejores que uno.
Lo que me rompió fue otra cosa.
Fue pasar la vida entera convirtiéndome en alguien más.
No porque quisiera, sino porque parecía necesario.
Para algunos era demasiado callado.
Para otros demasiado ruidoso.
Demasiado serio.
Demasiado intenso.
Demasiado distante.
Demasiado cercano.
Siempre había algo que corregir.
Algo que suavizar.
Algo que esconder.
Algo que sacrificar.
Y cada vez que lograba transformarme lo suficiente para cruzar una puerta, descubría que la puerta ya no estaba allí.
La habían movido más lejos.
Entonces volvía a empezar.
Otra vez.
Y otra.
Y otra.
Buscando una versión de mí mismo que pudiera pertenecer a algún sitio.
Pero después de tantos cambios ocurrió algo extraño.
Ya no sabía cuál de todas aquellas versiones era realmente yo.
La que escribía.
La que sonreía.
La que callaba.
La que soñaba.
La que fingía.
La que resistía.
La que se quedaba sola.
Todas parecían auténticas.
Y al mismo tiempo ninguna lo era por completo.
Hay un cansancio particular en vivir así.
El cansancio de quien pasa tanto tiempo construyéndose que nunca alcanza a habitarse.
Y uno puede luchar contra el dolor.
Puede luchar contra la pobreza.
Puede luchar contra la desgracia.
Pero llega un momento en que ya no sabe cómo luchar contra una ausencia.
Contra la sensación de que nadie lo está esperando en ninguna parte.
Por eso escribo esto.
Porque conozco a la gente.
Porque sé cómo funcionan estas cosas.
Mientras uno vive, apenas ocupa espacio.
Es una voz más.
Una cara más.
Una llamada perdida.
Una conversación que puede responderse mañana.
Pero basta con desaparecer para que comiencen las preguntas.
Entonces recordarán las veces que estuve allí.
Las cosas que dije.
Las cosas que callé.
Las puertas que toqué.
Las veces que pregunté si podía entrar.
Y algunos dirán que era una buena persona.
Otros dirán que tenía talento.
Habrá quien asegure que siempre vio algo especial en mí.
Lo dirán con honestidad.
Y precisamente por eso resultará tan extraño.
Porque esas palabras llegarán cuando ya no puedan alcanzarme.
Es una costumbre curiosa de los vivos.
Guardar las flores para después del entierro.
Guardar los elogios para después del silencio.
Guardar la atención para después de la ausencia.
Tal vez así tenga que ser.
Tal vez sólo la muerte vuelve visibles ciertas cosas.
Tal vez uno necesita convertirse en recuerdo para que los demás se detengan a mirarlo.
Durante años fui yo quien esperó.
Esperé respuestas.
Esperé visitas.
Esperé cartas.
Esperé invitaciones.
Esperé el regreso de personas que prometieron volver.
Esperé oportunidades.
Esperé afectos.
Esperé señales.
Esperé un lugar.
Ahora, por primera vez, seré yo quien no llegue.
Seré yo quien falte a la cita.
Seré yo quien deje una silla vacía.
Y quizá entonces comprendan algo.
No sobre mí.
Sobre la espera.
Sobre todo el tiempo que puede perderse aguardando una puerta que nunca se abre.
Sobre todo lo que se marchita mientras uno permanece inmóvil mirando el camino.
Quién sabe.
Tal vez algún día alguien espere mi regreso.
Como se espera a los muertos en noviembre.
Mirando de vez en cuando hacia la oscuridad del patio.
Creyendo escuchar unos pasos.
Pensando que esta vez sí voy a volver.
Y esa será la última ironía.
Pasé la vida esperando a los demás.
Y al final serán los demás quienes se queden esperando por mí.






