Bodas que se parecen sin haberse conocido: Paracho y los Cárpatos
Por casualidad, gracias a un amigo, llegué a un video que llamó bastante mi atención, un registro de una boda campesina en Bucovina, una región repartida entre Rumania y Ucrania, en plenos Cárpatos orientales. Y mientras la veía no podía dejar de pensar: esto ya lo he visto. Y no, no es que me haya tocado andar en esa parte de Europa, sino que esto lo he visto en Angahuan, en Cherán, en cualquier boda purépecha de la meseta.
La misma procesión que recorre el pueblo. Los mismos jóvenes solteros cargando el peso simbólico de la ceremonia recibiendo un ramillete para su solapa. El mismo instante, casi calcado, en que los novios se arrodillan ante sus padres a pedir perdón. Panes ceremoniales. Leña. Una figura que habla en nombre de la comunidad y bendice a la nueva pareja.
Y ahí es donde uno tiene que frenarse antes de emocionarse de más, porque es muy fácil empezar a ver patrones donde en realidad no hay nada. Esa es exactamente la trampa en la que no quiero caer con este texto: la de imaginar que dos pueblos separados por un océano y varios siglos de historia estuvieron, de alguna manera, en contacto. No lo estuvieron. No hay barco, no hay misionero, no hay ruta comercial que explique por qué una comunidad purépecha de la Sierra Tarasca y una aldea rumana de Suceava celebran el matrimonio de formas tan parecidas. Y sin embargo, se parecen. Demasiado como para no preguntarse por qué.
El itinerario como ritual
Empecemos por lo más visible. En Angahuan, la boda —la misa kuani— no ocurre en un solo lugar. Es, literalmente, un recorrido. Durante el uarhantsani, los parientes jóvenes del novio y de los padrinos bailan por las calles del pueblo acompañados de banda de viento, deteniéndose en distintos puntos hasta completar el circuito entre la casa del novio, la casa de la novia y la casa de los padrinos. Mintzi Auanda Martínez Rivera, quien documentó esta ceremonia en su investigación sobre Angahuan, describe con detalle cómo, tras beber el kamata en casa de los padrinos, la pareja y sus familias se reúnen en privado para recibir el consejo de una figura ritual: el diosïri uandarhi, “el que habla de Dios”, heredero de la función que en tiempos prehispánicos cumplía el petámuti. Estos recorridos los he visto también en San Jerónimo Purenchécuaro, Pomacuarán y Zopoco, aunque con algunos detalles distintos en cada uno, pero en esencia es lo mismo.
En Bucovina ocurre algo asombrosamente similar, aunque con otro nombre. El alaiul de nuntă es igualmente un cortejo que parte de la casa del novio, pasa por la casa de la novia y termina en la iglesia, con paradas rituales, cantos de salida y bailes en los patios de las casas involucradas. El territorio del pueblo se convierte, en ambos casos, en el verdadero escenario del rito. Más que un detalle logístico: es la manera en que la comunidad entera —y no solo los novios— atestigua y valida el cambio de estatus que está ocurriendo.
Nadie roba de verdad
Uno de los paralelismos que más me costó creer, hasta que lo confirmé, es la dramatización del robo de la novia. En Bucovina existe el furatul miresei: durante la fiesta, un grupo de jóvenes solteros —los vătăjei— “secuestra” simbólicamente a la novia y la esconde. Después exigen un rescate al novio, generalmente en vino o dulces, y solo entonces la devuelven a la celebración. Es un acto teatral que dramatiza lo que la comunidad de solteros está perdiendo: uno de los suyos se va.
En la meseta purépecha existen dos mecanismos similares. En Ichán y Carapan me contaron que ocurre algo así donde familiares no dejan ir a la novia hasta que el novio y su familia “pagan un rescate”, algo que se repite en otras comunidades de las cuales ahora se me escapa el nombre, pero seguramente alguien conoce cuales son. Y aunque, es distinto en la forma, hay otro acto que cumple exactamente la misma función. Existe la fuga o “robo” consensuado de la novia como una de las vías tradicionales para iniciar el matrimonio, y durante el uarhantsani los hermanos y parientes jóvenes del novio bailan por las calles cargando muñecas atadas a la espalda con rebozos, en un gesto que anuncia, de forma lúdica, la fertilidad y la paternidad que la pareja está por asumir. Dos culturas, sin haberse visto nunca, decidieron que la manera de anunciar que alguien deja el grupo de los solteros era organizar una pequeña puesta en escena alrededor de esa pérdida.
De rodillas ante los padres
Si hay un momento que a mí, personalmente, me parece el más conmovedor de ambas tradiciones, es este. En Bucovina, antes de partir hacia la iglesia, ocurre la iertăciunea mirilor: los novios se arrodillan sobre un tejido frente a sus padres, piden perdón por los errores de su infancia y juventud, agradecen la crianza recibida y, al levantarse, besan las manos de quienes los criaron.
En la región purépecha existe un gesto casi idéntico. Ya sea en la p’ipejperakua documentada en Cherán o en el kamataru niani de Angahuan, aunque también lo llegué a ver en una boda en Zopoco, los novios se presentan ante sus padres y padrinos, toman sus manos y las besan en señal de kashumbikua —respeto comunitario—, mientras el diosïri uandarhi pronuncia palabras pidiendo que las faltas pasadas sean perdonadas. Ralph Beals ya había registrado ceremonias de este tipo en Cherán desde la década de 1940, y Pedro Márquez Joaquín documentó con detalle el intercambio de regalos y los rituales entre las casas de los novios en esa misma comunidad.
No sé, pero a mí me cuesta pensar que dos comunidades campesinas, separadas por todo lo que las puede separar, hayan llegado por casualidad a la misma escena: los hijos de rodillas, pidiendo perdón, antes de dejar de ser hijos únicamente y convertirse también en cabeza de un nuevo hogar.
Panes, leña, mantas y coronas
También coinciden en lo material. En Bucovina la reciprocidad económica de la boda se expresa en la dote (zestrea) que la novia lleva a su nuevo hogar, y en los colaci de nuntă, grandes panes trenzados adornados con motivos florales que se entregan entre novios, padres y padrinos como símbolo de abundancia.
En la meseta purépecha, las kanakuas —esas coronas de pan y flores que se cargan sobre bateas laqueadas junto con frutas y miniaturas artesanales— cumplen un papel equivalente. A esto se suma la entrega de leña de pino (p’ukuri) a la casa de la novia y de los padrinos, que no es un simple combustible, sino la personificación del fuego sagrado, garantía de calor y fertilidad para el hogar que se está fundando. Carl Lumholtz, en su recorrido por la Sierra a inicios del siglo XX, ya había registrado vestigios de estos intercambios rituales y del baile de la kanara, en el que los novios y sus familiares danzan cargando las herramientas de su trabajo cotidiano: metates, telares, azadones.
Pan. Leña. Coronas. Objetos cotidianos convertidos en símbolo de lo que la nueva pareja va a necesitar para sostener una casa. Otra vez, la misma lógica expresada con materiales distintos.
Hay un paralelismo más que me parece de los más reveladores, porque no viene de una boda cualquiera, sino de una costumbre que se remonta a la corte del cazonzi. La Relación de Michoacán cuenta que, en las festividades, al gobernante se le colgaban mantas sobre los hombros como símbolo de la celebración misma, del festejo en curso. Ese gesto no se quedó en el siglo XVI: sigue vivo hoy en las bodas purépechas, solo que repartido entre toda la familia. A la novia y las madrinas se les colocan rebozos, y al novio y a los padrinos, se les cuelgan gabanes o cobijas, en el mismo espíritu con el que antes se cubría de mantas al cazonzi en día de fiesta.
En Cheranastico es común que ese gesto se haga con servilletas bordadas, tejidas especialmente para la ocasión. Y en Bucovina, otra vez, aparece algo parecido: lo que en las imágenes se ven como pañoletas bordadas que se cuelgan a alguna figura importante de la boda —no tengo del todo claro si se trata de los padres, de los padrinos o de algún otro personaje central de la ceremonia—. Hay videos y fotografías de gente entregando estas pañoletas o recogiéndolas para colocárselas a otros. La lógica, otra vez, es la misma: cubrir con un textil bordado, hecho a propósito para el día, a quien ocupa un lugar central en la fiesta.
Bandas y brazos entrelazados
Hay dos coincidencias más que no puedo dejar fuera, aunque no vengan de un momento específico de la boda, sino de algo más general: el sonido y el cuerpo.
Empecemos por el sonido. Cada vez que veo esos videos de Bucovina no puedo dejar de notar que hasta la música se siente familiar. Las agrupaciones de metales que acompañan las procesiones balcánicas —tuba, trompeta, tambora, clarinete— guardan un parecido notable con la instrumentación de nuestras bandas de viento michoacanas. No es el mismo repertorio ni el mismo compás, pero la lógica es idéntica: un conjunto de metales y percusión caminando junto a la gente, marcando cada tramo del recorrido nupcial. En ambos casos la banda no es un adorno de fondo, es la que va anunciando al pueblo entero que algo importante está ocurriendo en sus calles.
Y luego está el cuerpo. Si hay una danza que resume, para mí, todo el simbolismo de la boda purépecha, es la Xirangua. En el centro bailan los novios junto con sus padres y padrinos, con los brazos entrelazados entre sí, y alrededor de ellos se forma un segundo círculo de familiares y amigos cercanos —hermanos, primos, tíos— que bailan de la misma manera, también con los brazos entrelazados. Según me explicó alguna vez el doctor Víctor Hernández Vaca, la raíz de la palabra remite al chayote, cuya guía se entrelaza sobre sí misma al crecer, y de ahí el gesto: los brazos se enredan como se enreda la guía del chayote, como forma de representar la fuerza de la unión entre las dos familias.
En Bucovina existen danzas circulares donde los invitados también se toman de las manos o de los brazos y giran alrededor de los novios, sus familias y amigos, formando corros concéntricos. La lógica es idéntica a la de la Xirangua: el cuerpo colectivo, entrelazado, rodeando a la nueva pareja como gesto físico de sostén comunitario.
¿Entonces sí hubo contacto?
Pa’ qué les digo que sí, si no. Y creo que hay que ser honestos con esto antes de que alguien se emocione de más. No existe evidencia histórica, arqueológica ni documental de ningún tipo de intercambio entre el occidente de México y los Cárpatos orientales. Forzar esa conexión, imaginar rutas secretas, migraciones fantasma o algún parentesco oculto, no le haría ningún favor a ninguna de las dos culturas. Sería, de hecho, una forma de faltarles al respeto a ambas.
Lo que sí parece estar ocurriendo es algo que los antropólogos llaman convergencia cultural: sociedades campesinas, organizadas alrededor del parentesco extendido y de una economía agrícola, tienden a resolver el mismo problema sociológico de maneras sorprendentemente parecidas. Ese problema es siempre el mismo: cómo separar a alguien del hogar de sus padres, cómo reconocer públicamente que ha nacido una nueva unidad doméstica, y cómo sellar la alianza entre dos familias sin que nadie quede ofendido en el camino. Arnold van Gennep llamó a esto un rito de paso, con sus fases de separación, transición e incorporación. Marcel Mauss, medio siglo antes que cualquiera de nosotros pensara en Bucovina o en Angahuan, ya había descrito el matrimonio como un sistema de dar, recibir y devolver. No hace falta que dos pueblos se hayan conocido para que ambos, cada uno por su cuenta, hayan llegado a una gramática ceremonial parecida. Basta con que enfrenten el mismo problema humano.
Lo que un espejo lejano deja ver
Si algo me ha dejado este ejercicio de comparar lo purépecha con lo bucovino no es la sensación de que somos, de alguna manera, “iguales” a un pueblo campesino de los Cárpatos. Es más bien lo contrario, mirar la boda de Bucovina me hizo notar, con mucha más claridad, la sofisticación de lo que tenemos aquí. El uarhantsani, el diosïri uandarhi, la kanara, las kanakuas: no son curiosidades folclóricas, son una gramática ritual tan elaborada como cualquiera en el mundo, y solo la vi con nitidez cuando la puse junto a otra.
Quizás esa sea, después de todo, la utilidad real de este tipo de comparaciones. No demostrar parentescos que no existen, sino usar la tradición ajena como espejo para valorar mejor la propia. Y acá, donde tan buenos somos para menospreciar lo nuestro y admirar lo de fuera, no nos vendría mal voltear a ver, de vez en cuando, lo que ya tenemos aunque sea a través de un espejo tan lejano como el de los Cárpatos.
Algunas fuentes para quien quiera seguir el hilo
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- Martínez Rivera, Mintzi Auanda. “Misa Kuani: la boda p’urhépecha y sus transformaciones históricas”. Relaciones. Estudios de Historia y Sociedad, 41(163), 2020.
- Alcalá, Jerónimo de. Relación de las cerimonias y rictos y población y gobernación de los indios de la provincia de Mechuacán (1541).
- Lumholtz, Carl. Unknown Mexico (1902).
- Beals, Ralph L. Cherán: un pueblo de la sierra tarasca (1946).
- Márquez Joaquín, Pedro. “El casamiento en Cherán atzicurin”. Relaciones. Estudios de Historia y Sociedad, VII(28), 1986.
- Institutul Național al Patrimoniului (Rumania). Nuntă — Obiceiuri de nuntă din Bucovina, registro de Iuliana Băncescu, Câmpulung Moldovenesc (2000).
- Centrul Cultural Bucovina. Cântecul ritual de nuntă din Bucovina, colección de Alexandru Voevidca.
- Van Gennep, Arnold. Les rites de passage (1909)
- Mauss, Marcel. Essai sur le don (1925).







