Entre la espada, la fe y la fiesta
En varios pueblos de Michoacán, para la fiesta de Santiago Apóstol, las campanas suenan y los cohetes revientan el cielo. El aire se llena de música, pero también de máscaras, de colores, de trajes brillosos. Los moros bailan frente al santo. Y uno se pregunta de dónde viene todo esto.
Porque no es cosa nueva. Es herencia vieja, de los tiempos de la colonia, cuando los frailes trajeron sus historias y sus santos.
La leyenda del Clavijo
Allá lejos, en España, dicen que en el año 844, los cristianos estaban a punto de perder la batalla contra los moros. Y que de pronto, en medio del polvo y el miedo, apareció Santiago Apostol en un caballo blanco, espada en mano. Luchó junto a ellos y les dio la victoria. Desde entonces le llamaron Santiago Matamoros (Chevalier, 1999; Kamen, 2004).
Esa historia viajó en barco y llegó a América. Con ella llegaron los conquistadores y los frailes. Donde ponían una iglesia, ponían un santo patrono. Y en los pueblos más rebeldes, casi siempre dejaban a Santiago, el guerrero.
Para enseñar la nueva fe, los frailes inventaron teatros con música y palabra. Eran las danzas de conquista: cristianos contra moros, siempre con la cruz ganando.
En Michoacán, los purépechas aprendieron el juego. Repitieron los parlamentos, dieron pasos, tocaron instrumentos y entonaron los cantos. Pero también le pusieron su propio corazón. Los moros que caían ya no eran sólo musulmanes de tierras lejanas; también podían ser reflejo de la conquista de su propio pueblo (Pérez-Ruiz, 2005).
Y así, con el tiempo, la danza dejó de hablar de derrota y se volvió fiesta y memoria.
Santiago en tierras purépechas
En Michoacán, Santiago se quedó en muchos pueblos:
Santo Santiago en Uruapan, Santiago Nurio, Santiago Asajo, Santiago Undameo, Tingambato entre otros…
Se dice que Santiago se asignaba a los pueblos más fuertes, los que resistían más, como en el caso de Querétaro, donde en el Cerro del Sangremal donde cuentan Santiago Apostol se apareció para participar en la batalla que terminara por fundar la ciudad. Los conquistadores españoles, especialmente los que provenían de Galicia y otras regiones con fuerte devoción a Santiago, lo invocaban como su protector en las batallas. Se le conocía como “Santiago Matamoros”, y esta imagen se trasladó a América como “Santiago Mataindios”





Era un mensaje: si Santiago pudo con ejércitos en España, también podía con los indígenas aquí.
Pero la historia se volteó. Hoy en lugares como Nurio, Santiago no es conquistador, sino protector. Es bandera de identidad, no de sometimiento.
El baile de hoy
Quien ha estado en una fiesta de Santiago lo sabe: la danza es espectáculo y devoción. Los danzantes llevan coronas, turbantes y máscaras que recuerdan a guerreros antiguos. Suena la banda, suena el clarinete y el tambor, el suelo retumba.
En Sahuayo, la cosa tomó su propio camino con los Tlahualiles, enormes máscaras y trajes que llenan las calles. En Tingambato y Nurio, la danza conserva un aire más solemne, más pegado al templo.
Pero en todos lados la enseñanza ya no es de guerra, sino de comunidad. La danza une, recuerda y festeja.
La Danza de los Moros es espejo de Michoacán: impuesta primero, apropiada después. Lo que nació como catecismo con teatro y espada, hoy es patrimonio vivo de los pueblos purépechas.
Ya no es Santiago el que conquista. Es el pueblo el que, año tras año, lo hace suyo.
Fuentes
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Brandes, Stanley (1988). Power and Persuasion: Fiestas and Social Control in Rural Mexico. University of Pennsylvania Press.
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Chevalier, Jacques (1999). Civilización y barbarie: Los mitos de la conquista de América. FCE.
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Florescano, Enrique (2002). Memoria indígena. Taurus.
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Kamen, Henry (2004). La Inquisición española: Una revisión histórica. Crítica.
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Pérez-Ruiz, Maya Lorena (2005). Danzas de conquista en México. INAH.







