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La volví a ver

La volví a ver.
Igualita, nomás más lejana.
Su piel, neblina en la mañana.
Su pelo, agua en la sequía.
Y esos hoyitos en la espalda
como promesas que no eran para mí.
¿Pa’ qué me la muestras, Dios?
¿Pa’ qué si es lejana como el cielo?

Pero antes, Diosito, antes…
antes no era aire, ni humo,
ni esa nube alta que no alcanzo.
Antes era mi compañía en la mesa,
su mano estaba tantito así de la mía,
cerca como la lumbre en diciembre
que alcanzas a sentir si estiras los dedos.

Cómo olvidar ese olor…
no era perfume de botella fina, no señor.
Era olor a tierra recién llovida,
a manzanilla hervida con canela,
ese que se te queda en la chamarra
y luego buscas en la almohada antes de dormir.

Y ese ruidito de adentro, ese tambor callado…
Era un suave galopar en su pecho.
Cuando arrimaba yo la oreja,
se me olvidaba hasta el hambre.
Ahora me arrulla el zumbido de un mosco,
y los ladridos lejanos de un perro más solitario que yo.

¿Pa’ qué me diste el recuerdo
del peso calientito de su trenza en mi cara?
¿Pa’ qué supe lo que es tener la miel ahí nomás, en la boca,
si ahora todo sabe a ceniza, a hiel?

La volví a ver, sí.

Pero soñada es querer detener el sol con las manos.
Y uno sabe que se va.
Uno sabe que la noche es perra negra que todo se lo traga.
Por más que te aferres al cerro,
la oscurana llega puntual como la muerte.
Se la traga el monte y te quedas temblando,
con el resplandor todavía colgado de las pestañas.

Ay, mujer de mis sueños.
Qué ganas de no despertar nunca.
Qué ganas de que la noche no exista
y que amanezca siempre con tu pelo enredado en mí.
Pero aquí estoy,
con el gallo cantando mentiras
y la cama vacía de ti.

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Eduardo López

Eduardo López

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