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¿A qué veniste?

Empecemos por lo evidente: no he pensado en ti en años. Lo digo con total seguridad. Pero ¿es cierto? ¿O es que he sido tan diligente en no pensarte que ya ni siquiera recuerdo el esfuerzo? Porque eso es lo que hacemos, los hombres razonables: dejamos ciertos recuerdos donde pertenecen, como esas habitaciones donde vivimos alguna vez y que aún huelen a quienes se fueron. Sabemos que existen. Justamente por eso no entramos.

Y sin embargo, anoche entré.

Había un edificio enorme, interminable, lleno de puertas, y una de ellas estaba pintada de un modo que supe que era tuya. No había otra señal, ninguna razón, ninguna marca evidente para lo racional, pero aún así supe que era tuya. Toqué el timbre. Lo oí sonar. Nadie vino.
Aquí conviene ser honesto: despierto, no te busco. Si una memoria tuya se cruza por accidente, la dejo pasar, como se deja pasar en la calle a un conocido a quien uno no quiere saludar. Pero en el sueño no dudé ni un instante. Me senté a esperarte, ¡yo, que no espero a nadie!, y cuando volví la cara ya estabas a mi lado, tal como eras. No dijiste nada. Me abrazaste.

Tú eras así: callada sin ser triste, alegre sin dejar de guardar algo detrás de los ojos. Hablabas lo justo, como si las palabras se gastaran. Te dabas a los demás hasta olvidarte de ti, y yo, que nunca me olvido de mí, te miraba con una mezcla de admiración y de reproche que jamás supe confesarte. La felicidad tenía que pedirte permiso para entrar. A veces entraba. Entonces la veía yo: en una mano que se quedaba un momento más, en una frase que a cualquiera le habría parecido nada y a mí me cambiaba el día.

Tú creías en Dios. Yo no. Yo miraba tu fe como se mira, desde la acera de enfrente, una casa iluminada: con curiosidad, con cierta envidia, sin permiso de entrar. Pero te veía a ti, y pensaba: si existe algo tan bueno como para haberte creado, entonces algo bueno existe. No podía creer en Dios. Podía creer en ti. ¿No es esa, acaso, la fe más peligrosa de todas, la que se deposita en una persona?

Después, la vida. No recuerdo un final, solo silencios que empezaron a durar más de lo debido. Aprendí a mirar lo vivido sin corregirlo. Fui feliz contigo. También sufrí. Hay una carta tuya dentro de un libro. No pienso leerla, pero nunca me he atrevido a tirarla. Júzguese esa contradicción como se quiera.

Y ahora vienes tú, en un sueño, y me abrazas como si nada hubiera pasado. ¡Ahí está la crueldad! Durante unos segundos mi cuerpo no supo que habíamos terminado. Mi cuerpo, ese estúpido archivo, ese testigo que nadie consultó, sabía tu calor, tu olor, el peso de tu cabeza sobre mi pecho. Y yo pensé: puedo quedarme. Puedo dejar que el sueño sostenga esta pequeña mentira toda la noche.

Pero una voz dentro de mí, esa que nunca me deja disfrutar de nada, dijo: esto está mal. No porque el abrazo fuera culpable. Sino porque era feliz, y la felicidad, cuando ya no tiene derecho a existir, es la forma más refinada del dolor.
Preferí despertar.

La habitación estaba ahí. La mañana también. Tú no.
No lloré. Fue otra cosa, fue como encontrar la fotografía de alguien que uno juraba haber olvidado, y descubrir, con horror, que aún se reconoce cada detalle.
Así son los recuerdos. No mueren. Se quedan quietos, esperando que uno baje la guardia, hasta que una noche abren una puerta, te esperan del otro lado, y cuando por fin llegas, te abrazan.

Y durante un instante,
uno vuelve a casa.

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Eduardo López

Eduardo López

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